Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Cajamarca ISSN: 3028-9890 (en línea)
El Carnaval Cajamarquino: historia y procesos de

transformación cultural

The C
ajamarquino carnival: history and
processes
of cultural transformation
Carlos Reyes Álvarez

Universidad
Nacional José María
Arguedas, Andahuaylas
(Perú)
carlosreyesalvarez99@gmail.com

ORCID:
0009-0001-1795-6493
DOI:
https://doi.org/10.70467/acs.v2n2.2
Recibido:
15 de marzo de 2026
Aceptado:
05 de mayo de 2026
Sección:
Artículos
Cómo
citar: Reyes A., C. (2026). El
Carnaval Cajamarquino: historia y

procesos de transformación

cultural
. Alternativas en Ciencias
Sociales
, 2(2), 20-56.
Abstract.
This article examines the transformation of the Cajamarquino
carnival throughout the twentieth century, framing it as a living historical

construction
or dynamic tradition shaped by power relations and
symbolic disputes. Drawing on cultural history
in dialogue with social
his
tory and symbolic anthropology the study identifies three key
moments: the institutionalization of the festivity under Leguía, when the

State introduced European
-inspired models that converted a
spontaneous practice into a regulated public spectacle; the cultural

reconfiguration driven by inte
rnal migration in the second half of the
century, whic
h incorporated rural elements (coplas, unshas o yunzas,
Andean music
) producing urban-rural hybridization; and the
resignification of popular culture under Velasco's cultural policies, which

legitimized
the carnival as regional identity. The analysis concludes that
carnival operates as a privileged arena for observing how social, political,

and economic change is enacted and negotiated through collective

festive practice.

Keywords:
Cajamarquino carnival; cultural hybridization; elite-popular
relations; internal migration;
regional identity.
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Artículos
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Resumen.
El artículo analiza los procesos de transformación del carnaval
cajamarquino a lo largo del siglo XX, proponiéndolo como una construcción

histórica viva
o tradición dinámica, atravesada por relaciones de poder y
disputas simbólicas. Desde el en
foque de la historia cultural en diálogo
con la historia soc
ial y la antropología simbólica, el estudio identifica tres
momentos clave
: la institucionalización de la festividad en el gobierno de
Leguía, cuando el Estado introdujo modelos festivos de inspiración

europea que
impulsan el viraje de una práctica espontánea a espectáculo
público regulado; la reconfiguración cultural
ligada a las migraciones
internas de la segunda mitad del siglo, que incorporaron
al carnaval
elementos rurales (
coplas, unshas o yunzas, música andina) generando
procesos de hibridación entre lo urbano y lo campesino; y la resignificación

de lo popular impulsada por las polític
as culturales del velasquismo, que
favoreció la legitimación de la festividad como expresión de identidad

regional.
Se concluye que un acto como el carnaval opera como un ámbito
privilegiado para observar cómo
, hasta cierto punto, los cambios sociales,
pol
íticos y económicos del Perú contemporáneo se plasman y negocian en
las prácticas festivas colectivas
, junto a sus factores circundantes de
convergencia y tensión
.
Palabras clave:
Carnaval cajamarquino; hibridación cultural; identidad
regional; migración
interna; relaciones socio-clasistas.
1.
Introducción
El carnaval cajamarquino es una de las festividades más emblemáticas

del Perú; ampliamente reconocida por su riqueza cultural, su capacidad de

convocatoria y su profundo arraigo en la vida social de la
región. Sin
embargo, pese a su relevancia, gran parte de los estudios y discursos en

torno a ella han tendido a abordarla desde perspectivas descriptivas,

folclóricas o turísticas, dejando en un segundo plano su carácter histórico

y su relación con proceso
s sociales más amplios. En concreto, esta
limitación plantea la necesidad de cuestionar el análisis del carnaval como

una tradición estática o inmutable, y de valorarlo más bien como una

práctica cultural dinámicamente construida, cuyas formas, significado
s y
funciones se configuran en vínculo estrecho con los cambios sociales,

políticos y económicos que han marcado la historia de Cajamarca y del

Perú durante el siglo XX. En este sentido, la pregunta que orienta este

artículo es cómo se ha configurado histó
ricamente el carnaval
cajamarquino y qué factores han incidido en sus procesos de

transformación, o llegado el caso en sus elementos de permanencia y

continuidad
.
En buena medida, los antecedentes académicos permiten identificar
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aportes importantes, aunqu
e fragmentarios, para la comprensión de esta
festividad. Diversos estudios han abordado el carnaval en el Perú desde la

perspectiva de la cultura popular, destacando su papel en la construcción

de identidades colectivas y en la expresión simbólica de los s
ectores
subalternos (Rojas, 2005). Investigaciones como las de Rojas (2005) han

analizado el ascenso de lo popular en la cultura nacional, mientras que

trabajos como los de Quiroz (2003) han profundizado en manifestaciones

específicas como la copla cajamar
quina. Asimismo, investigaciones más
recientes han explorado los cambios intergeneracionales en la festividad y

su adaptación a contextos contemporáneos, como la de Chávez (2019)
.
Desde una perspectiva más amplia, a nivel teórico, los aportes de Néstor

Ga
rcía Canclini han sido fundamentales para comprender los procesos de
hibridación cultural (García Canclini, 1990), mientras que José Matos Mar

ha permitido situar estas transformaciones en el marco de las migraciones

internas y del llamado “desborde popula
r” (Matos Mar, 1984). No obstante,
a pesar de estos avances, aún no se cuenta con un estudio que articule de

manera sistemática una interpretación histórica del carnaval cajamarquino,

integrando el análisis de la intervención estatal, las dinámicas sociale
s y
los procesos de cambio cultural
.
Esta ausencia evidencia una brecha de conocimiento significativa, en

tanto limita la comprensión del carnaval como un fenómeno complejo y en

permanente transformación. La mayoría de los enfoques existentes tienden

a co
nsiderar la festividad como una continuidad del pasado, sin
problematizar los procesos históricos que han incidido en su configuración

actual. En consecuencia, ante ello, se hace necesario desarrollar una

perspectiva que permita analizar el carnaval como u
n espacio de
producción de sentido, atravesado por relaciones de poder, disputas

simbólicas y procesos de reconfiguración social. Abordar esta

problemática, desde tal ángulo, no solo contribuye a enriquecer el campo

de la historia cultural, sino que tambié
n permite comprender cómo las
prácticas festivas funcionan como escenarios privilegiados para observar

las transformaciones de la sociedad
.
La relevancia de este estudio radica precisament
e en su capacidad para
aportar con
una comprensión más amplia de los procesos de construcción
de identidad en contextos regionales. El carnaval cajamarquino no es

únicamente una celebración festiva; su relevancia va más allá: constituye

un espacio donde se articulan memorias colectivas, relaciones sociales y

proyectos pol
íticos, constituyéndose en un escenario donde se negocian
significados y se reconfiguran pertenencias. Así, visto bajo ese prisma, su

análisis permite no solo reconstruir su trayectoria histórica, sino también

reflexionar sobre los desafíos contemporáneos
que enfrentan las prácticas
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culturales tradicionales en un contexto marcado por la globalización, la

masificación y la creciente intervención institucional. Asimismo, el estudio

adquiere relevancia en la medida en que puede contribuir a la formulación

de p
olíticas culturales más sensibles a las dinámicas locales y a la
complejidad de las expresiones culturales que emergen de ellas
.
En función de lo anterior, el objetivo general de la presente investigación

es analizar los procesos de transformación del car
naval cajamarquino a lo
largo del siglo XX, prestando especial atención a los factores sociales,

políticos y culturales que habrían incidido en su configuración. De manera

específica, se busca examinar el proceso de institucionalización del

carnaval en el
Perú y su expansión hacia Cajamarca, analizar el impacto
de las migraciones internas en la reconfiguración de la festividad y evaluar

la influencia de las políticas estatales en su resignificación como expresión

de identidad cultural. En este marco, se pla
ntea como hipótesis que el
carnaval cajamarquino no constituye una tradición fija, sino una

construcción histórica que ha sido moldeada por la interacción entre

proyectos estatales, dinámicas sociales y procesos de movilidad

poblacional, configurándose com
o un espacio de hibridación cultural y
disputa simbólica
.
Para abordar estos objetivos, la investigación se inscribe en el enfoque

de la historia cultural, el cual permite analizar las prácticas sociales como

construcciones de sentido situadas en contexto
s históricos específicos, y
en nexo tensional o concordante con las esferas y actuaciones de los

actores sociopolíticos posicionados en tales entornos
.
Como aspecto final, cabe señalar que el artículo se organiza en tres ejes

principales: el primero exami
na la institucionalización del carnaval en el
contexto nacional; el segundo analiza el impacto de las migraciones

internas en su reconfiguración cultural; y el tercero aborda la influencia de

las políticas del Estado, particularmente durante el periodo vel
asquista, en
su resignificación contemporánea
.
Metodología

La presente investigación adopta un enfoque cualitativo de carácter

histórico
-interpretativo, orientado a analizar el carnaval cajamarquino como
una práctica cultural construida y transformada co
n el paso del tiempo.
Desde esta perspectiva, el estudio se inscribe en el campo de la historia

cultural,
para comprender las prácticas sociales como espacios de
producción de sentido, atravesados por relaciones de poder, dinámicas

sociales y procesos de c
ambio histórico.
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El diseño de la investigación es
de tipo analítico-interpretativo, y se
centra en la reconstrucción de los principales procesos de transformación

de la festividad a lo largo del siglo XX. Para ello, el análisis se organiza en

torno a tres
ejes: la institucionalización del carnaval durante las primeras
décadas del siglo XX, la reconfiguración cultural asociada a las

migraciones internas en la segunda mitad del siglo y la influencia de las

políticas culturales del Estado durante el periodo v
elasquista. Este recorte,
como ejercicio de periodificación para el caso, permite identificar

continuidades, rupturas y procesos de resignificación en la evolución del

carnaval cajamarquino
.
El estudio se sustenta en un corpus diverso de fuentes, seleccio
nadas
según su pertinencia para el análisis histórico. En primer lugar, se emplean

fuentes bibliográficas especializadas en historia cultural, cultura popular y

sociedad peruana, que permiten construir el marco teórico y contextual. En

segundo lugar, se ut
ilizan fuentes históricas y documentales, entre las que
destacan de manera central los archivos fotográficos
1 del siglo XX,
considerados como evidencia fundamental para el estudio. Estas imágenes

permiten observar prácticas festivas, formas de organización, jerarquías

sociales y transformaciones en la puesta en escena del carnaval a lo largo

del tiempo. Asimismo,
se incorporan crónicas locales, monografías y
registros institucionales que complementan la reconstrucción histórica aquí

planteada. Como colección culminante que se dispone, se utilizan fuentes

testimoniales y audiovisuales contemporáneas de manera

compl
ementaria, con el fin de identificar continuidades y resignificaciones
recientes
.
En cuanto al análisis, este se basa en una estrategia cualitativa que

combina el análisis documental, el análisis histórico
-comparativo y la
interpretación teórica. En
particular, las fuentes visuales son abordadas
como documentos históricos, considerando tanto su contenido

(personajes, escenificaciones, usos del espacio) como sus condiciones de

producción y circulación. Este enfoque permite interpretar las fotografías

n
o solo como registros ilustrativos, sino como evidencias que contribuyen
a la comprensión de los procesos culturales analizados
.
El estudio se concentra principalmente en el siglo XX; periodo en el que

se registran transformaciones significativas en la fe
stividad. No obstante,
1
En este caso, salvo en las fuentes de origen institucional (archivos públicos) o que fueron
expuestas por sus autores en redes como Facebook y websites de uso comercial (como Mercado

Libre) o mediátic
o (radio con página en la web), indicándose los enlaces respectivos, se cuenta
con los permisos de uso para los fines del presente artículo, en tanto proceden de archivos

p
rivados, como es el caso de Campos (1980, ca. 1970-1980, ca. 1950-1960, 1942), Morales
(2026a, b, c y d) y Sánchez (2023).
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se reconocen limitaciones vinculadas a la disponibilidad y sistematización

de fuentes más diversas, especialmente en el ámbito local; lo que implica

que algunas interpretaciones deban entenderse como aproximaciones

analíticas abierta
s a futuras investigaciones.
2.
Marco teórico y enfoque analítico: cultura, poder y fiesta en
perspectiva histórica

El presente estudio se inscribe principalmente en el campo de la historia

cultural, entendiendo el carnaval cajamarquino como una práctica
social
históricamente construida, cuyas formas, significados y funciones han

variado en relación con los cambios sociales, políticos y económicos a lo

largo del tiempo. Como eje de tal orientación, el interés no radica

únicamente en describir la festivida
d, sino en analizar cómo esta ha sido
producida, apropiada y transformada por distintos actores en contextos

históricos específicos, junto a rasgos preservados sin más, o que se dotan

de cierta resignificación, en la que algo permanece y algo nuevo se

inco
rpora.
Siguiendo los aportes de Roger Chartier, las prácticas culturales deben

ser comprendidas como espacios de construcción de sentido, en los que

intervienen tanto las condiciones materiales como las formas de

representación (Chartier, 1992). A la luz
de este marco, el carnaval no se
concibe como una tradición estática, sino como un proceso dinámico en el

que confluyen diversas influencias históricas, desde proyectos estatales

hasta prácticas populares locales. Asimismo, como plantea Peter Burke,

las fe
stividades pueden ser analizadas como escenarios privilegiados para
observar las transformaciones culturales en el largo plazo, especialmente

en contextos de cambio social (Burke, 2004)
.
Este enfoque se complementa con elementos de la historia social, en

tanto que el carnaval es también un espacio en el que se expresan

relaciones sociales, jerarquías y procesos de transformación estructural.

Con base en esta línea, los aportes de E. P. Thompson permiten entender

las prácticas culturales como experiencias v
ividas por sujetos históricos
concretos (Thompson, 1995)
.
En el caso peruano, esta perspectiva dialoga con las propuestas de José

Matos Mar, quien ha mostrado cómo los procesos de migración interna y

expansión urbana en el siglo XX generaron profundas tra
nsformaciones
culturales (Matos Mar, 1984). En este sentido, el carnaval cajamarquino

puede interpretarse, de un lado, como un espacio en el que se materializa

el encuentro entre lo rural y lo urbano, así como, de otro, a partir del que

afloraría la emerge
ncia de nuevos actores sociales que reconfiguran la vida
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cultural de la ciudad
.
Por otra parte, el estudio incorpora el análisis del papel del Estado en la

configuración de las prácticas festivas, considerando el carnaval como un

ámbito de intervención de
políticas culturales. Desde esta perspectiva, los
aportes de Benedict Anderson permiten entender las celebraciones

públicas como mecanismos de construcción de identidades colectivas

(Anderson, 1993), mientras que las reflexiones de Pierre Bourdieu

contrib
uyen a analizar cómo estas prácticas se articulan con relaciones de
poder y procesos de legitimación simbólica (Bourdieu, 1991) por un sector

particular ante un conjunto social más amplio
.
En diálogo con este enfoque histórico, se retoman también aportes
de la
antropología cultural que han sido fundamentales para la comprensión del

carnaval como fenómeno simbólico. En concreto, las propuestas de Mijaíl

Bajtín permiten interpretar la fiesta como un espacio de inversión simbólica

del orden social (Bajtín, 19
87), mientras que Víctor Turner la concibe como
un momento de liminalidad en el que se suspenden temporalmente las

estructuras sociales (Turner, 1988). No obstante, por el foco asumido en este

estudio, estas perspectivas son reinterpretadas en clave histór
ica;
entendiendo que dichas funciones no son universales ni inmutables, sino

que dependen de contextos específicos en los que se enmarcan las

aproximaciones investigativas
.
Como punto de cierre, ha de decirse que se incorpora la perspectiva

crítica de Néstor García Canclini; quien señala que, en la modernidad, las

festividades tradicionales tienden a transformarse en espectáculos

culturales vinculados al mercado, el turismo y
las instituciones (García
Canclini, 1990). Este enfoque resulta especialmente relevante para

analizar las tensiones contemporáneas del carnaval cajamarquino, en un

contexto marcado por la masificación y la creciente intervención de actores

públicos y priv
ados.
En conjunto, este marco teórico permite abordar el carnaval

cajamarquino no solo como una expresión cultural en sí, sino como un

proceso histórico complejo, atravesado por relaciones de poder, dinámicas

sociales y transformaciones estructurales de
largo alcance.
3. Fiesta, historia y poder: configuraciones
del carnaval
cajamarquino

El carnaval cajamarquino, lejos de constituir una expresión festiva fija o

una tradición inmutable, puede ser comprendido como un proceso histórico

dinámico en el que c
onfluyen múltiples actores, intereses y contextos. Por
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ello, analizar el carnaval implica ir más allá de su dimensión lúdica o

folclórica para situarlo en el terreno de la historia cultural, donde las

prácticas sociales son entendidas como construcciones d
e sentido que se
transforman con el paso del tiempo. Así, la fiesta no solo refleja la sociedad

que la produce, sino que también actúa como un espacio donde se

negocian identidades, se expresan tensiones y se reconfiguran relaciones

de poder
.
Con base en
tal perspectiva, el carnaval cajamarquino se presentaría
como un escenario privilegiado o prisma para observar las

transformaciones sociales y políticas que han atravesado el Perú a lo largo

del siglo XX. Como sugiere Roger Chartier, las prácticas cultura
les deben
ser analizadas en función de las condiciones históricas en las que se

producen, así como de las formas en que ellas son apropiadas por distintos

grupos sociales. Desde tal óptica, el carnaval no puede entenderse como

una tradición homogénea, sino
como un campo de disputas simbólicas en
el que intervienen tanto proyectos estatales como iniciativas populares,

bajo la confluencia de prácticas heredadas y resignificaciones

contemporáneas
.
El presente apartado propone examinar este proceso a partir de
tres
momentos o ejes fundamentales que permiten comprender la configuración

histórica del carnaval cajamarquino. En primer lugar, se abordará el

proceso de institucionalización del carnaval en el Perú durante las primeras

décadas del siglo XX, particularm
ente en el contexto del gobierno de
Augusto B. Leguía. Este periodo resulta clave, ya que marca la

incorporación de modelos festivos de inspiración europea en el espacio

urbano limeño, así como su posterior difusión hacia las regiones al interior

del país.
Desde la perspectiva de Benedict Anderson, estas iniciativas
pueden interpretarse como parte de un proyecto de construcción nacional

en el que las celebraciones públicas cumplen un rol central en la formación

de comunidades imaginadas. De este modo, el ca
rnaval deja de ser una
práctica local o espontánea para convertirse progresivamente en una

festividad reconocida y promovida como símbolo de identidad nacional
.
Sin embargo, este proceso no fue lineal ni uniforme. Como señala Pierre

Bourdieu, la legitimac
ión de determinadas prácticas culturales por parte del
Estado implica una cierta imposición de criterios de valor que no

necesariamente son compartidos por todos los sectores sociales. En el

caso del carnaval, especialmente desde la década de 1920, las éli
tes
cajamarquinas
al igual que ocurría en Lima promovieron su
transformación en un espectáculo público, apropiándose de la festividad
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mediante su organización, regulación y puesta en escena. No obstante, los

sectores populares continuaron desarrollando s
us propias formas festivas
en el espacio público, muchas veces al margen o en tensión con estas

iniciativas. Esta coexistencia evidencia que el carnaval no solo funcionó

como un instrumento de integración, sino también como un espacio donde

se reprodujeron
y disputaron las jerarquías sociales existentes.
En segundo lugar, se analizará el impacto de los procesos migratorios

internos en la reconfiguración del carnaval cajamarquino, especialmente a

partir de la segunda mitad del siglo XX. Siguiendo los
planteamientos de
José Matos Mar, la intensificación de las migraciones del campo a la ciudad

generó un “desborde popular” que transformaría profundamente la

estructura social y cultural del país. Cajamarca en tanto espacio central no

fue una ciudad ajena
a este fenómeno: la llegada que experimentó de
poblaciones rurales no solo alteró su composición demográfica, sino que

con ello también se introdujeron nuevas prácticas, símbolos y formas de

sociabilidad, que se integraron
no sin tensiones a dicho espacio urbano.
En este contexto, el carnaval se convirtió en un espacio de encuentro

entre lo rural y lo urbano, donde las tradiciones no desaparecieron, sino

que se adaptaron y resignificaron. Como plantea Néstor García Canclini,

estos procesos pueden entende
rse en términos de hibridación cultural, en
los que elementos provenientes de distintos contextos se combinan para

dar lugar a nuevas formas de expresión. Así, prácticas como las
unshas
(también llamadas
yunzas),2 las coplas, el uso de instrumentos andinos o
el consumo de alimentos tradicionales no solo enriquecieron la festividad,

sino que también redefinieron sus significados, ampliando su alcance

social y simbólico
.
Como aspecto final a considerar, el tercer eje de análisis se centra en el

papel del Est
ado durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado (1968-
1975) y su influencia en la resignificación del carnaval cajamarquino. A

diferencia del periodo leguiísta, caracterizado por la adopción de modelos

europeos, el velasquismo promovió una política cultur
al orientada a la
2
En torno a estas denominaciones, los términos unsha o yunza comparten en que se tratan de
prácticas festivas, en conjunto, conocidas como
Cortamonte. José Vadillo (2023), las caracteriza
as
í: “El cortamonte toma en el Perú diversos nombres como yunza, tumbamonte, unsha, umisha
y sacha cuchuy” (p. 9
). En Cajamarca, es de uso extendido llamarla “unsha” (Asencio, 2011). Sobre
la yunsa (con letra “s”)
sin disponer de una entrada para unsha, el Diccionario de Peruanismos
en Línea, refiere
que ella es una: “Celebración de carnaval que consiste en bailar alrededor de un
árbol adornado de espejitos, cadenetas, banderines y cargado de regalos, que el pueblo corta en

el monte, trae colectivamente al
lugar común y mantiene enhiesto los días de la fiesta” (Academia
Peruana de la Lengua, 2022).
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revalorización de lo andino y lo popular como componentes esenciales de

la identidad nacional. Este giro ideológico tuvo importantes repercusiones

en la manera en que se percibían y organizaban las festividades

tradicionales, favoreciendo
su legitimación y visibilización en el espacio
público
.
Desde la perspectiva de Benedict Anderson, este proceso puede

interpretarse nuevamente como un esfuerzo por redefinir la comunidad

nacional; esta vez incorporando elementos históricamente excluidos.

Asimismo, en términos de Pierre Bourdieu, la intervención estatal en la

organización del carnaval
a través de instituciones como el Patronato
puede entenderse como un intento por regular y estructurar una práctica

cultural que, hasta entonces, había sid
o predominantemente espontánea.
Este proceso de institucionalización no eliminó el carácter popular de la

festividad, pero sí introdujo nuevas formas de organización, jerarquización

y legitimación
.
En conjunto, estos tres momentos permiten comprender el c
arnaval
cajamarquino como el resultado de una compleja interacción entre

procesos históricos, dinámicas sociales y proyectos políticos. Así, lejos de

ser una simple continuidad del pasado, la fiesta aparece como una

construcción en permanente transformació
n, donde convergen influencias
externas e internas, prácticas tradicionales e innovaciones

contemporáneas. Por ello, teñido de ese signo multiforme, el carnaval no

solo es una celebración, sino también un espacio de producción histórica,

en el que se inscr
iben las huellas de los cambios sociales que han marcado
la trayectoria del Perú en el siglo precedente
.
3.1. De la calle al espectáculo: Estado, élites y organización fe
stiva
El carnaval fue promovido por el gobierno de Augusto B. Leguía (1919
-
1930) en el marco de sus reformas modernizadoras durante la década de

1920. En esas condiciones, el Estado impulsó una política orientada a

fortalecer la imagen de la nación peruana media
nte conmemoraciones
históricas, celebraciones públicas y la institucionalización de festividades

urbanas
como el propio carnaval, articuladas en torno al centenario de
la República. Este proceso puede entenderse, siguiendo la formulación de

Benedict Ande
rson, como parte de una construcción de comunidades
imaginadas; según la cual las celebraciones públicas funcionan como

mecanismos de producción de identidad colectiva (Anderson, 1993). Este

periodo estuvo además marcado por una combinación de desazón y un

fuerte sentimiento nacionalista tras la reciente derrota frente a Chile
.
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De este modo, el gobierno se apropió del carnaval, que antes se

celebraba espontáneamente en las calles y, en el caso de la élite, en

espacios cerrados y exclusivos. Bajo el clima d
e este escenario, el gobierno
de
Augusto B. Leguía incorporó elementos del carnaval italiano como el
de Viareggio
, entre ellos el corso, la elección de reinas y los carros
alegóricos con grandes muñecos de cartón (véase las Figuras 1 y 2). Estas

práctica
s no deben entenderse como simples “importaciones”, sino como
procesos de apropiación y resignificación en los que intervienen tanto las

condiciones materiales como las formas de representación, desde la

perspectiva de la historia cultural (Chartier, 1992)
. Así, la fiesta popular fue,
poco a poco, asimilándose a las disposiciones estatales
.
Bajo ese tamiz, puede afirmarse que, durante este periodo, el carnaval

se estatalizó y nacionalizó simultáneamente. Si bien tuvo un origen

europeo, su expansión global
lo convirtió en una festividad de carácter
cosmopolita, difundida junto con las prácticas culturales europeas. No

obstante, en este contexto, a su vez el carnaval fue apropiado por el Estado

y promovido como una celebración de arraigo nacional y carácter p
eruano.3
Se trata de un proceso que, analizado desde la perspectiva de Pierre

Bourdieu, implica una forma de legitimación simbólica mediante la cual el

Estado define qué prácticas culturales son reconocidas como

representativas de la nación (Bourdieu, 199
1).
Desde este estado de experiencias, una vez reconfigurado bajo las

formas anteriormente descritas, el carnaval se difundió hacia otras

regiones del Perú
aunque no se sabe con certeza si como disposición
oficial o de manera más espontánea
, llegando así a Cajamarca. En esta
ciudad, las élites adoptaron la festividad ya institucionalizada desde la

capital (véase las Figuras 3, 4 y 5). Existen indicios de que estos grupos

celebraban los carnavales en espacios privados, como haciendas y

recintos exclusivos
del ámbito urbano, entre ellos el Club Social Cajamarca.
Esta apropiación diferenciada de las prácticas festivas evidencia, como

sugiere Roger Chartier, que los bienes culturales son reinterpretados

según los grupos sociales que los consumen y las condici
ones en que lo
hacen (Chartier, 1992)
.
Respecto a lo anterior, Buse (1999) nos relata un famoso carnaval

celebrado en el Club Social Cajamarca en la década del 20 del siglo XX,

presidido por una comitiva entre la que se encontraba Elvira Iberico,

perteneciente a la élite comerciante local; quien invitaba a sus congéneres

a participar en una fiesta caracterizada por el lujo, la
exclusividad y el
refinamiento
:
3
Sobre el tema de la estatalización y nacionalización del carnaval en los años 20 del siglo XX,
consultar a Rojas (2005). Así mismo, revisar TV Perú. (2000).
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La noche de la fiesta, la tercera cuadra de Apurímac, donde estaba la

sede del club, prese
ntaba un aspecto deslumbrante. Se
acondicionaron tres salones para el baile; uno destinado al tocador de

las damas, con finos perfumes, polvos y peinadores; un bar y cantina;

y un comedor con una mesa de cinco metros, con dos auxiliares en

los extremos, ll
enas de dulces, pastas y confites selectos traídos
desde Lima, gelatinas, galantinas, sánduches, ensaladas y carnes

variadísimas. En el bar y la cantina, los mozos servían bebidas

espumantes, gaseosas, finos licores, té, café y caspiroletas. Por

doquier se
veían arreglos florales… (Buse, 1999, p. 24)
Cabe señalar que esta práctica privada no se limitaba al carnaval, sino

que se extendía a celebraciones de diversa índole, propias de élites

caracterizadas por su carácter cerrado, en consonancia con la estruc
tura
social de la época. En términos de historia social, estas formas de

celebración evidencian la persistencia de jerarquías y distinciones en el

acceso y la organización de las prácticas culturales; lo que a su vez puede

interpretarse, siguiendo a E. P.
Thompson, como experiencias
diferenciadas vividas por sujetos históricos concretos (Thompson, 1995).

Bajo ese influjo, las fiestas privadas de las élites comenzaron a alternarse

con las celebraciones del carnaval en espacios públicos
.
Asimismo
, en la otra cara de la moneda, el carnaval realizado en los
barrios
tradicionalmente popular y celebrado de forma espontánea en las
calles, sin mayor planificación ni organización formal
también tuvo un
despliegue importante en esta época (véase las Figuras 6 y 7)
.4 En
Cajamarca, destacaban los carnavales de los barrios San José, San Pedro

y Cumbe Mayo, históricamente vinculados a sectores populares
de origen
indígena, mestizo y migrante
y ubicados en lo que entonces constituía la
periferia urbana. En estos espac
ios surgieron las patrullas o grupos de
disfrazados, integrados por diversos personajes, quienes aprovechaban el

contexto festivo para canalizar y resolver tensiones sociales, como señala

Buse
:
La patrulla del barrio de San Sebastián contó entre sus integ
rantes al
legendario ‘Camote Pando’. Era un muchacho pintón, medio maleado,

cuya especialidad era salir disfrazado de mujer. Se ponía colorete en

los cachetes y rouge en los labios y, a decir de la gente, parecía una

verdadera hembra. Cuando su patrulla se
encontraba con la de otro
barrio, el Camote Pando ponía en práctica la ‘chalaca’, que consistía

en propinar un potente puntapié al enemigo con cierta técnica en la

4
Cabe recordar que esta festividad tiene sus raíces en los sectores populares, desde su origen en
la Europa medieval. Al respecto, revisar a Bajtín (1987).
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que intervenían los dos pies, sin irse de narices al suelo… (Buse,

1999, p. 21)

En general
, estas prácticas pueden interpretarse, desde la perspectiva
de Mijaíl Bajtín, como momentos de inversión simbólica del orden social,

en los que las jerarquías se suspenden temporalmente (Bajtín, 1987), así

como bajo el ángulo de instancias de liminalidad,
en el sentido propuesto
por Victor Turner, donde las estructuras sociales se flexibilizan (Turner,

1988). Esto se explica porque, durante el carnaval, los sectores populares

ocupaban el espacio público, realizaban excesos festivos y se disfrazaban

de auto
ridades en tono crítico o satírico, prácticas que en la vida cotidiana
más estable o habitual no eran permitidas
.
Ambas prácticas del carnaval
de los sectores populares y de las élites
coexistieron durante un largo periodo, desde la introducción de esta

festividad con la llegada de los españoles a Cajamarca. Cada grupo la

celebraba por cuenta propia o separadamente; sin embargo, como ocurrió

en Lima y otras ciudades, es posible que existieran puntos de contacto

entre ellas, interpretables, siguiendo a Ví
ctor Turner (1988) y Mijaíl Bajtín
(1987). En cualquier caso, ambas formas festivas compartían el mismo

espacio urbano, aunque bajo lógicas claramente diferenciadas
.
Por último, durante el periodo de transición
entre las décadas de 1950,
1960 y 1970
, los profundos cambios ocurridos en el Perú, como la reforma
agraria, las migraciones internas y la transformación de las élites,

contribuyeron a diluir progresivamente la rigidez de la estratificación social.

En línea con lo planteado por José Matos Mar, est
os procesos generaron
una reconfiguración de la vida urbana y cultural (Matos Mar, 1984). Esto

permitió que el carnaval cajamarquino se consolidara como un espacio

más amplio de interacción social, en el que, al menos de forma aparente,

se fueron borrando
las fronteras entre clases, aunque no necesariamente
las relaciones de poder subyacentes
.
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Figura 1

Carros alegóricos en los carnavales de Lima (década de 1920
)
Nota
. La imagen muestra la pomposidad de los carros alegóricos en los pasacalles
limeños, evidenciando la transformación del carnaval: de una celebración espontánea,

practicada por diversos sectores sociales en espacios privados y públicos, a un

espectáculo pú
blico organizado. Tomado de Lima Antigua (2026a).
Figura 2

Muñecos alegóricos en los carnavales de Lima (década de 1920
)
Nota
. La imagen muestra muñecos de gran tamaño elaborados con materiales livianos
que permitían su colocación sobre las carrozas. Este tipo de figuras tiene su origen en la

tradición del carnaval italiano de Viareggio, vigente en la década de 1920 (periodo al qu
e
corresponde la fotografía), y cuya influencia fue introducida en el Perú. Ello evidencia la

presencia de elementos del carnaval italiano en los carnavales limeños. Tomado de
Lima
Antigua
(2026b).
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Figura 3

Corso del carnaval en el centro histórico de
Cajamarca (ca. 19201930)
Nota
. La imagen muestra un corso del carnaval en el centro histórico de Cajamarca, con
al menos tres carros alegóricos que transportan reinas, pajes y otros participantes. Se

trata de carrozas de carácter pomposo que buscan im
itar modelos limeños (y, por lo tanto,
italianos
).5 Asimismo, se observa la presencia de público espectador en los alrededores.
Tal escena ha sido identificada en el cruce de las calles El Comercio y Dos de Mayo.

Tomado del Archivo Regional de Cajamarca (
ca. 19201930).
5
Recordemos también que Cajamarca, durante los años de la década de 1920, tenía una
importante migra
ción de italianos dedicados al rubro del comercio; entre ellos estaban los Capeli,
Lo
mbardi y Sattui. Es decir, ellos también podrían haber sido partícipes de la importación del
carnaval italiano
hacia tal localidad; la cual no solo se habría generado a través de Lima. Enfocarse
en un
abordaje profundo de estos aspectos implicaría realizar una investigación mayor.
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Figura 4

Reina del carnaval en carro alegórico en Cajamarca (1942
)
Nota
. La imagen muestra una escena del carnaval realizado en 1942, como continuidad
de las celebraciones iniciadas en la década de 1920.
En ella puede observarse a una reina
posiblemente acompañada por una o dos más, dado que en ese periodo se elegían
varias
sobre un carro alegórico, rodeada de pajes y con la presencia de un guardia civil
al frente. Se trata, igualmente, de una carroza de carácter pomposo. Asimi
smo, este
periodo coincide con el proceso previo a la reforma agraria en la localidad. Tomado del

Archivo de Víctor Campos (1942)
.
Figura 5

Reina del carnaval cajamarquino Anita Quispe Mendoza (1939
)
Nota
. La imagen muestra a la reina del carnaval cajamarquino de 1939, Anita Quispe
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Mendoza, quien fue elegida tras la renuncia de las tres reinas inicialmente designadas

para ese año. Según Buse (1999), existe cierto misterio en torno a dichas renuncias. Anita

Q
uispe Mendoza era hermana de Juan Quispe Mendoza, propietario del Hotel Plaza, lo
que sugiere su pertenencia a sectores medios o altos de la ciudad. Detrás de ella se

observa a varios “clowns”, con los rostros pintados, montados a caballo.
Referida y
prese
ntada por la persona fotografiada en una entrevista registrada como video por Radio
Campesina (Quispe, 2025)
.
Figura 6

Carnaval cajamarquino en la plazuela San Pedro (ca. 1895
inicios del siglo
XX
)
Nota
. La imagen muestra una escena del carnaval cajamarquino atribuida al año 1895;
aunque, según nosotros, podría corresponder a inicios del siglo XX. Se observan

personajes disfrazados con diversos motivos en la plazuela San Pedro, probablemente

influenciados por representaciones provenientes del circ
o, el teatro, las primeras
producciones cinematográficas, así como de revistas y periódicos de la época, en los que

destacaban figuras del ámbito artístico internacional. Se plantea que este conjunto de

disfrazados podría constituir una forma temprana de o
rganización festiva, a modo de
“protopatrullas” del barrio San Pedro, reunidas en su espacio local. Ello sugiere la

existencia de carnavales organizados por barrios populares, en posible contraste con

formas más espectaculares y asociadas a sectores de éli
te. Queda abierta la interrogante
sobre si ambos tipos de celebración llegaron a articularse en ese periodo. Tomado del

Archivo de Víctor Campos (ca. 1895
inicios del siglo XX).
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Figura 7

Personajes del carnaval cajamarquino en la Plaza de Armas (ca. 19
50
1960
)
Nota
. La imagen muestra una escena del carnaval cajamarquino correspondiente a las
décadas de 1950 o 1960, periodo en el que la festividad aún no presentaba su

configuración actual y conservaba rasgos de la primera mitad del siglo XX. En la parte

superior se obs
erva al personaje conocido como “La Sombra”, considerado uno de los
principales combatientes del barrio San Sebastián, posiblemente identificado con el señor

Segundo Alcalde, quien continúa participando en la festividad con más de 90 años. En la

parte infe
rior se distinguen diversos personajes de las patrullas, entre ellos “clowns”, una
gitana, un mexicano y otros participantes. Asimismo, a la derecha se observan integrantes

de la patrulla del barrio Cumbe Mayo. La escena se sitúa en la Plaza de Armas de

Ca
jamarca, a la altura del actual pasaje San Martín o del asta. Tomado del archivo
fotográfico de Gabriel Barrantes (ca. 1950
1960).
3.2
. Migración y reconfiguración cultural: la irrupción de lo popular6
Siguiendo los aportes de José Matos Mar en Desborde
popular y crisis
del Estado (1984), los procesos migratorios internos y la acelerada

expansión urbana del siglo XX en el Perú generaron profundas

transformaciones en la sociedad y cultura del país. Matos sostuvo que el

llamado “desborde popular” no solo im
plicó una ocupación física de los
espacios urbanos por parte de poblaciones provenientes del ámbito rural

andino, sino también la irrupción, bajo el impulso de estas, de nuevas

prácticas culturales, formas organizativas y símbolos identitarios que

tensiona
ron el modelo tradicional del Estado criollo-republicano (Matos
Mar, 1984)
.
6
Para enfocar los aspectos relativos al carnaval cajamarquino, aquí abordados, se sugiere
consultar el conversatorio entre Reyes y Abanto (2025).
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Desde esta perspectiva, la ciudad dejó de ser un espacio regido

exclusivamente por patrones culturales dominantes, tradicionalmente

asociados a las élites, para convertirse en un
escenario de convivencia
entre diversos sectores y grupos sociales. Asimismo, los procesos de

migración interna contribuyeron a una resignificación de lo urbano, al

propiciar la incorporación de elementos de origen rural que no

desaparecieron en su tránsit
o hacia la ciudad, sino que se transformaron y
adaptaron a las nuevas condiciones socioculturales. Este tipo de procesos

puede entenderse, siguiendo a Néstor García Canclini, como dinámicas de

hibridación cultural, en las que prácticas provenientes de dist
intos
contextos se recombinan y adquieren nuevos significados (García Canclini,

1990)
.
En efecto, entre las décadas de 1950 y 1980, la intensificación de las

migraciones del campo hacia la ciudad de Cajamarca dio lugar a un

profundo proceso de reconfigura
ción urbana y social, en línea con las
tendencias nacionales registradas por el Instituto Nacional de Estadística

e Informática (INEI, 1981). De modo que esta localidad fue dejando atrás

su carácter de ciudad virreinal y hacendaria, tradicionalmente ocupad
a y
dominada por familias detentadoras de poder
como los Castro, Puga,
Iglesias o Miranda
, para transformarse, parafraseando a José María
Arguedas, en una ciudad “de todas las sangres” (Arguedas, 1964) o un

tanto más diversa en comparación con la de etap
as previas. Este proceso
se inscribe en un contexto más amplio de expansión urbana y desborde

social, tal como ha sido analizado por José Matos Mar; quien destaca el

impacto de las migraciones internas en la transformación de las ciudades

peruanas (Matos M
ar, 1984).
Dadas estas condiciones, la ciudad tradicional se vio progresivamente

interpelada e “irrumpida” por poblaciones provenientes del ámbito rural, en

un proceso comparable al experimentado por Lima durante el mismo

periodo (Quijano, 1977; Matos Mar
, 1984). Los migrantes no llegaron solos:
trajeron consigo sus prácticas culturales, formas de sociabilidad,

expresiones musicales, tradiciones y costumbres, contribuyendo a la

construcción de un nuevo espacio urbano caracterizado por la convivencia

y la d
iversidad. En términos de historia cultural, esto refuerza la idea de
que las prácticas culturales son procesos dinámicos de producción de

sentido, tal como lo plantea Roger Chartier (Chartier, 1992)
.
Paralelamente, en este mismo escenario de intensa movi
lidad social
del campo a la ciudad y de la periferia al centro
, las élites cajamarquinas
experimentaron un progresivo debilitamiento. Las características en que

derivó este proceso, respondió tanto a factores externos, vinculados a

transformaciones econó
micas y políticas más amplias, como a dinámicas
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internas, entre ellas los efectos de la pre
-reforma y la reforma agraria
impulsada durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado, las cuales

alteraron profundamente la estructura de poder tradicional en el ámb
ito
rural (Matos Mar, 1984; Kay, 1982). Estos cambios estructurales

contribuyeron a erosionar el dominio de las élites terratenientes, hasta

llegar ser un proceso que se acentuó en las décadas posteriores.
7 Este
reordenamiento social puede analizarse tambi
én desde la perspectiva de
Pierre Bourdieu, en tanto implica una reconfiguración de las relaciones de

poder y de los mecanismos de legitimación cultural (Bourdieu, 1991).

Desde el ámbito rural se incorporaron diversos elementos culturales al

carnaval urba
no, entre ellos prácticas alimentarias como el consumo de
carne de cerdo, cuy y sancochado, así como bebidas tradicionales como la

chicha de jora y el aguardiente. Asimismo, la música integró ritmos y formas

de origen andino, como la cashua, junto con inst
rumentos como la tinya y
la quena, además de expresiones performativas como la copla y el

contrapunto. En general, estos elementos se asocian a poblaciones

provenientes de localidades
o zonas rurales cercanas a la ciudad de
Cajamarca
como Namora,8 La Encañada, Celendín, San Marcos, Jesús,
Huacaríz y Porcón
;9 aunque su circulación responde a dinámicas más
amplias de movilidad e intercambio cultural en la región (véase las Figuras

9 y 10)
.
Del mismo modo, se incorporaron prácticas como la reciprocidad andi
na
o el vínculo colectivo, que a nivel festivo se manifiestan en expresiones

7
Sobre la reforma agraria en Cajamarca, revisar: Valderrama, M. (1974).
8
Namora es muy importante para el carnaval cajamarquino actual. Se trata de un distrito de
Cajamarca, muy cercano a la ciudad capital, que hoy se caracteriza por la presencia de talleres

de fabricación de guit
arras, una tradición que se mantiene desde hace largo tiempo. La guitarra
ha sido, podría decirse, un elemento esencial en la vida cultural de la localidad durante más de

cien años. Al respecto, Chávez (1958) menciona que, para la década de 1950, en Namora
existía
la tradición de cantar coplas acompañadas de guitarras, en comparsas y, en ocasiones, vinculadas

a enfrentamientos posteriores, en el marco de una festividad que podía extenderse hasta por

quince días. Asimismo, señala que se celebraban las unshas
.
9
Es muy importante en este contexto el trabajo de Don Guillermo y su conjunto, quien se dedicó
a realizar investigación y experimentación musical para hacer posible la música que hoy sería,

prácticamente, la música del carnaval. Para lograrlo, recurrió
a la música tradicional rural. Al
respecto, pueden verse las declaraciones que ofreció para el pódcast Tal Cual TV (en Yopla,

2026)
.
También son fundamentales los aportes de numerosos músicos independientes y agrupaciones

que, desde el carnaval y géneros
asociados como las cashuas y los huaynos, han enriquecido
esta tradición. Entre ellos destacan Carlitos Vergara, Los Reales de Cajamarca, Los Tucos de

Cajamarca, Luis Abanto Morales, El Indio Mayta, Los Hermanos Sánchez, Yumpay, Los Alegres

de Bambamarc
a, Hermanas Ayay, Los Titulares del Carnaval, Pallay, String Karma, Hermanas
Vargas, así como la orquesta Túmbala de Celendín y Marco Antonio Chávarry, entre otros.

Todos ellos han contribuido
y continúan haciéndolo a dotar de contenido y vitalidad al carnaval
mediante una música esencialmente híbrida, con raíces tanto rurales como urbanas, que expresa

la diversidad y la creatividad del pueblo cajamarquino.
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como las unshas o yunzas, o en el canto de coplas a cambio de comida

(véase la Figura 8). Estas dinámicas pueden interpretarse, desde la

perspectiva de Víctor Turner, como formas
de comunalidad propias de
momentos festivos, en los que se refuerzan los lazos sociales (Turner,

1988)
.
De esta manera, la fiesta se configura como un espacio de síntesis

simbólica en el que lo rural no se diluye, sino que dialoga con lo urbano,

produciendo nuevas formas de pertenencia. Así, el carnaval como tal no

es simplemente una supervivencia folclórica, sino una manifestación

dinámica que se transforma en función de las condiciones históricas que

se le presentan. Además, puede afirmarse que
examinada como
celebración opera como un espacio de visibilización social, donde sectores

históricamente subalternos encuentran reconocimiento simbólico y

participación pública. En este punto, resulta pertinente retomar, otra vez, a

E. P. Thompson, quien s
ubraya la importancia de comprender las prácticas
culturales como experiencias vividas por sujetos históricos concretos

(Thompson, 1995)
.
Según García Canclini (2002 [1982]), las culturas populares, aunque se

configuran en condiciones de subordinación, se
implican al mismo tiempo
en procesos de reelaboración simbólica y no se constituyen a partir de una

reproducción pasiva del orden dominante
.
En síntesis, el carnaval se reconfigur
ó a lo largo del tiempo, adoptando
perfiles que agrega y recrea rasgos de su sociedad
-tiempo: desde la
incorporación de elementos como el corso, los carros alegóricos y la

elección de reinas
introducidos a inicios del siglo XX como parte del influjo
del car
naval italiano importado a Lima y difundido hacia Cajamarca,
pasando por una cierta participación espontánea de los barrios populares

urbanos
práctica que se remonta a tiempos más antiguos, posiblemente
coloniales
, hasta los nuevos componentes surgidos con las migraciones
de la segunda mitad del siglo XX. Este proceso confirma, en línea con lo

postulado por Hobsbawm, que las tradiciones no son estáticas, sino que

constituyen manifestaciones abiertas y vivas, que se reinventan y

resignifican en función de
los cambios históricos (Hobsbawm y Ranger,
2002)
.
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Figura 8

Unsh
a o cortamonte en la ciudad de Cajamarca (ca. 19501960)
Nota
. La imagen muestra la práctica de la unsha o cortamonte, manifestación comunitaria
de raíz rural recreada en el contexto ur
bano de Cajamarca. A partir de la vestimenta de
los participantes, se infiere que la escena corresponde a las décadas de 1950 o 1960, en

el marco de los procesos de migración del campo a la ciudad. Tomado del Archivo de

Víctor Campos (ca. 1950
1960).
Figura 9

Portada disco de Don Guillermo y su conjunto

Nota
. Esta imagen la encontramos en la web, es un disco de don Guillermo y su conjunto,
del año 2001, difícil de conseguir, se vende solo para coleccionistas. La particularidad de
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don Guillermo, el dueño del grupo, es que, además de ser también un migrante a

Cajamarca (nacido en Celendín y criado en La Encañada), fue un investigador, que

recopiló, interpretó y asimiló creativamente la música rural y urbana de los distintos

pueblos c
ercanos a Cajamarca, como Celendín, San Marcos, La Encañada, Jesús,
Namora, durante los años 70, que después planteó como una propuesta original y se

integró como parte del repertorio musical de los carnavales y que se sigue escuchando

hasta ho
y. Imagen del disco tomada del website de Mercado Libre.10
Figura 10

Músicos cajamarquinos
: Los Hermanos Sánchez (ca. 1980-1990)
Nota
. La imagen muestra a Los hermanos Sánchez, músicos cajamarquinos con raíces
10
Dejamos algunos datos biográficos de don Guillermo, ya que su historia es paralela a la del
carna
val en esta etapa de reconfiguración de los años 70.
Datos biográficos de don Guillermo:
Nació en Celendín a fines de la década de 1940. Sin
embargo, pasó su niñez en La Encañada. Posteriormente, migró a Cajamarca para cursar la

secundaria en el colegio San Ramón a finales de la década de 1950. Fue promoción 1963 y vivió

en el barrio San José
.
Luego estudió Educación Secundaria en la especialidad de Lengua y Literatura en la entonces

Universidad Técnica de Cajamarca (UTC). Señala que esta especialidad le ayudó a componer

coplas. Además, su padre y su abuelo también eran compositores de coplas.
El 70 % de las
composiciones de su grupo son de su autoría.

En su juventud, también participó en concursos de coplas, compitiendo con los grupos de los

barrios San Pedro, San Sebastián, La Florida, La Merced y Pueblo Nuevo.

Don Guillermo formó su conjunto
en 1974 junto a sus hermanos y, además, incorporó a dos
voces singulares: Carlos Izquierdo y Violeta Valdez. En 1976 grabaron su primer long play
o LP
en discos de vinilo, con seis canciones por lado (anteriormente, en 1974, habían grabado en discos

de 45
revoluciones). Esto fue posible gracias al apoyo de la disquera Industrial Eléctrica y Musical
Peruana, dirigida por Gilberto Cueva en Lima.

Ese mismo año de 1976 vendieron más de 3,000
long play o LP durante los carnavales de
Cajamarca. A partir de enton
ces, despegaron y alcanzaron gran popularidad. Esta información
proviene de la entrevista que le hizo al músico aludido César Yopla (2026).
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en Celendí
n (sus padres fueron migrantes que se establecieron en Cajamarca) durante
las décadas de 1980 o 1990. En la fotografía se les observa con instrumentos como el

saxo, el acordeón, la guitarra y la trompeta, incorporados al carnaval tradicional.

Recientemente, han destacado por su interpretación
de la canción El capulí, así como por
versiones de coplas y contrapuntos que contribuyen a la revitalización de la música

tradicional del carnaval. Actualmente, forman parte de un grupo considerado clásico junto

a don Guillermo y su conjunto. Fotografía pu
blicada en la página de Facebook de César
Sánchez (2023)
.
Figura 11

Participación de pobladores rurales en el pasacalle del Día del Corso,

carnaval de Cajamarca (2026
)
Nota
. La imagen muestra la participación de pobladores provenientes de zonas rurales en
el pasacalle del Día del Corso de los carnavales de Cajamarca de 2026. Se evidencia la

presencia activa del campesinado en las celebraciones, lo que da cuenta de la continuidad

e integración de prácticas y actores del ámbito rural en el contexto festi
vo urbano.
Fotografía de Josué Morales (2026a)
.
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Figura 12

Integrante de la comparsa La Resistencia Carnavalera del barrio San

Sebastián (2026)

Nota
. La imagen muestra a una participante de la comparsa La Resistencia Carnavalera,
perteneciente al
barrio tradicional San Sebastián de la ciudad de Cajamarca. Su presencia
representa la participación de sectores urbanos en la celebración del carnaval de 2026.

Fotografía de Josué Morales (2026b)
.
Figura 13

Reina del carnaval Lourdes Chávez en el concur
so de reinas de Cajamarca
(2026)

Nota
. La imagen muestra a Lourdes Chávez, representante del barrio Cumbe Mayo,
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durante su participación en el concurso de reinas del carnaval de Cajamarca de 2026.

Viste un atuendo de inspiración campesina, lo que
refleja la integración de elementos
rurales en el contexto festivo urbano. La participante se ubicó entre las finalistas del

certamen. Fotografía de Josué Morales (2026c)
.
Figura 14

Reina de centros poblados Olenka Fernández en el carnaval de Cajamarca

(
2026)
Nota
. La imagen muestra a Olenka Fernández, representante del centro poblado de
Pariamarca, quien obtuvo el título de reina en el concurso de centros poblados (ámbito

rural) del carnaval de Cajamarca de 2026. Su participación representa la integra
ción del
mundo rural en la festividad, un proceso que se ha mantenido desde las décadas de 1960

y 1970 hasta la actualidad. Fotografía de Josué Morales (2026d)
.
3.3
. Velasquismo y cultura: la revalorización de lo popular en la fiesta
El estudio de las
festividades populares permite comprender cómo las
sociedades construyen, negocian y transforman sus identidades colectivas

a lo largo del tiempo. Lejos de ser expresiones estáticas, estas

celebraciones constituyen espacios dinámicos donde confluyen

tradic
iones, intereses políticos y procesos de cambio social. En este
sentido, el análisis del carnaval cajamarquino ofrece una oportunidad para

examinar la relación entre cultura popular y acción estatal en la

configuración de lo “peruano”
.
Asimismo, resulta f
undamental considerar que las prácticas culturales
no se desarrollan en aislamiento, sino que están en constante interacción

con contextos históricos específicos. Las políticas públicas, los discursos

ideológicos y las transformaciones institucionales infl
uyen decisivamente
en la manera en que estas expresiones son valoradas, organizadas y
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Volumen 2, 2, 2026 46
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reinterpretadas. Bajo esta premisa, el carnaval de Cajamarca puede

entenderse como el resultado de un proceso histórico en el que intervienen

tanto dinámicas locales como
proyectos nacionales.
Posteriormente, durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado (1968
-
1975), y a través de sus políticas culturales, se reivindicó lo andino y lo

popular como componentes esenciales de la identidad nacional. De hecho,

el principal símbolo adoptado por su gobierno fue Túpac Amaru (véase la

Figura 15). Apostado en esa mirada o
enfoque cultural, el velasquismo
puede entenderse como un momento clave en la reconfiguración simbólica

de la nación, en el que el Estado promovió una redefinición de lo “peruano”

desde sectores históricamente subalternizados. Este proceso guarda

ciertas
similitudes con el impulso modernizador de Leguía, aunque con un
énfasis distinto: mientras este último promovió modelos culturales de

inspiración europea, el régimen velasquista en cambio apostó por la

revalorización de lo autóctono
.11
Desde la perspectiv
a de Benedict Anderson, estas políticas pueden
interpretarse como mecanismos de construcción de identidad colectiva a

través de la promoción de símbolos y prácticas culturales compartidas

(Anderson, 1993). Bajo esa línea, el reconocimiento de las culturas

regionales contribuyó, aunque de manera indirecta, al fortalecimiento de

festividades locales como el carnaval cajamarquino. Si bien no se cuenta

con evidencia de una política estatal específica orientada a esta

celebración, el contexto de valorización de
lo popular y lo regional
favoreció, como atmósfera e impulso amplios, a su progresiva legitimación

como expresión identitaria
.
Este proceso también puede analizarse a partir de los planteamientos

de Néstor García Canclini, quien señala que en la modernida
d las prácticas
culturales tradicionales se reconfiguran en diálogo con instituciones y

políticas públicas (García Canclini, 1990). En este caso, el carnaval no solo

se mantuvo como una práctica popular, sino que fue progresivamente

reconocido y valorizado
dentro de un discurso oficial que promovía la
diversidad cultural
.
Examinado en clave histórica, puede observarse que el carnaval no

evolucionó solo a partir de dinámicas internas de la sociedad cajamarquina

(elementos endógenos), sino también por la inf
luencia de proyectos
estatales (elementos exógenos), especialmente desde inicios del siglo XX.

Así, la etapa leguiísta introdujo modelos organizativos y estéticos de corte

europeo que configuraron al carnaval como un espectáculo urbano,

11
Sobre el particular, revisar a Dioses y Medina (2023).
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mientras que el per
iodo velasquista contribuyó, en parte, a consolidar su
valoración cultural como elemento de identidad local. Este tipo de

transformaciones puede entenderse, siguiendo a Eric Hobsbawm, como

procesos de resignificación e “invención de la tradición”, en los q
ue
prácticas culturales preexistentes adquieren nuevos sentidos en contextos

históricos cambiantes (Hobsbawm y Ranger, 2002)
.
El resultado es una celebración que combina procesos de

institucionalización moderna con formas de afirmación identitaria regiona
l,
evidenciando la interacción entre políticas estatales y prácticas populares

en la configuración de esta tradición festiva. En términos de historia

cultural, esto confirmaría que las prácticas festivas no son estáticas, sino

espacios dinámicos de producc
ión de sentido, como lo plantea Roger
Chartier (Chartier, 1992)
.
Durante la década de 1970, la municipalidad de Cajamarca asumió un

rol activo en la organización de los carnavales. Este hecho resulta

significativo si se considera que, durante el gobierno
de Velasco, los
alcaldes no eran elegidos por voto popular, sino designados por el Poder

Ejecutivo, lo que evidencia el carácter centralista del régimen y la fuerte

articulación entre Estado y gestión local
.
Desde este marco político
-institucional, durante la gestión del alcalde
Adolfo Amorín, se impulsó la creación del Comité Central del Carnaval o

también conocido como Patronato del Carnaval. Esta institución, integrada

por representantes de la municipalidad y de los distintos barrios, tuvo como

principa
l objetivo reorganizar y fortalecer la festividad. Desde una veta
sociológica, este proceso puede interpretarse a la luz de lo postulado por

Pierre Bourdieu, en tanto supone una institucionalización que redefine las

reglas de participación y los mecanismos
de legitimación cultural
(Bourdieu, 1991)
.
El Patronato del Carnaval fue responsable de institucionalizar diversas

actividades que aún perduran hasta la actualidad, como los concursos de

coplas, la elección de reinas, viudas y comparsas, consolidando así
la
estructura organizativa del carnaval cajamarquino. Examinadas en

amplitud, estas transformaciones evidencian cómo una práctica

originalmente espontánea se convierte progresivamente en una festividad

regulada, sin perder del todo su carácter popular
.
No obstante, en la actualidad, el Patronato atraviesa diversas

dificultades: su funcionamiento es intermitente, activándose y

desactivándose según las circunstancias, y ha evidenciado problemas de

gestión. Aun con todo lo previo, sus funciones han sido asu
midas
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progresivamente por las gestiones municipales; la cuales continúan

organizando la festividad en coordinación con los barrios. Este escenario

refleja las tensiones contemporáneas señaladas por García Canclini

(1990), en las que las tradiciones cultura
les se ven atravesadas por
procesos de institucionalización, burocratización y, en muchos casos, por

dinámicas vinculadas al espectáculo y la gestión pública
.12
Figura 15

Representación de Túpac Amaru II en el carnaval cajamarquino (ca. 1970

1980)

Nota
. La imagen muestra a un participante disfrazado, posiblemente miembro de las
patrullas, que representa a Túpac Amaru II, figura resignificada como símbolo de la

revolución promovida durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado. El personaje se

encuentra u
bicado en el estrado que antiguamente se instalaba en el Hotel de Turistas de
Cajamarca con motivo de los concursos carnavalescos. La fotografía corresponde a los

carnavales de fines de la década de 1970 o inicios de la de 1980. Tomado del Archivo de

Vícto
r Campos (ca. 19701980).
12
En tiempos recientes, la municipalidad de Cajamarca asume múltiples responsabilidades en la
organización del carnaval. Entre ellas, se destaca la designación de los miembros de los jurados,

el financiamiento del concurso de reinas
probablemente el evento más costoso, así como el
apoyo económico a las actividad
es desarrolladas por los barrios. Del mismo modo, la
municipalidad cubre los premios de los distintos concursos y participa en la coordinación general

de las celebraciones. En ese sentido, la presencia municipal continúa siendo determinante. Si bien

su par
ticipación puede rastrearse desde inicios del siglo XX, esta se intensificó notablemente a
partir de la década de 1970, durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado, y se ha mantenido

con ímpetu hasta la actualidad.
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Figura 16

Reina del carnaval de Cajamarca sobre un tractor en la Plaza de Armas

(1980)

Nota
. La imagen muestra a la reina del carnaval de 1980, Eliana Focón Verástegui,
acompañada de su paje, desplazándose sobre un tractor. Este
elemento resulta
particularmente significativo, ya que contrasta con la tradición previa de utilizar

automóviles ornamentados y de carácter pomposo, habituales a inicios del siglo XX. En

este caso, el tractor
una herramienta fundamental del trabajo campesino y símbolo de la
modernización agraria impulsada durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado
irrumpe
en el espacio urbano, evidenciando la incorporación de nuevos referentes simbólicos

vinculados al mundo rural. La escena se sitúa en la calle Amalia P
uga, en la Plaza de
Armas de Cajamarca. Tomado del Archivo de Víctor Campos (1980)
.
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Figura 17

Carro alegórico del Carnaval de 1973 con instrumentos y elementos

tradicionales

Nota
. Se muestra un carro alegórico correspondiente al Carnaval de 1973. En la imagen
se pueden apreciar la guitarra, el urpo de chicha, la tinya, el clarín, las pencas y otros

elementos decorativos del carro. Asimismo, el conjunto está montado sobre un tractor del

agro, elemento asociado al proceso de modernización rural impulsa
do durante el período
del velasquismo en el Perú. En este espacio estaba prevista la participación de la reina

del barrio San Sebastián. La descripción de estos elementos aquí realizada, se basa en

la fotografía publicada en el Facebook de
Antonio Portal (2023).
4.
Conclusiones
El análisis del carnaval cajamarquino permite afirmar, en primer lugar,

que esta festividad no constituye una tradición estática ni una mera

continuidad del pasado, sino una construcción histórica dinámica que ha

sido
constantemente resignificada en función de los cambios sociales,
políticos y culturales del Perú. A lo largo del siglo XX, el carnaval

experimentó transformaciones sustanciales que evidenciarían su carácter

procesual, confirmando que las prácticas cultural
es requieren entenderse
como espacios de producción de sentido situados en contextos históricos

específicos
.
En segundo lugar, el proceso de institucionalización del carnaval durante

las primeras décadas del siglo XX marcó un punto de inflexión en su
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en Ciencias Sociales
conf
iguración. La intervención del Estado, en el marco de proyectos de
modernización y construcción nacional, introdujo nuevas formas

organizativas y estéticas que transformaron una práctica originalmente

espontánea en un espectáculo público regulado. Este pro
ceso implicó la
apropiación de modelos festivos externos y su adaptación al contexto

peruano, al mismo tiempo que consolidó al carnaval como un símbolo de

identidad nacional. En este sentido, la festividad se convirtió en un espacio

donde el Estado definió
y legitimó determinadas prácticas culturales.
En segundo lugar, el proceso de institucionalización del carnaval durante

las primeras décadas del siglo XX marcó un punto de inflexión en su

configuración. La intervención del Estado, en el marco de proyecto
s de
modernización y construcción nacional, introdujo nuevas formas

organizativas y estéticas que transformaron una práctica originalmente

espontánea en un espectáculo público regulado. Este proceso implicó la

apropiación de modelos festivos externos y su
adaptación al contexto
peruano, al mismo tiempo que consolidó al carnaval como un símbolo de

identidad nacional. En este sentido, la festividad se convirtió en un espacio

donde el Estado definió y legitimó determinadas prácticas culturales
.
En tercer luga
r, la coexistencia de formas festivas diferenciadas entre
élites y sectores populares revela que el carnaval fue también un escenario

de reproducción y disputa de jerarquías sociales. Mientras las élites

promovieron celebraciones organizadas, exclusivas y
asociadas a ciertos
códigos de distinción, los sectores populares desarrollaron prácticas más

espontáneas y colectivas en el espacio público. No obstante, estas formas

no permanecieron aisladas, sino que interactuaron y se influyeron

mutuamente, generando
procesos de negociación simbólica que
complejizan la comprensión de la festividad como tal. De este modo, el

carnaval operó simultáneamente como un espacio de integración social y

de conflicto cultural
.
En cuarto lugar, las migraciones internas de la segu
nda mitad del siglo
XX desempeñaron un papel decisivo en la reconfiguración del carnaval

cajamarquino. La incorporación de poblaciones rurales al espacio urbano

no solo transformó la estructura social de la ciudad, sino que también

introdujo nuevas práctic
as culturales, símbolos y formas de sociabilidad
que enriquecieron la festividad. Este proceso dio lugar a una dinámica de

hibridación cultural en la que lo rural y lo urbano se entrelazaron,

produciendo nuevas formas de expresión que redefinieron los sign
ificados
del carnaval y ampliaron su alcance social
.
En quinto lugar, el periodo del gobierno de Juan Velasco Alvarado

contribuyó a la resignificación del carnaval al promover una valoración de
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lo andino y lo popular como componentes fundamentales de la i
dentidad
nacional. Si bien no existió una política específica orientada a esta

festividad, el contexto político e ideológico favoreció su legitimación como

expresión cultural relevante. Este proceso evidencia el papel del Estado

como un agente simbólico ca
paz de influir en la percepción y valoración de
las prácticas culturales
.
En sexto lugar, la institucionalización progresiva del carnaval, reflejada

en la creación de organismos como el Patronato en el caso de Cajamarca,

permitió estructurar la organizaci
ón de la festividad y garantizar su
continuidad en el tiempo. Sin embargo, este proceso también introdujo

tensiones relacionadas con la regulación, la burocratización y la posible

pérdida de espontaneidad, situando al carnaval contemporáneo en un

equilibri
o complejo entre su carácter popular y su condición de evento
organizado
.
Finalmente, en el contexto actual, el carnaval cajamarquino enfrenta

desafíos asociados a la masificación, la mercantilización y la creciente

intervención institucional. La expansió
n del turismo y su inserción en
dinámicas de mercado habrían alterado sus formas de organización y sus

significados. No obstante, lejos de implicar una pérdida de su esencia,

estos procesos deben entenderse como parte de su continua

transformación. Desde t
al arista, el carnaval se mantendría como un
espacio vivo, capaz de adaptarse a nuevas condiciones históricas,

conservando así su función como un escenario de expresión cultural,

negociación simbólica y construcción de identidad colectiva
.
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