Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Cajamarca
ISSN: 3028-9890 (en línea)
Epistemología crítica del terrorismo de Estado
Critical epistemology of state terrorism
Túpac A. Sánchez Luna
Universidad Autónoma de
Guerrero, México
baxay@hotmail.com
ORCID: 0009-0000-7889-
4540
DOI: https://doi.org/10.704
67/acs.v2n1.5
Recibido: 16 de septiembre de 2025
Aceptado: 1 de diciembre de 2025
Sección: Notas de investigación
Cómo citar: Sánchez L., T.A.
(2025). Epistemología crítica del
terrorismo de Estado. Alternativas
en Ciencias Sociales, 2(1), 66-86.
Abstract. This essay advocates for critical epistemologies to expose the
classist nature of state terrorism, one of the most execrable expressions of
capitalist systemic violence. It functions as an instrument via direct violence,
fear dissemination, paramilitarization, and economic shock therapies to
preserve bourgeois order. Critics highlight its illegitimacy, rooted in domination
logic and capital's ethics. In the 21st century, amid epochal systemic crisis, it
has taken fascist, transnational forms, spurred by powers like the US, fostering
lumpenbourgeoisie revival and mafia-like criminal capitalism. The essay also
examines capitalist violence’s complexity, focusing on Mexico’s case and the
state's narrative of the “war on organized crime” under Calderón and Peña
(2006-2012; 2012-2018), which bolstered US imperialist domination.
Keywords: state terrorism; capitalism; global power; crime violence; fascism.
Notas de Investigacn
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Resumen. En este ensayo se propone la necesidad de epistemologías críticas
que desentrañen la naturaleza clasista del terrorismo de Estado: una de las
expresiones más execrables ligada a la violencia sistémica capitalista. En este
sentido, se le caracteriza como un instrumento que, mediante la violencia
directa, la difusión del miedo entre la población, la paramilitarización y las
terapias de shock económico, tiene como objetivo central la preservación del
orden burgués. Uno de los cuestionamientos que se hacen al terrorismo de
Estado es su ilegitimidad, pues obedece a la lógica de la dominación y la ética
del capital. Es así como en el siglo XXI, y teniendo como telón de fondo una
crisis sistémica de dimensiones epocales, esta práctica ha adoptado formas
fascistas y transnacionales, incentivada por potencias como Estados Unidos y
otras de enorme poder, lo que favorece, al mismo tiempo, el renacimiento de
la lumpenburguesía y el impulso de un capitalismo mafioso y criminal. En el
ensayo también se analiza la complejidad de la violencia capitalista, con
énfasis particular en el caso mexicano y la narrativa del Estado sobre la
denominada “guerra contra el crimen organizado”, declarada en los periodos
presidenciales de Felipe Calderón y Enrique Peña (2006-2018), que sirvió al
apuntalamiento de la dominación imperialista norteamericana de México.
Palabras clave: terrorismo de estado; capitalismo; poder global; violencia
criminal; fascismo.
1. Introducción
El terrorismo de Estado constituye uno de los problemas más agudos de
nuestro tiempo. Este fenómeno se ha complejizado en el marco de la crisis
epocal del capitalismo en el siglo XXI, una coyuntura caracterizada por el
despliegue de violencia sistémica contra la humanidad y la naturaleza sin un
factor análogo en la historia. En este contexto, el terror se ha convertido en
una herramienta clave para la preservación del orden burgués y la
acumulación de capital
.
Sin embargo, la comprensión del fenómeno se ha visto obstaculizado por el
uso arbitrario del concepto de terrorismo, puesto que homogeneiza las luchas
revolucionarias por la emancipación con la violencia estatal dirigida a la
supresión de la oposición de clase. Ante la generación de esta confusión
semántica y política, se vuelve imprescindible el desarrollo de epistemologías
críticas que permitan una diferenciación radical entre la violencia sistémica
capitalista -expresada, entre otras vías, en el terrorismo de Estado- y la
violencia revolucionaria como medio legítimo de liberación.
La distinción entre ambas formas de violencia radica en sus objetivos:
mientras el terrorismo de Estado responde a la lógica de la dominación y la
“ética” del capital, la violencia revolucionaria se orienta por principios
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humanistas y emancipatorios. Esta diferencia nos conduce a una discusión
clave: la legitimación fáctica del terrorismo estatal frente a su ilegitimidad ética,
en tanto sistema que transgrede los valores fundamentales de la dignidad
humana.
Es así como en el siglo XXI, el terrorismo de Estado adquirirá formas
fascistas y transnacionales, incentivadas por potencias imperialistas como
Estados Unidos, que promueven políticas de terror global bajo el discurso de
la “lucha contra el terrorismo”. Esta violencia se ejerce mediante métodos no
convencionales, violando el derecho internacional y consolidando el estado de
excepción como norma epocal. Paralelamente, emergen condiciones propicias
para el renacimiento de la lumpenburguesía, que impulsa un capitalismo
mafioso y criminal, tanto en países industrializados como recolonizados.
En consideración de lo anterior, el presente artículo se propone analizar el
terrorismo de Estado como una de las expresiones más complejas de la
violencia capitalista, abordando sus dimensiones económicas, ideológicas y
geopolíticas, prestando especial atención al caso mexicano y la declaratoria
de “guerra contra el crimen organizado”, durante los periodos presidenciales
de Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018).
El análisis demostrará que esta declaratoria constituyó una falacia retórica con
la que se pretendió disfrazar toda una estrategia de dominación imperial
norteamericana de México, implementada mediante una política represiva de
corte fascistoide del Estado contra el pueblo mexicano.
2. Terrorismo de Estado, violencia sistémica y crisis epocal del capitalismo
El terrorismo de Estado es un problema actual, exponenciado por la crisis
epocal del capitalismo y caracterizado por el despliegue de violencia sistémica
sin precedentes en la historia de la humanidad.
En general, partimos de plantear que existe una arbitrariedad en el uso del
concepto de terrorismo, lo cual ha generado confusión, pues lo mismo se le
endilga el mote de terroristas a las expresiones revolucionarias que, por medio
de la lucha política violenta y no violenta buscan extirpar de raíz al sistema
dominante o revelar sus limitaciones con miras a generar espacios de
deliberación política integradora, que a la violencia ejercida por un Estado, que
usa todos los medios represivos a su alcance para erradicar a la oposición
política, incluyendo los de dudosa condición legitimadora con fines de
manipulación, control e imposición.
Consideramos que el debate sobre el terrorismo debe considerar como base
de su análisis la naturaleza, fines y complejidad en que se expresa, pues, se
corre el riesgo de abordarlo en abstracto o de manera general, reduciéndolo a
una simple expresión violenta; por tal motivo, es necesario diferenciar la
naturaleza de la violencia sistémica capitalista, en su forma de terrorismo de
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Estado, respecto de la violencia revolucionaria como medio legítimo de lucha
de los pueblos por su emancipación, junto a sus expresiones movilizadoras y
críticas en los espacios cívico-políticos. “[…] El terrorismo finalmente obedece
a los intereses de las clases dominantes.” (López y Rivas, 2012, p. 11). Aunque
esto no excluye que
Se han presentado en no pocos lugares del planeta, situaciones de
degradación de las actividades revolucionarias. Fenómenos de
bandidismo, secuestros de población civil, agresiones a pueblos indios,
colusión con el narcotráfico y lumpenización de los elementos
revolucionarios, [que] indican el siempre latente peligro de desvirtuar los
objetivos revolucionarios, si no media el ejercicio permanente del
imperativo ético y los principios humanistas […] (López y Rivas, 2012, p.
11)
Si bien en ambas circunstancias la violencia es utilizada como medio, su
diferencia radical estriba en su naturaleza y fines, además de no absolutizar
que tales sean los únicos caminos y marcos de salida desde una política crítica
y propositiva en la sociedad. Mientras el terrorismo de Estado es violencia
sistémica capitalista que responde a la lógica de la dominación y la “ética” del
capital, la violencia revolucionaria es una respuesta legítima de liberación
(aunque no la única ni definitiva), que aspira a orientarse por principios
humanistas y emancipatorios.
Esta distinción nos llevará al necesario debate sobre la “legitimación fáctica”
y la “ilegitimidad ética” del terrorismo de Estado. La primera consideración está
relacionada con la instauración de una organización social, normas y un
sistema de valores y creencias que la clase en el poder establece como
verdades absolutas. El requisito es que esa clase tenga el poder necesario
para imponer su dominio. “El concepto ‘legitimación’ designará la aceptación
de la regla básica de un sistema político […] por parte de quienes, directa o
indirectamente detentan el poder institucionalizado. En la clásica formulación
de Max Weber esta aceptación resulta de la existencia de una ‘creencia en la
legitimidad’, es decir, de la creencia de que las reglas del sistema son las más
adecuadas para la respectiva sociedad.” (Garzón, 1989, 35-55). Quienes
asumen la legitimación de facto “consideran, […], que el sistema posee
legitimidad y que sus principios y normas son dignos de respeto.” (Garzón,
1989, 35-55).
La segunda consideración (la de la ilegitimidad ética), se relaciona con el
principio de no aceptación del terrorismo de Estado y del sistema que lo
genera, puesto que denigra, transgrede y violenta los principios elementales
del humanismo con fines evidentemente perversos; tanto también como se
haría u ocurriría, desde el campo no estatal, contrariando principios e idearios
que en dicho sector se asumían en su discurso como basado en valores
humanos centrales. “El concepto ‘ilegitimidad’ designa la [no] concordancia de
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los principios sustentados por la regla de reconocimiento del sistema [en
oposición a] los de la moral crítica o ética” (Garzón, 1989, p. 35-55).
Así, lo señalado permite el reconocimiento del terrorismo como actividad
antihumana ejercida por un Estado, aunque tampoco exclusiva de él, cuyos
aparatos ideológicos como el derecho, la cultura, la educación y los medios de
comunicación, servirán para justificar la violencia que ejerce. En este sentido,
es una de las más complejas expresiones de la violencia sistémica, cuya
naturaleza es clasista y está orientada por el uso del terror como medio
disuasorio dirigido contra pueblos, grupos étnicos, oposiciones políticas o
naciones; lo cual no implica que todo Estado por ser tal inherente y
necesariamente proceda así. Cierto estado históricamente predominante y
hegemónico al inclinarse por el capitalismo en sus políticas, expresa la idea
burguesa del orden y el derecho, con el fin de incrementar la acumulación de
capital; ésta es, en síntesis, un tipo de violencia dirigida contra todo aquello
que sea disfuncional al orden establecido y obstaculice la buena marcha de la
propiedad privada.
Desde comienzos del siglo XXI acudimos a la continuación de la cuarta gran
crisis del capitalismo iniciada en el siglo XX, que por sus características es de
dimensiones epocales y ha significado un despliegue de violencia tal, que
atenta no solo contra todos los órdenes de la vida humana sino también
natural. “Entonces, como lo patentizó Marx, el sistema del capital genera la
violencia originaria, porque le es consustancial. Sus burguesías la han
transformado en una compleja potencia económica que desencadena
múltiples géneros de violencias sistémicas que se concretan en última
instancia en la defensa y perpetuación del orden del capital” (Valqui, 2020, p.
72).
En la coyuntura de la crisis epocal del sistema, el terrorismo de Estado
presenta características fascistas y esquizoides, que no se limitan al plano de
lo nacional, sino que lo trascienden, siendo utilizado como método de crimen
y castigo, por ejemplo, desde la asunción de esa línea, en gran parte de su
historia como país, al nivel de sus esferas y centros dominantes de poder, por
Estados Unidos. Este hoy es un imperio en decadencia que, con el firme
propósito de seguir manteniendo su poder hegemónico a escala planetaria,
ejerce como un eje del conjunto de sus políticas al terrorismo global o
transnacional de Estado, orientado por una política violenta y de pillaje, tal
como se observa en las guerras de recolonización en curso emprendidas por
la clase dominante de esa nación y sus aliados europeos de la OTAN. Una
lectura que permite caracterizar ello es que se trata del fascismo en el poder,
la dictadura abierta y terrorista de los elementos más reaccionarios, más
chovinistas y más imperialistas del capital financiero (López y Rivas, 2015, p.
15).
Respecto al terrorismo transnacional de Estado, López y Rivas postula que
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este es:
[…] la política de violencia perpetrada por aparatos estatales imperialistas
en el ámbito mundial contra pueblos y gobiernos con el propósito de
infundir terror y en violación de las normas del derecho nacional e
internacional. […] [además] […] violenta los marcos ideológicos y
políticos de la represión ‘legal’ (la justificada por el marco jurídico
internacional) y apela a ‘métodos no convencionales’, a la vez extensivos
e intensivos, para aniquilar a la oposición política y la protesta social a
nivel mundial. (López y Rivas, 2015, p. 31)
Como se advierte, el terrorismo transnacional no se reduce a la abierta
violación de las normas del derecho nacional e internacional, sino que se
encuentra condicionado, también, por elementos de orden imperial y
geopolítico. Entre estos elementos, es fundamental no olvidar uno que
subyace en su ejercicio y que permite comprender en toda su magnitud el
carácter del mismo: su naturaleza clasista.
Complementariamente, Carlos Fazio sostiene que el terrorismo de Estado
constituye el “[…] uso calculado y sistemático del terror para inculcar miedo e
intimidar a una sociedad o comunidad. […] una clase específica de violencia
[que] […] abarca una categoría importante de actos realizados o patrocinados
de manera directa o indirecta por un Estado” (Fazio, 2012, p. 2). Desde nuestra
perspectiva, este despliegue de terror responde a objetivos precisos:
garantizar la reproducción del orden burgués y su insaciable lógica de
acumulación de capital.
Las catástrofes provocadas por el capitalismo en el siglo XXI -contra seres
humanos y naturaleza- se intensifican día tras día, configurando un escenario
de sobrevivencia en el que amplios sectores de la población viven
atormentados por la ausencia de alternativas reales frente a sus miserables
condiciones de existencia. La economía global, en buena medida, se sostiene
mediante la violencia ejercida por Estados que asumen estrategias terroristas,
junto a otros mecanismos legítimos, que actúan y diseminan sus mecanismos
de influencia, manipulación y control, como dispositivos para impedir el
despertar de las conciencias oprimidas, o preservar un aletargamiento
provocado y, simultáneamente, como mecanismos de apropiación de los
bienes comunes de la Madre Tierra.
Sobre los escombros de la sociedad burguesa se desarrollan, de forma
paralela, guerras interimperiales por el control geopolítico del planeta, así
como conflictos que disputan la hegemonía y la propia continuidad del sistema
capitalista.
Pero, al mismo tiempo, como señala Valqui Cachi,
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[…] son tiempos en los que, el complejo contexto de decadencia,
degradación, envilecimiento, putrefacción, barbarie y descomposición del
capitalismo, se han desbordado creando condiciones materiales y
espirituales para el renacimiento y desarrollo de la lumpenburguesía.
[…]
De esta manera, los sectores más reaccionarios de las burguesías del
capital imperialista se metamorfosean en todo el mundo en
lumpenburguesías, desarrollando el capitalismo criminal, mafioso, en los
países industrializados y en los países recolonizados.
[…]
Esta acelerada transmutación es expresión de la violenta dialéctica de
decadencia civilizatoria, que conlleva en su dialéctica destrucción,
degradación, envilecimiento, putrefacción, banalidad, barbarie y
descomposición de la totalidad capitalista a nivel mundial, dialéctica que
subyace en las entrañas de la omnipotencia burguesa. (Valqui, 2024, pp.
99-100)
En ese contexto es que se han dado y se siguen dando “[…] las violaciones
de derechos humanos más despreciables de este siglo, que hasta ahora se
consideraban actos de sadismo fruto de regímenes antidemocráticos, [que]
fueron de hecho un intento deliberado de aterrorizar al pueblo, y se articularon
activamente para preparar el terreno e introducir las reformas que habría de
traer ese ansiado libre mercado” (Klein, 2014, p. 31); tal como sucediera con
las experiencias chilena, argentina y latinoamericana en general durante la
aplicación de la doctrina económica de los Chicago Boys en las décadas de
los 70, 80 y 90, a través de las terapias de shock económico y político, que se
basaron en el empleo sistemático de la violencia del Estado, junto a estrategias
psicosociales de manipulación y control, que atentó contra los derechos
fundamentales de los pueblos. En este caso, La doctrina del shock económico
[necesitó], para aplicarse sin ningún tipo de restricción […], algún tipo de
trauma colectivo adicional, que [suspendiera] temporal o permanentemente las
reglas del juego democrático” (Klein, 2007, p. 21). Esto es: el terror.
Desde finales del siglo XX y principios del XXI, el miedo y el terror han
adoptado formas tan complejas como siniestras, convirtiéndose en un medio
efectivo para controlar pueblos enteros y someter al enemigo de clase a través
de métodos y tecnologías que potencialmente amenazan la seguridad de la
humanidad y la vida misma en el plantea. A la par, la lumpenburguesía, tal
como lo afirma Valqui, ha afianzado la apropiación, naturalización, producción
y universalización de sus decadentes ideas, mediante el establecimiento de la
cultura de la narcoviolencia, la corrupción y el aspiracionismo de corte
burgués, enaltecidos a través de series, películas, noticieros, redes sociales y
toda suerte de programación en medios de comunicación masiva, que han
servido de base para la proyección de su falsa conciencia, con lo cual el poder
también ha impuesto su dominación.
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Así, el lenguaje, el mensaje y el uso de símbolos se han convertido en un
imperativo del poder para asentar sus reales propósitos, constituyendo lo que
Sánchez (2007) denomina “su espacio lingüístico”. De tal suerte que “Un
imperativo puede bastar para desencadenar la obediencia y, en este sentido,
es una fuerza real. […] En cuanto fuerza simbólica, avalada siempre por la
fuerza real, el lenguaje es él mismo fuerza y, por ello, cabe hablar
legítimamente del poder del lenguaje o del lenguaje del poder” (Sánchez,
2007, p. 18). Se trata de la elevación de las relaciones de poder político y
económico al plano de lo absoluto, haciendo del poder un nuevo fetiche
(Sánchez, 2007, p. 40). En esta dinámica, los medios masivos de
comunicación adquirirán un peso específico fundamental como dispositivos de
reproducción simbólica del orden dominante.
3. Naturaleza y complejidad de la violencia y el poder
La referencia que hacemos al poder remite a una forma de dominación
disfrazada de “sistema de vida, […] manipulación de ideas, credos y […]
conciliación de ciencia y religiones” (Piñón, 2006, p. 39). Se trata de un poder
que “por sus radios de ‘influencia’ de la racionalidad o de la organización,
[construye] toda una maquinaria informativa de alienación planetaria, que ha
convertido al hombre moderno en un ser unidimensional […]” (Piñón, 2006, p.
39). Pero ese poder se constituirá en el ámbito de las prácticas y relaciones
sociales de clase, no al margen de ellas. Así mismo, “[…] El parentesco de
esos dos conceptos [poder y violencia] no indica una relación de base o
fundamento del uno respecto del otro, sino la homogeneidad del campo”
(Poulantzas, 1973, p.118). En ese sentido, el poder refiere a la capacidad de
una clase para realizar intereses objetivos específicos, mientras que la
violencia constituirá el medio para alcanzarlos. Por otra parte, la violencia no
se reduce al empleo de la fuerza bruta, sino que se expresa de ltiples
formas, puesto que “La dimensión simbólica del poder se ocupa de que el
dominio se ejerza también sin violencia” (Han, 2016, p. 119).
En otro sentido, “La violencia sistémica no es una violencia de la exclusión.
Más bien convierte a todos en miembros y prisioneros del sistema, y los
empuja a explotarse a mismos” (Han, 2016, p. 119). Es una especie de
reproducción autopoiética que los sujetos naturalizan, interiorizan y
reproducen sin conciencia de ello. Pero, no podemos obviar que los individuos
explotarán y excluirán, o serán explotados y excluidos, en función de su
pertenencia a una determinada clase, lo cual tiene que ver con el lugar que
ocupan en las relaciones de producción. Esto, al mismo tiempo, refleja la
complejidad y eficacia que han alcanzado el poder y la dominación al enajenar
a los seres humanos de su propia condición.
El poder puede ser entendido como tecnología en un entramado complejo
de relaciones sociales, según Foucault; como guerra intelectual, coacción,
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consenso o fenómeno cultural, en palabras de Gramsci; como la
reencarnación de “El Príncipe” de Maquiavelo; como Leviatán, según Hobbes;
como hidra capitalista, de acuerdo a los zapatistas, o, como fetiche más
complejo y capital vuelto “becerro de oro”, con Marx (Piñón, 2006, pp. 34-37).
Como fenómeno complejo, el poder es forma y esencia al mismo tiempo;
subyace en las relaciones de dominación que, con su rostro de “invisibilidad”,
impedirá “que las víctimas de la violencia tomen conciencia directa de la
relación de dominación” (Han, 2016, p. 117).
El poder es fuerza, dominación violenta que funda la explotación; además,
es obediencia, mando, dictadura conquistada por medio de la violencia. Es,
concretamente, una relación peculiar entre los seres humanos, en la que los
términos de la misma ocupan posiciones desiguales o asimétricas (Sánchez,
2007, pp. 17, 18, 23, 29). Al mismo tiempo, se expresa a través de valores,
ideas y creencias. En suma, no se trata de una cosa, sino de una relación
social en la que unos mandan y otros obedecen. Y, justamente, es esa
multidimensionalidad y dinamismo que adquiere lo que le otorga su carácter
complejo, puesto que exige pensarlo en términos de relaciones, contextos y
procesos, como sustenta Morín.
1
En el sistema del capital los mecanismos que utiliza el poder para ejercer la
opresión, la explotación y la dominación de clase se han acentuado y
perfeccionado. A decir de Sánchez Vázquez, ese poder de clase “[…] se
asienta en definitiva en la fuerza y en las instituciones destinadas a ejercerla.
[…] La dominación encuentra siempre oposiciones latentes o efectivas,
resistencias reales o posibles, que requieren del ejercicio de la fuerza. [por esa
misma razón] […] La historia hasta hoy ha sido relación de fuerzas en conflicto,
[…], o lucha de clases, como dijeron Marx y Engels en el Manifiesto
Comunista” (Sánchez, 2007, pp. 14, 15). En esta dinámica permanentemente
conflictiva, no hay punto real de convergencia entre los intereses de las clases,
pues mientras unos luchan por derechos humanos elementales (proletarios y
clases medias), otros luchan por mantener sus privilegios (burgueses).
Ahora bien, al igual que el poder y la dominación, en el siglo XXI la violencia
ha adquirido matices sistémicos, por lo que debe considerarse como un
“complejo real” que
[…] se manifiesta en las guerras y en todas las instituciones que las
soportan (ejércitos, armamentismo), en el ejército (obediencia irreflexiva
del soldado, castigos fuertes, autoritarismos, jerarquización), en la
economía (falta de recursos, explotación, discriminaciones,
marginación), en la política (dominio de uno o varios partidos,
totalitarismo, exclusión de los ciudadanos en la toma de decisiones, lucha
1
La perspectiva epistemológica de Edgar Morín sobre la complejidad puede ser conocida a través de varias de sus
obras; recomendamos, específicamente, su “Introducción al pensamiento complejo”.
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armada por el poder), en la ideología (subordinación de la información a
intereses ajenos a la ‘verdad’, manipulación de la opinión pública,
propaganda de conceptos de trasfondo violento y discriminador), en la
familia (autoritarismo, discriminación de la mujer, subordinación de los
hijos), en la enseñanza (pedagogías no liberadoras, autoritarismos
pedagógicos, castigos corporales, intransigencias, desobediencia
injustificada), en la cultura (etnocentrismo, racismo, xenofobia,
discriminación de género, androcentrismo, consumismo). Aunque la
violencia se institucionaliza socialmente, sólo en la historia ‘reciente’ de
la humanidad se fija como un modo de mantener el poder y la supremacía
de algunos grupos. (Jiménez, 2012, pp. 13-52)
4. Construcción social y cultural de la violencia en México
La violencia es una conducta aprendida social y culturalmente. Adquiere
matices complejos conforme se complejizan las propias relaciones sociales.
En un sistema de clases en permanente contradicción, como lo es el
capitalismo, la violencia es un medio que subyace en las relaciones de poder
y dominación, como ya lo hemos dicho.
La cultura como producto de la actividad humana es una de las dimensiones
de las que el poder se ha apropiado para enajenar a los seres humanos de la
realidad y de su propio ser. Todo lo que en la sociedad capitalista se discute,
se muestra, se elige y debe pensarse, es impuesto desde el poder como el
“demiurgo de lo real”. Es así como la dominación se impone a través del
espectro cultural vía sus “[…] espacios constitutivos como […] la Familia, el
Estado, la Iglesia, los partidos, la prensa, la influencia de las metrópolis, las
constituciones, la enseñanza primaria, la universidad, el cine, la radio, las
historietas, la televisión. […] una diversidad que unifica un proceso selectivo
donde el Estado tiene funciones determinantes: comprime, reduce, alisa”
(Monsiváis, 1981, pp. 33-52). Los impactos de esa dominación se
profundizarán a medida que se materializan en la vida cotidiana las ideas y
prácticas sociales e individuales que el poder establece.
En este contexto, el Estado como administrador del poder de clase,
promueve, a través de su aparato político-ideológico, las pautas culturales; da
forma y significado al consumismo y al aspiracionismo burgueses. Así, los
procesos que implican la interrelación social de las clases subyugadas en la
dinámica cotidiana, se irán modificando al punto de neutralizar su potencial
cultural emancipador y, quizá porque se ha impuesto sutilmente en todos los
ámbitos de la actividad humana; de modo que la violencia cultural desde el
poder ha sido aceptada por diversos sectores como la norma que rige las
relaciones sociales entre opresores y oprimidos. De esta forma, la
construcción social y cultural de la violencia se da a través de la asimilación
de conductas, sentidos comunes y valores que a la razón instrumental
capitalista convienen.
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Como ejemplo, podemos mencionar el mito de la guerra del Estado bueno
contra las bandas de narcotraficantes que asolaban al país, durante los
mandatos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto en México (2006-2018).
La propaganda ideológica sirvió para justificar el miedo y el terror, los toques
de queda, los estados de excepción y las terapias de shock económico contra
la población, mediante la desaparición forzada, la persecución política y el
asesinato de miles de personas, muchos de ellos “falsos positivos”,
2
propiciando con ello la imposición de reformas antihumanas de corte
neoliberal. En una idea: sobre la base de un problema social se construyó todo
un falso relato de la violencia, diseñado, financiado, promovido y ejecutado por
el Estado, sus aparatos político-ideológicos y sus fuerzas armadas, legales e
“ilegales”. Y no podríamos olvidar que en todo momento el Estado mexicano
contó con la aquiescencia y asesoría permanente de las agencias de
inteligencia militar norteamericanas, que fueron pieza clave en el diseño e
implementación de la estrategia examinada.
La construcción social y cultural de la violencia en México, erigida a partir
del mito de las bandas de narcotraficantes, siguió un patrón similar al de
Colombia, país en el que, durante la década de los 90 del siglo pasado, el
Estado impulsó una estrategia basada en el discurso ideológico
norteamericano del enemigo interno y del combate a las bandas de
narcotraficantes, motivando el despliegue de todo el aparato represivo a lo
largo y ancho del país; sin embargo, el caso colombiano demostró que la
estrategia siempre estuvo dirigida, desde un inicio, a combatir los grupos
guerrilleros y a generar una parálisis social a través de las terapias de shock
económico y político, con el objetivo de crear condiciones propicias para la
acumulación capitalista en la geografía colombiana y para afianzar la
presencia militar norteamericana en la región. Vistos de manera conjunta, en
ambos casos (colombiano y mexicano), la estrategia fue asesorada y
financiada por los mismos aparatos de inteligencia norteamericanos, detalle
que no es menor y que en sí mismo dice mucho.
A través del “Plan Colombia” y la “Iniciativa Mérida”, el gobierno
norteamericano entrenó y financió cuerpos militares en ambos países; al
mismo tiempo, llegó a ejecutar operaciones abiertas y encubiertas en franca
violación de esas soberanías nacionales y de los derechos humanos de sus
habitantes.
Sobre el mito de la guerra contra el crimen organizado, bandera ideológica
del Estado mexicano durante los gobiernos de Felipe Calderón y Peña Nieto,
es necesario apuntar que
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Para una comprensión de los falsos positivos recomendamos la lectura del texto: Teoría social del falso positivo:
manipulación y guerra, de Rojas Bolaños, O.E., Insuasty Rodríguez, A., Mesa Duque, N., Valencia Grajales, J.F. y
Zuluaga Cometa, H.A. Ediciones UNAULA.
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[…] en las esferas públicas de estas sociedades se [construyó] la imagen
de que el crimen organizado se [había] vuelto un peligro en aumento,
omnipresente y fuera de control, por lo que la única opción posible para
enfrentarlo con éxito [era] una política represiva (legislaciones penales
más duras, más cárceles, más policía y con mejores equipos, mayor
vigilancia de grupos de alto riesgo, menor tolerancia a la protesta social,
etcétera). De lo contrario, [bajo esa narrativa] el caos y la violencia
criminales imperarían. (Estrada, 2013, pp. 204-210)
En otras palabras, las guerras contra las drogas declaradas en México y por
todo el mundo, han ocultado una estrategia de dominación, sometimiento y
ejercicio del terror nacional y transnacional de Estado, pues “ante poblaciones
amedrentadas, las soluciones de ‘mano dura’ y los gestos grandilocuentes
resultan muy populares, aunque su eficacia sea, a largo y mediano plazos,
muy cuestionable” (Estrada, 2013, 204-210).
En el caso mexicano, lo que se diseñó como un discurso justificador de la
violencia del Estado, pronto se transformaría en una cruzada terrorista contra
la población; en no pocos casos, las fuerzas armadas coordinadas con grupos
paramilitares, actuaron contra sectores sociales críticos del poder, a quienes
se estigmatizó como violentos, terroristas y uno de los enemigos internos a
vencer. El asesinato y desaparición forzada de los 43 jóvenes estudiantes de
la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Guerrero, en el 2014, es
el ejemplo más significativo de estos dos periodos y la punta del iceberg de un
largo periodo de terror de Estado que ha oscilado, con diversa frecuencia e
intensidad, desde la década de los sesenta del siglo XX hasta el año 2014. En
ese contexto, las protestas magisteriales, sindicales y estudiantiles contra las
diversas reformas de corte burgués, fueron reprimidas con toda la fuerza del
Estado. A lo largo de amplios territorios y durante este periodo, los asesinatos
selectivos de dirigentes sociales, las desapariciones forzadas, la militarización
del territorio, además del ataque permanente y sistemático hacia la
organización comunitaria, no fueron la excepción sino la regla. Por otra parte,
los principales medios de comunicación subordinados al Estado actuaron
como verdaderos frentes de terrorismo mediático, promoviendo la
estigmatización de la lucha social y ubicando en el mismo rango a maestros,
sindicalistas, estudiantes, pueblos originarios, campesinos y narcotraficantes.
En México, la violencia se convirtió en el tema central de la agenda
gubernamental en el momento en que se decidió su criminalización, es
decir, cuando se utilizó la fuerza armada para su combate, identificando
al narcotráfico como la actividad ilegal principal que había causado
distorsiones en el ejercicio estatal respecto a su función de seguridad
pública, en el plano local y regional, habían desarrollado fuertes vínculos
con los negocios ilícitos del narcotráfico.
Por tal motivo, la prioridad del gobierno federal, al menos en el sexenio
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presidencial de Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012) [y extensivo al de
Peña Nieto (2012-2018)], fue la ‘recuperación’ del control de la seguridad
pública en los territorios que consideró que estaban en ‘manos’ de las
mafias de los estupefacientes, a través de la detención de los principales
participantes del negocio ilegal y el castigo a sus aliados, que se
desempeñaban en algún nivel de la autoridad y en los cuerpos policíacos.
[…]
El miedo y el temor, considerados como dos resultados subjetivos de
la violencia, en realidad han ayudado a generar una creencia colectiva de
que la vida y el patrimonio personal están amenazados ante la [supuesta]
incapacidad del Estado para controlar la expansión de las actividades
ilícitas, que posteriormente se podrían convertir en criminales. (Vite,
2015)
En la implementación de esta estrategia siempre hubo la intencionalidad de
construir una realidad ficticia que diera orden al comportamiento social. Por
“construcción social”, orientada desde una organización política estatal u otra
dotada de poder, aquí nos referimos a la forma en que las personas asignan
un significado al mundo, a partir de ciertas ideas que les son impuestas sin
necesariamente darse por enteradas.
Es así que, en la cultura nacional como complejo entramado de formas de
hacer y pensar, también se afianzaron temores, estereotipos, hábitos de
consumo, actitudes y prácticas dictadas desde el poder, como nea explicativa
a todos los problemas sociales.
En este contexto, bajo la llamada guerra contra el narcotráfico y la necesidad
de combatirlo para garantizar la “paz social” en México, se sustituyó el debate
sobre las causas de la violencia; a cambio, se implantó el relato de las bandas
criminales disputándose el control territorial con otras bandas y con el propio
Estado, en cuya difusión y recepción los medios de comunicación masivos
jugaron un papel clave (radio, prensa, televisión, redes sociales, etc.). La
actividad de estos medios se centró en la ficción y la distorsión de la vida
cotidiana. Su “oferta cultural” derivó en la explotación del morbo y la promoción
de una narrativa oficial, mostrando al Estado como protagonista y a las
llamadas organizaciones criminales como antagonistas: “Los buenos somos
más”, rezaba el lema del Estado en esta declarada guerra.
Al respecto,
[p]odrían señalarse otras formas de mistificación [de la violencia del
Estado]. Con todo […] en muchas de ellas habría una operación
semejante: el encubrimiento de un sentido claro por otro confuso […]. De
ahí que la ‘falsedad’ ideológica no sea un error cualquiera, sino un
encubrimiento o distorsión […]. (Villoro, 2023, p. 238)
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Recordemos, según el relato difundido, que la declaratoria oficial de guerra
del Estado contra los “malos” fue hecha en legítima defensa, pues estos
grupos significaban una amenaza contra la soberanía, las instituciones y la
vida pública. En una nación en la que, de acuerdo con datos del INEGI, solo
entre el 2007 y el 2012 el total de muertes violentas u homicidios fue de 121,
616, la distorsión de las prácticas y la percepción social en torno a la violencia
generó la creación de sentidos y opiniones comunes. Sin embargo, mientras
los relatos oficiales se apropiaban de los medios y del imaginario colectivo, “La
muerte y la acumulación […] se [entrelazaban] en territorios […] sembrados de
cuerpos. [pues] Las fronteras entre el crimen organizado, las empresas que
[operaban] en la legalidad y las instituciones del Estado se [difuminaban]” (De
Coss, 2015).
5. Terrorismo, Estado y fascismo en el siglo XXI
Al grito de “¿¡la vida o el capital!?” poderosos ejércitos de soldados y
contratistas, armados y amaestrados con lo último en tecnología bélica y las
“encíclicas” de Von Hayek-Friedman, desfilan sus botas y los fríos cálculos de
ganancia lo mismo por Irak, Siria, Afganistán, Libia, Palestina, o haciendo
antesala en Venezuela, bajo los eslóganes que siguen ya parte del imaginario
colectivo de nuestros tiempos: “Es necesaria una intervención humanitaria
para restablecer la democracia y el estado de derecho”; “urge una intervención
humanitaria para salvar al pueblo de la tiranía y el terror”, o, “se tiene que
eliminar todo aquello que atente contra nuestro estilo de vida y libertades”.
Este tipo de arengas proliferaron después del 11 de septiembre del 2001,
cuando el mundo fue testigo del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York,
acontecimiento que recrudeció la devastación imperial del mundo y que
significó, en ese entonces, el argumento perfecto asumido “por el […] equipo
de gobierno de Estados Unidos para desarrollar la doctrina de la seguridad
nacional sustentada en los conceptos de hegemonía mundial, guerra
preventiva y unilateralismo basado en la razón de la fuerza, que hoy inspiran
la política exterior -e interior- de la gran potencia estadunidense” (Fazio, 2012,
p. 11) y que ha puesto a la humanidad y a la naturaleza al borde del exterminio.
Como en una metáfora de la divina comedia, el gobierno de Estados Unidos
por ese entonces creo sus círculos del infierno y liberó a todos sus demonios
para castigar, declarando la lucha del bien contra el mal, en la que el bien la
encarnaron empresas transnacionales, alas conservadoras del clero, estados
cipayos y organismos financieros internacionales; el mal, todos aquellos
pueblos, organizaciones o países opuestos a sus planes expansionistas, a
quienes se les aplicó el adjetivo de “terroristas”, según lo que las leyes
estadounidenses dictaran y con las implicaciones que esto trajo: más guerras
de invasión; eliminación selectiva de objetivos que a juicio norteamericano
representaran un obstáculo para sus planes en cualquier país; terrorismo
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mediático, mediante lo cual, medios pro yanquis en todo el mundo se
encargaron de difundir noticias falsas que enaltecieron el “humanismo” de ese
país como vaca sagrada de la legalidad, la democracia, la libertad, el orden
mundial y más.
Lo que realmente sucedió fue que,
[…] después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados
Unidos y como resultado de la llamada ‘lucha contra el terrorismo’, se
globalizan las condiciones de excepción a partir de las cuales los
derechos civiles [fueron] virtualmente suspendidos para dar origen a
procesos de militarización, paramilitarización, control de fronteras,
aeropuertos, persecución de población emigrante con y sin documentos,
sobrevigilancia de la ciudadanía, […] detención de personas sin órdenes
de arresto, utilización masiva de la tortura, secuestro de personas y
traslado a prisiones clandestinas, cambios en los marcos jurídicos, como
la llamada ‘Ley Gestapo’, que en México, fue aprobada en diciembre del
2009, que en la práctica [podrían] ser aplicados a un amplio rango de
resistencias y disidentes políticos. (López, 2014, p. 11)
En otras palabras, el principal Estado terrorista en la historia de la
humanidad, escudado tras el discurso de la lucha contra el terrorismo mundial,
afianzó su cruzada utilizando para ello las s diversas y despiadadas formas
de violencia a un nivel nunca visto: el de una guerra compleja que combinó
todos los medios científico-técnicos, militares, industriales, políticos, legales,
culturales, ideológicos, económicos y mediáticos. Con el paso de los años,
pronto se comprobaría que la llamada “guerra contra el terrorismo”,
emprendida por la clase dominante norteamericana, no era más que un artificio
retórico tras el cual se ocultaban los verdaderos intereses imperiales y
geopolíticos. Después de los atentados del 11 de septiembre, muchos
analistas se plantearon los posibles escenarios de dicha cruzada, pero pocos
fueron los que se preguntaron: “¿Qué está preparando contra el mundo un
régimen que no se caracteriza precisamente por su inteligencia, sus
escrúpulos, ni por la fineza de sus maniobras?” (Almeyra, 2002). A raíz de esta
declaratoria, otros estados y burguesías afines a los intereses imperiales
norteamericanos decretaron sus propias guerras, a las que bautizaron como
“contra el crimen organizado”, que en los hechos han significado y dejado,
entre otras secuelas, torturas extrajudiciales, persecución y hostigamiento
contra disidentes, desapariciones forzadas, desplazamientos forzados y
crímenes de odio racial, mismas que reforzaron la política de estado de
excepción mundial decretada por gobiernos de los Estados Unidos.
El distractor de las “guerras contra el crimen organizado” apuntaló al
imperialismo norteamericano, su pretendida hegemonía sobre las áreas de
inversión de capital y el mercado de la fuerza de trabajo en su disputa
geopolítica contra China y Rusia. En toda esta trama, muchos Estados
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cumplieron y siguen cumpliendo su papel como apéndices del capital y como
“el orden que legaliza y afianza la opresión”, como en su momento lo
visualizaba Marx.
Así, la declaratoria de guerra contra el terrorismo fue el justificante perfecto
para el despliegue de todo el aparato represivo norteamericano contra los
pueblos del mundo, y, desde un inicio, se sustentaría en las más despiadadas
formas de violencia. Como en toda guerra, el objetivo era la destrucción del
enemigo por todos los medios posibles. La cruzada, promovida como un
esfuerzo extraordinario para liberar a la humanidad de las garras del
terrorismo, ha tenido de todo: establecimiento de cárceles clandestinas por el
mundo, asesinatos selectivos de dirigentes de países, invasiones, golpes de
Estado, además del saqueo de recursos estratégicos y otros bienes de la
naturaleza en los países invadidos.
A pesar de los discursos de la lucha por la libertad y las bondades de la
cruzada, esta se ha implementado a sangre y fuego. Se ha tratado, como lo
propone Valqui Cachi, y coincidiendo con Arizmendi, “[…] de una era
capitalista de barbaries, [en la que] prevalecen el terrorismo de Estado
(torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones expeditas), el genocidio,
inevitables tendencias fascistas, bestiales racismos, ecocidios, una boyante
industrialización de las guerras” (Valqui, 2024, p. 95).
Respecto a la guerra, Klauzewitz criticaba a quienes
[…] imaginaban que existe una manera artística de desarmar o derrotar
al adversario sin excesivo derramamiento de sangre, […]. Esta es una
concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que
pueda parecer. En asuntos tan peligrosos como la guerra, las ideas falsas
inspiradas en el sentimentalismo son precisamente las peores. Como el
uso ximo de la fuerza física no excluye en modo alguno la cooperación
de la inteligencia, el que usa esta fuerza con crueldad, sin retroceder ante
el derramamiento de sangre por grande que sea, obtiene una ventaja
ante el adversario, siempre que este no haga lo mismo. (Klauzewitz,
2015, p. 35)
Si bien el planteamiento de Klausewitz sobre la guerra no considera el
carácter de la lucha de clases, de este podemos retomar algunos elementos
que nos permiten comprender su magnitud e impactos: crueldad y uso del
terror con el fin de liquidar al enemigo.
Al unísono de la supuesta guerra contra el terrorismo resurgió con fuerza el
fascismo en el mundo. Bajo el corolario de una de las peores crisis que el
capitalismo haya experimentado en su historia, y con la guinda del desarrollo
de nuevas tecnologías para la guerra y el terror, el imperio norteamericano y
aliados se dispusieron a desplegar todas sus capacidades destructivas, contra
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los pueblos del mundo y contra sus potenciales contrincantes
interimperialistas. Coincidencia o no, el fascismo surge y resurge en las etapas
de crisis general del capitalismo. En otras palabras: en las crisis del sistema,
al agudizarse las contradicciones de clase, el orden burgués necesita de una
ideología que permita el sometimiento a través del terror y la fuerza del Estado,
pero que al mismo tiempo garantice la correlación de fuerzas en la lucha de
clases a favor de la burguesía. Es justo el carácter anticomunista, militarista y
terrorista del fascismo, la cualidad que lo distingue como ideología que
favorece la acumulación de capital en beneficio de las burguesías locales y
transnacionales.
Ejemplo de lo dicho son las expresiones de Jair Bolsonaro al presentar a su
nuevo partido durante la campaña política que lo llevó a la presidencia de
Brasil en el año 2019, con arengas para que “Nuestra bandera jamás sea roja”,
o sus expresiones de repudio al socialismo y al comunismo, lo cual no son en
ningún sentido sucesos aislados o sin sentido, sino parte de la nueva ola
fascistoide que recorre el mundo. De igual manera, Donald Trump, durante su
primer y segundo mandatos ha expresado en reiteradas ocasiones su abierta
inclinación anticomunista, al mismo tiempo que paradójicamente tiene
favorecimientos y teje alianzas acomodaticiamente con gobernantes del
ámbito exsoviético, China, Corea del Norte o de sectores cercanos a este
campo. Por ejemplo, en el 2017 declaró el 7 de noviembre como el Día
Nacional para las Víctimas del Comunismo, en ocasión del centenario de la
Revolución Bolchevique. citamente reconoció que el comunismo es un
desafío actual, no solo un hecho histórico. De igual manera, se posiciona con
inclinaciones favorecedoras que callan ante el genocidio cínico perpetrado por
el sionismo judío contra el pueblo palestino, transmitido en vivo y a todo color
por los medios de comunicación occidentales; la actualización del “Plan
Cóndor” para América Latina, con un Javier Milei en Argentina que se ha
erigido como símbolo de la ultraderecha mundial, o como en el caso reciente
de Perú, en donde según teleSUR (2025), José Jerí juramentó un gabinete
compuesto por figuras de ultraderecha tras asumir la presidencia de Perú,
después de un golpe de Estado contra otra golpista, Dina Boluarte.
En las condiciones actuales, una vía en la que se expresa el resurgir del
fascismo se relaciona con los propósitos del imperialismo norteamericano y
sus aliados para preservar y profundizar la dominación. Desde el 2001,
aumentaron el terror y la fascistización de sectores ligados a la llamada
ultraderecha en el mundo, principalmente en países históricamente
subyugados a los intereses norteamericanos; aunque no solo en éstos. La
dinámica del imperialismo con el auspicio de Estados cipayos aceleró la
violencia en el mundo, lo cual se expresa en el aumento del paramilitarismo,
los golpes de Estado y la represión de la protesta social bajo métodos crueles
de estados de excepción y toques de queda.
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Profundizando sobre el resurgir del fascismo, Luis Arizmendi reflexiona:
[…] el nazifascismo está lejos de constituir un episodio histórico aislado
externo al capitalismo y su poder. […] el entrecruzamiento del ‘progreso’
tecnoeconómico del capitalismo con una creciente devastación
desplegada mediante violencia político-destructiva, como una fuerza
implacable que conduce al Estado de Excepción como la ‘regla’, es decir,
como la tendencia epocal de nuestra era. […] cuando el neofascismo se
ha dotado de soporte transatlántico, en EU y Europa, avanzando no solo
hacia Ucrania y Europa del Este, sino también hacia el Sur, empezando
por Sudamérica, […] haciendo pedazos las ilusiones del siglo XX como
el Siglo del Progreso, conforman un duro desciframiento del Estado de
excepción y la barbarie moderna como tendencia epocal de la
mundialización capitalista. (Arizmendi, 2019, p. 11)
Asumimos que las conjeturas sobre la violencia sistémica necesariamente
tienen que articularse con un análisis de la complejidad capitalista vista como
totalidad. El terrorismo de Estado, en este sentido, no es un fenómeno aislado,
sino uno de los productos más elaborados de la violencia capitalista, del que
observamos sus verdaderos alcances cuando el sistema entra en sus agudas
y cíclicas crisis; tal como Arizmendi nos lo recuerda al afirmar que “Hasta ahora
las grandes crisis han operado históricamente como dispositivos esquizoides:
con ellas el capitalismo se desestabiliza pero siempre las usa como medios
para apuntalar su poder” (Arizmendi, 2011, p. 195). Desde ese encuadre,
represiones, exterminios, terrorismos sistémicos, pandemias, desapariciones
forzadas, torturas, guerras y devastación de la madre tierra han servido a este
fin.
En conclusión, el capitalismo y sus Estados, como órganos de dominación
y opresión de clase, han llevado la solución de las contradicciones al terreno
de la guerra, bajo seudónimos tales como “guerra contra el terrorismo”, “guerra
contra el narcotráfico”, “intervenciones humanitarias”, “guerras por la
democracia” u otros adjetivos que disfrazan toda una estrategia de dominación
mundial de clase.
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presidente-jose-jeri-juramenta-gabinete-ultraderecha-20251014-
0010.html
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