Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Cajamarca
ISSN: 3028-9890 (en línea)
Comunidad en plural para la sostenibilidad
a largo plazo: microcentrales hidroeléctricas
y sus acciones energéticas de base comunitaria
en las zonas rurales del Perú
Community in plural for long-term
sustainability: micro hydropower plants and
their energy communities in rural areas of
Peru
Hannah Plüss Quintanilla
Fernandez
Université de Fribourg,
Suiza
hannah.pluess@unifr.ch
ORCID: 0009-0008-3659-
5495
DOI:
https://doi.org/10.70467/acs.v
2n1.2
Recibido: 16 de septiembre de 2025
Aceptado: 17 de diciembre de 2025
Sección: Arculos
Cómo citar: Plüss Q.F., H. (2025).
Comunidad en plural para la
sostenibilidad a largo plazo:
microcentrales hidroeléctricas y
sus acciones energéticas de base
comunitaria en las zonas rurales
del Perú. Alternativas en Ciencias
Sociales, 2(1), 15-38.
Abstract. Community energy initiatives offer a promising path toward an
ecological, just, and sustainable transition. Yet the concept is often
simplified, weakening its transformative potential. Critical analyses focus
on recent projects while overlooking long-term sustainability. This article
addresses that gap by linking the idea of energy community to the
temporal durability of infrastructures, examining three micro-hydropower
plants in the Peruvian Andes. Based on ten months of fieldwork, it traces
how communities emerge, evolve, professionalize, or dissolve over three
to four decades. Findings highlight the need to move beyond a static
notion of “energy community. I propose a plural understanding: a
community of users directly affected, a community of care maintaining
infrastructure, and a community of interest involving locals, state actors,
and translocal NGOs. Overlapping, they form a complex social fabric. All
three are essential for the long-term sustainability of community energy
projects, challenging simplified views in current transition debates.
Keywords: energy community; community micro-hydropower plant;
temporal sustainability; community; rural electrification.
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Resumen. Las acciones energéticas comunitarias son una alternativa
prometedora para una transición ecológica, justa y sostenible. Sin
embargo, preocupa el uso simplista del concepto, que vacía su potencial
transformador. Los análisis críticos suelen centrarse en proyectos
recientes, descuidando su sostenibilidad temporal. Este artículo aborda esa
brecha al vincular la definición de comunidad de energía con la
sostenibilidad de sus infraestructuras, examinando tres microcentrales
hidroeléctricas en los Andes peruanos. Con base en 10 meses de trabajo
de campo, estudio cómo estas comunidades se forman, cambian, se
profesionalizan o diluyen a lo largo de tres a cuatro décadas. Los hallazgos
muestran la necesidad de superar la idea de una comunidad de energía”
única y estática. Propongo una comprensión plural: una comunidad de
usuarios afectados, una comunidad de cuidado que mantiene la
infraestructura y una comunidad de interés integrada por locales,
autoridades y ONGs translocales. Estas se solapan formando un tejido
social complejo. Sostengo que las tres son indispensables para la
sostenibilidad temporal de proyectos comunitarios, cuestionando así
visiones simplificadas en el debate sobre transiciones energéticas.
Palabras clave: comunidad de energía; microcentral hidroeléctrica
comunitaria; sostenibilidad temporal; comunidad; electrificación rural.
1. Introducción
La pregunta relativa a cómo definir comunidad en los proyectos que
asumen acciones energéticas de base comunitaria es una preocupación
desde que este concepto se discute como alternativa prometedora para la
transición energética (Walker y Devine-Wright, 2008). Tanto desde las
regiones pioneras en energía renovable sustentada en una acción
comunitaria en Europa como desde América Latina, en donde las
comunidades así referidas bajo el término comunidades de energía (energy
communities) tal vez no se denominan como tales, pero que en principio
fueron preexistentes a estos debates (Baigorrotegui y Chemes 2023), han
devenido en aportes de suma relevancia orientados a la conceptualización
del término.
Estos análisis se enfocan en su mayoría en proyectos de menos que 15
años de duración, ya que el concepto como idea transformadora surge en
los años 1970s (Walker y Devine-Wright 2008) y se incluye en las políticas
oficiales de estados e instituciones internacionales recién a principios del
siglo XXI. Así, con ello, lo que se deja de lado es la pregunta referida a la
sostenibilidad temporal de los proyectos de comunidades de energía.
No obstante, aun cuando el concepto como política pública es
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relativamente nuevo, la práctica de comunidades que producen energía en
pequeña escala para el beneficio local preexiste a estos debates. Vale la
pena, entonces, analizar la sostenibilidad temporal de estos proyectos. Las
comunidades que practican esta forma de producción energética en
muchos casos posiblemente no se autodenominan comunidades de
energía de forma explícita, como se alude con el término original en inglés:
energy community, pero aplican las visiones de este tipo de comunidades
en la práctica.
Al mismo tiempo, mientras que la literatura pertinente reconoce que el
concepto de comunidad tiene que ir más allá de un entendimiento
geográfico de cercanía (Campbell et al., 2016), supone que la comunidad
de energía, como aquella que participa de proyectos relativos a tareas
energéticas, existe en singular como si fuera una entidad unitaria, de
naturaleza monolítica y homogénea. En esta contribución quiero desafiar
esta concepción y proponer que, por el contrario, la “comunidad” en
proyectos de comunidades de energía mayormente no es una sola, sino
que se compone de varias comunidades. Estas se entrelazan y se apoyan,
pero también persiguen diferentes metas. Son, entonces, como lo
sustentaré con argumentos más razonados y lidos, comunidades en
plural.
El cuidadoso desentrañamiento no solamente de la composición de
estas comunidades, sino también de sus acciones, decisiones y las
influencias que ejercen sobre sus proyectos, es un ejercicio que ayudará a
explicar la historia de las infraestructuras que la rodean. También permite
entender cómo y por qué algunas instalaciones energéticas de base
comunitaria se mantienen por mucho tiempo, mientras que otras caen en
el abandono antes de acabar con su vida útil.
Las preguntas que guían a este texto son: ¿cómo se desarrollan y
distinguen las comunidades existentes alrededor de la labor desplegada
por microcentrales hidroeléctricas en las zonas rurales de Perú a lo largo
del tiempo? Y, ¿cómo influyen tales comunidades de energía en la
sostenibilidad temporal de esas infraestructuras, involucrándose directa o
indirectamente? En específico, mi análisis se enfoca en tres proyectos de
comunidades ligadas a acciones energéticas alrededor de microcentrales
hidroeléctricas en los Andes peruanos. Para responder a ello, me baso en
el material etnográfico recogido durante 10 meses de investigación de
campo con las comunidades que circundan sobre estos tres proyectos.
A continuación, exploro primero el panorama teórico alrededor del
concepto de comunidad en proyectos de energía de base comunitaria,
también llamadas más sintéticamente comunidades de energía. Después,
explico el contexto de la electrificación rural en el Perú. Seguidamente,
planteo una breve exposición de la metodología que se adoptó para este
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trabajo, además de que analizo con cierto detalle tres casos de
microcentrales hidroeléctricas de base comunitaria, situados en distintas
partes del Perú rural. Finalizo con una discusión de los resultados y una
breve conclusión en torno al estudio realizado.
2. El concepto de comunidad de energía (energy community)
La idea de la comunidad evoca cierta nostalgia de proximidad en un
mundo que gana complejidad y se expande mucho más allá del campo de
percepción personal (Delanty, 2018). Dicho concepto tiene una larga
historia de sentidos cambiantes dentro de marcos e ideologías distintas; lo
cual dificulta una definición clara y única (Walker & Devine-Wright, 2008:
497) y a su vez trae consigo la necesidad de un ejercicio de esclarecimiento
y decantamiento con respecto a ella. El uso del término en el contexto de
la electrificación descentralizada y la transición energética tiene su origen
en el activismo de tecnologías alternativas de los 1970s. Desde esta óptica,
“comunidad” evoca la idea de producir y usar energía localmente y en
pequeña escala (ibid.). Hoy en día, el impulso de las comunidades de
energía deriva de un proceso negociador que las concibe como antídotos
frente al extractivismo verde (Bauwens et al., 2022; Baigorrotegui y
Chemes, 2023). En general, el término “comunidad” tiene una connotación
positiva, en línea con la idea que los proyectos de comunidades de energía
traen consigo impactos locales beneficiosos. Pero, según Anna L. Berka y
Emily Creamer (2018), la connotación antes referida se basa más en
esperanzas y presunciones que en resultados de investigaciones y análisis
empíricos.
Sin embargo, hay un creciente número de publicaciones que enfocan
varios aspectos de las comunidades de energía. En general, pocas de
estas las entienden como proyectos de comunidades de energía solamente
a los que pertenecen parcialmente o por completo a la comunidad de
usuarios locales (Berka y Creamer, 2018). Más bien, Gordon Walker y
Patrick Devine-Wright (2008) encuentran en un análisis cualitativo de varios
casos en Inglaterra que, cuando sale a relucir una noción de “comunidad”,
esta se refiere en la mayoría de los casos a dos dimensiones no
directamente relacionadas con el estado legal de los proyectos: proceso y
resultado. La primera “considera que los proyectos comunitarios requieren
necesariamente un alto grado de participación de la población local en la
planificación, la puesta en marcha y, potencialmente, la gestión del
proyecto” (Walker y Devine-Wright, 2008, p. 498; la traducción es mía). La
segunda se centra en el resultado; específicamente busca dar cuenta sobre
de qué forma y a quién se distribuyen los beneficios producidos a partir de
la generación y distribución de energía eléctrica
Casi 20 años después, Bauwens et al. (2022) revisaron 183 definiciones
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de “comunidad de energía” y términos similares, llegando a la conclusión
que había un desplazamiento del sentido de “comunidad” como si se tratara
de un proceso orientado a la “comunidad” en términos de la escala
geográfica local en la que se sitúa. De modo que no sorprende que el uso
del término “comunidad” como demarcación geográfica de lo local domine
la literatura. Esto se asume así con la esperanza que la inclusión de
personas adyacentes a una infraestructura, ayude a evitar el extractivismo
energético que solo genera beneficios para actores situados espacialmente
en entornos lejanos, al mismo tiempo que deja una destrucción a nivel local.
El cuidado del medio ambiente inmediato va involucrado en la idea de una
transición energética justa, porque “la categoría de renovable sin más, no
asegura la inocuidad ni la ausencia de daños ambientales relevantes
(Baigorrotegui y Chemes, 2023, p. 6).
Al mismo tiempo, Campbell et al. (2016) critican que el concepto de
comunidad se equipara muy a la ligera a la escala local. Temen que en
específico proyectos de cooperación internacional manejan una definición
demasiado simplista del término. Sugieren a que “comunidad” como
escala local significa una entidad espacialmente delimitable que funciona
según normas predecibles; de modo que al proceder así ignoran las
relaciones complejas y específicas de cada lugar. Se corre, por último, el
riesgo de reproducir desigualdades de poder y estructuras jerárquicas.
Basándose en estudios de caso en Nepal y Nicaragua, Campbell et al.
(2016) proponen un entendimiento más complejo del término y distinguen
entre comunidad de interés y comunidad de práctica:
Las comunidades de práctica son colectividades en las que las
personas aprenden y aplican habilidades de importancia profesional
y reconocimiento social. […] En cambio, las comunidades de interés
pueden considerarse aquellas cuya atención y expresiones de interés
personales, comerciales e institucionales se centran en el problema
energético. (Campbell et al., 2016, p. 139; la traducción es mía)
Hay, entonces, un debate sobre la definición de “comunidad” cuyo
planteo y uso corresponde a los proyectos de comunidades de energía. Sin
embargo, quienes se alinean a esa orientación poco se preguntan sobre la
sostenibilidad temporal de estos proyectos, es decir, acerca de las
posibilidades de esas comunidades de energía para ser capaces de
mantener sus sistemas de energía con el paso de los años o décadas. Esto
es un asunto de relevancia remarcable, ya que es muy poco sostenible
construir una infraestructura cuya durabilidad queda reducida al corto
plazo.
Este vacío analítico también puede resultar de la concentración casi
única de esta literatura a proyectos de energía renovable comunitaria
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recientes en el Norte Global. Las comunidades energéticas de larga
existencia muchas veces no se toman en cuenta. Pero, por más que a
veces no se las llamaban como tales, hay comunidades de energía cuya
existencia precedía con mucho a estos debates (Baigorrotegui y Chemes,
2023). Se encuentran como prácticas de organización, cuidado, y ayuda
mutua, mayormente para mantener la vida en lugares lejos de las
infraestructuras del Estado. Ese es el caso de cooperativas leñeras, por
ejemplo, o, como veremos más adelante, de las comunidades que asumen
el mantenimiento de su propia central hidroeléctrica desde hace décadas.
De manera similar, la literatura actual sobre energía renovable
comunitaria se enfoca en su gran mayoría al Norte Global. Gloria
Baigorrotegui (2018, p. 218) rompe este patrón y adapta la tipología de
Walker y Devine-Wright (2008) al contexto latinoamericano donde las
sociedades marginadas tienen relaciones incuantificables, de poca
confianza y poco estables con sus instituciones, que viven con un fondo
“abigarrado”, como lo llama la autora. Para incluir estos lugares, añade a
las dimensiones de proceso y resultado una tercera dimensión: la
espacialidad socio-material. Con esto indica que un proyecto hidro-
energético puede depender y constituirse en un grupo de proyecto
espacialmente lejos. Pero este, por más que se encuentre lejos, contribuye
con tecnología y patentes a un funcionamiento positivo para la comunidad
local.
Baigorrotegui concluye que “las CEs latinoamericanas podrían
caracterizarse por mantener tensiones, ambigüedades, conflictos
específicos con sus instituciones” (2018, p. 207). Pero también son
alianzas estratégicas mediante las cuales las comunidades “renuevan […]
sus demandas tradicionales por la promoción de políticas públicas más
democratizadoras, y regulaciones más descentralizadas(Baigorrotegui y
Parker, 2018, p. 9). Este vivir con tensiones y resistencias múltiples hace
difícil que uno se encuentre ante una situación apacible o muy calmada en
torno a las infraestructuras comunitarias. Los acontecimientos
inesperados, los contextos políticos cambiantes y la sociedad de alta
fluctuación y movilidad, convierten a la continuidad más en un hecho
fortuito que en una decisión consciente (Baigorrotegui, 2018, p. 199).
Para entender a las comunidades de energía en este contexto
específico, totalmente alejado del Norte Global, hay que considerar el
marco histórico, legal y político en el que se sitúan. Por esto, a
continuación, se brinda un breve resumen de la historia y situación actual
de la electrificación rural en el Perú.
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3. La electrificación rural en Perú
Desde sus inicios, la electrificación en Perú dependió de la participación
de agentes económicos extranjeros y estaba vinculada a un proceso de
desarrollo industrial (Carrasco, 1989). Además, fueron en su mayoría
actores privados los que produjeron esa energía. Dadas estas
circunstancias, no sorprende que la electrificación rural o descentralizada
no se constituyera en una preocupación frecuente en el país, ya que es una
modalidad difícil de lograr y poco rentable (Ibídem). Entonces, para cubrir
este rubro, desde el comienzo estuvieron mayormente a cargo iniciativas
de autoproducción, muchas veces surgidas de las minas o haciendas. Fue
así cómo se logró la producción de energía eléctrica en las zonas rurales,
pero en gran medida esta se destinó al uso productivo sin servicio a las
casas aledañas.
Por tanto, hasta mediados del siglo XX, la electrificación rural como un
servicio público de uso doméstico era prácticamente inexistente. En 1972
se fundó la empresa estatal ELECTROPERU y, por primera vez, se llegó a
diseñar un plan de electrificación nacional. Para el área rural se tuvo en
cuenta la construcción de mini y micro centrales hidroeléctricas, pero la
meta de construir 800 de estas micro centrales aisladas, en menos de 20
años, resultó ser ambiciosa, no se llegó a cumplir (Carrasco, 1989).
En 1992 se optó por la privatización y restructuración del mercado
energético. El monopolio de ELECTRPOPERU quedó eliminado (Torero y
Pascó-Font, 2001), y el mercado de generación y transmisión eléctrica
pasó a estar en manos casi exclusivamente privadas (Ministerio de Energía
y Minas, 2025). Sin embargo, estos actores privados no mostraron mucho
interés en la distribución de energía eléctrica hacia las zonas rurales, ya
que se trataba de espacios donde se presentaba una mayor dispersión y
limitaciones para llevar a cabo tal electrificación, además de que la
población promedio carecía de los recursos necesarios para afrontar un
servicio de esa índole (Ardiles Villamonte, 2024), lo que le impedía que en
muchos casos pudiera pagar una tarifa que cubra los costos reales del
servicio (conversaciones personales, 2025). Esto condujo, por un lado, a
un vacío de provisión de energía en las zonas rurales en los años 1990s.
Por otra parte, esta falta de interés explica por qué hasta hoy en día el 43%
de las empresas distribuidoras siguen siendo del Estado (Ministerio de
Energía y Minas, 2025). Pero las empresas estatales cuentan con pocos
recursos económicos, y están obligadas a manejar un marco legal y político
poco flexible y con poca posibilidad para la innovación (Rocha Miranda,
2012).
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En la segunda mitad del siglo XX eran sobre todo organizaciones no
gubernamentales internacionales, como ITDG/Practical Action (Sánchez,
2007) o la GIZ con el Programa de minicentrales hidroeléctricas en el
Cuzco (Rodríguez, 1991), las que impulsaron la electrificación
descentralizada o con capacidad de cubrir zonas aisladas en el Perú rural,
pues, fue la cooperación internacional el sector que más se preocupó en
las últimas cuatro décadas por el derecho a la provisión de energía para
todos.
Fue recién en el siglo XXI que, con el fin de promover la electrificación
rural desde el Estado, se creó el Fondo de la Compensación Social
Eléctrica (FOSE). Se trataba de un subsidio pagado por los usuarios
urbanos y de alto consumo para los usuarios rurales con consumo mínimo.
En conjunto, este consumo se reparte mediante las empresas
distribuidoras que cuentan con concesión del Estado (Ley N.° 27510,
2001). El FOSE resulta clave para poder instalar y mantener la red eléctrica
en la zona rural, justamente por el difícil acceso a estos lugares y la
simultanea falta de recursos de sus habitantes.
Paralelamente a esta expansión de redes, otra ruta de impulso proviene
de una apuesta realizada con alianzas público-privadas con el fin de lograr
instalación masiva de paneles solares en los lugares más remotos del país
(Carrasco et al., 2025, p. 11). Según Carrasco et al. (2025), estos dos
esfuerzos tienen en común la asunción de un enfoque “de arriba hacia
abajo”; lo que implica que hay una mínima participación de las autoridades
o comunidades locales, de modo que se trata de un enfoque que, por lo
tanto, ha cambiado poco desde la mitad del último siglo.
En paralelo a las continuidades políticas y el giro tecnológico por parte
del Estado, la cooperación internacional quedó sometida al influjo de
fuertes cambios en la electrificación rural. Hoy en día hay poca iniciativa
para la construcción de micro centrales hidroeléctricas y, junto al Estado,
se promueve el uso masivo de paneles solares. Esto ocurrió, sobre todo,
porque el costo de esta tecnología bajó considerablemente
(conversaciones personales, 2025). Al mismo tiempo, cabe señalar que su
instalación no requiere de tanta coordinación comunitaria como la
construcción de una central hidroeléctrica. Ya que, por más que los
proyectos de comunidades de energía, orientados a involucrarse en
acciones con energía renovable, como la eólica, la solar o la micro
hidroeléctrica, enfrentan algunos problemas similares, sobre todo en lo
concerniente a la viabilidad a largo plazo (Etienne y Robert, 2024), el agua
hace una diferencia significativa, debido a que, en específico, es un recurso
con muchos otros usos, significados y prácticas implicados. En concreto,
esto convierte a las microcentrales hidroeléctricas necesariamente en
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proyectos con una mayor participación comunitaria (Love y Garwood,
2001). Por lo tanto, por los rasgos clave antes indicados, para una micro
central hidroeléctrica, la comunidad circundante es un pilar igual de
importante como lo es la propia tecnología (Barney, 2025, conversación
personal).
4. Metodología
A pesar de que la organización comunitaria en el Perú rural es de larga
data y extraordinaria importancia, esta se ha enfocado mayormente en el
riego y los cultivos de tierra. No obstante, incluso estas organizaciones más
tradicionales se encuentran actualmente en extinción, debido a que
predomina una apuesta por la individualización de pertenencias (Bennison,
2022). La electrificación doméstica, en cambio, es relativamente nueva en
estas zonas y en pocos casos se generó únicamente por iniciativa de los
propios pobladores.
Estas circunstancias explican por qué no existen muchas centrales
hidroeléctricas comunitarias que operen durante más de una década. Esta
situación se acentúa aún más en la actualidad, ya que las ONGs
internacionales privilegian los sistemas fotovoltaicos y consideran, en
muchos casos, a las centrales hidroeléctricas como proyectos del pasado
(Escobar, 2025; conversación personal). La búsqueda de centrales
hidroeléctricas comunitarias, por consiguiente, no resultó ser sencilla. Sin
embargo, logré visitar 15 centrales hidroeléctricas de pequeña escala en
todo el país, en contextos muy variados. Los tres casos presentados aquí
se seleccionaron, en primer lugar, por su cercanía a una concepción
estricta del manejo de energía de base comunitaria: es decir, estas
hidroeléctricas pertenecen a una entidad comunitaria, ya sea que se trate
de un comité comunitario, cooperativa o empresa de interés local; la
producción energética es de uso local; y, para el caso, son personas
cercanas al lugar, de procedencia y vivencia local, las que mantienen sus
instalaciones. En segundo lugar, me enfoqué en los proyectos de más larga
duración, con un mínimo de 30 años de operación.
Tras este proceso de selección, me desplacé durante los 10 meses de
investigación de campo entre los tres lugares. Pasé más tiempo en Chacas,
dado que esta empresa constituye la institución más antigua, grande y
compleja. No obstante, también visité de manera regular la Granja Porcón
y Chugur. En principio, acompañé como observadora participante a los
técnicos, la administración y otros miembros de las comunidades que
mantienen a la central y el sistema eléctrico en sus quehaceres cotidianos.
A partir de ello, conduje 22 entrevistas semiestructuradas con técnicos,
personal de administración y los presidentes del comité o de las
instituciones vinculadas a las centrales hidroeléctricas. Asimismo,
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conversé con autoridades locales, regionales y nacionales, miembros de
ONGs y otros expertos en electrificación rural. Analicé documentos
pertinentes tales como la documentación legal de las instalaciones,
reportes de ONGs y la producción audiovisual de las propias comunidades.
El análisis que sigue se basa en la codificación de estos datos mediante el
software MaxQDA.
5. Hidroeléctricas comunitarias en el Perú rural: historias de extensión,
continuidad y deterioro
En el cambiante y abigarrado panorama energético rural del Perú,
caracterizado por una escasa presencia estatal y prácticamente nulos
intereses de inversionistas privados, se ha desarrollado una variedad de
iniciativas de electrificación rural mediante pequeñas centrales
hidroeléctricas. De hecho, estas aparecían en zonas rurales desde
comienzos del siglo XX por iniciativa de los hacendados más prósperos,
quienes buscaban la energía para usos productivos como la molienda, el
procesamiento de caña y el despulpado del café, entre otros. Sin embargo,
muchas de estas iniciativas fueron abandonadas en las últimas cinco
décadas. En el caso de las hidroeléctricas para uso productivo, ello se dio
debido a que la generación de energía mediante centrales térmicas
resultaba más económica (Carrasco, 1989). Mientras en el caso de las
hidroeléctricas de uso doméstico comunitario, tal impulso provino de la
propia intervención estatal y la expansión del SEIN, como se verá en
adelante con mayor detalle.
Los tres ejemplos de microcentrales hidroeléctricas comunitarias
analizados aquí representan, en este sentido, excepciones notables. No
obstante, mientras que todos comenzaron como centrales aisladas para el
uso local, su desarrollo subsecuente ha sido sumamente distinto, hasta el
punto de que en la actualidad estos proyectos no comparten muchos
aspectos en común. La cuidadosa reconstrucción de la formación y el
desarrollo de las comunidades que construyeron y mantienen las
instalaciones hasta hoy contribuye a comprender su trayectoria y ofrece
algunas pautas sobre la sostenibilidad temporal de los proyectos de
energía de base comunitaria.
5.1. Extensión: el caso de las microcentrales hidroeléctricas de
Chacas (Ancash)
El caso de las microcentrales hidroeléctricas en Chacas, Provincia de
Asunción, Departamento de Ancash, comienza en el año 1970, con la
donación de dos microcentrales hidroeléctricas para 300 usuarios y
culmina en la fundación de la Empresa de Interés Local Hidroeléctrica de
Chacas S.A. (EILHICHA). Esta empresa, con concesión formal para la
distribución de energía eléctrica, cuenta actualmente con
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aproximadamente 8000 usuarios y 25 trabajadores permanentes en dos
oficinas.
Aunque la energía hidroeléctrica llegó a la ciudad de Chacas en la
década de 1920 -incluso mucho antes que a Huaraz, la capital
departamental de Ancash-, tal adopción ocurrió más bien por iniciativa
propia de un poblador que trabajaba en una mina cercana a una central
hidroeléctrica de uso productivo. Este poblador quiso instalar el mismo
sistema en el pueblo para uso doméstico y construyó una microcentral
hidroeléctrica que abasteció a Chacas con energía eléctrica durante
aproximadamente 20 años. La instalación se abandonó con la muerte del
poblador.
Chacas, entonces, se quedó sin luz eléctrica, como toda la zona, durante
los próximos 30 años. Tras el gran terremoto de 1970, varias instituciones
internacionales de índole caritativa apoyaron al lugar. Así llegó en 1974 una
delegación luterana a Chacas y donó dos microcentrales hidroeléctricas de
63 kilovatios (kW) cada una. Estas dieron luz a Chacas, a Jambón (un
centro poblado a 5 kilómetros de Chacas, lugar donde se encuentran las
instalaciones hidroeléctricas), a San Luis (capital provincial de la provincia
Carlos Fermín Fitzcarrald, aledaña a Asunción) y a Acochaca (centro
poblado entre Chacas y San Luis). Sin embargo, las centrales eran poco
eficientes, ya que el canal para abastecer la instalación se construyó en
tiempo de lluvia sin considerar que en época de estiaje se redujera
considerablemente el flujo de agua del río. Por esta razón, en dichos meses
faltaba agua para el funcionamiento de las máquinas. Entonces, fue
solamente la mitad del año que el pueblo contó con energía fiable. Además,
la capacidad que tenía no abastecía a todos los usuarios, así que se daba
luz una noche a Chacas y Jambón, y en la noche siguiente a San Luis y
Acochaca.
Los luteranos entregaron estas instalaciones a la comunidad. Para su
administración se formaron dos comités: uno para Chacas y Jambón, el
otro para San Luis y Acochaca. El costo de la energía se calculó por foco,
una tarifa única muy reducida. Por ello, después de un incendio en la casa
de máquinas, los comités no disponían de capital para pagar la
restauración de la central. Además, se necesitaba de manera urgente
construir un canal que abasteciera la central hidroeléctrica con agua de otro
río para poder operar todo el año.
Aproximadamente en 1985, en una de las reuniones para decidir sobre
el destino de la instalación, también participó el padre Ugo de Censi, un
joven misionero salesiano que había llegado a Chacas en 1976. Él ofreció
su apoyo, preguntando: “¿Para qué hacer un canal pequeño? Hay que
hacer uno grande”, teniendo la visión de poder conectar en el futuro una
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central hidroeléctrica con más potencia. Los pobladores entonces pidieron
que el Padre se hiciera cargo de las instalaciones; él aceptó. Según un
poblador que actualmente trabaja para la empresa EILHICHA, esta
decisión no generó mucha discusión. La comunidad de usuarios y
cuidadores, todavía muy pequeña, estuvo de acuerdo en que la
administración pasara a la Parroquia, ya que era la manera más segura de
mantener las instalaciones.
Así se comenzó en 1987, bajo la responsabilidad del padre Ugo, a
construir un canal sobredimensionado. No obstante, se avanzó muy
lentamente, ya que había solamente entre 12 y 14 personas trabajando en
el canal. Entonces, se invitó a los pueblos aledaños a realizar faenas para
contar con más fuerza humana, recompensando a estas comunidades con
un año de energía eléctrica gratuita. Una vez concluido el canal, el
sacerdote mencionado consiguió que el Instituto Latinoamericano (ILA)
donara dos turbinas hidroeléctricas: la primera en 1992 con 320 kW de
potencia, y la segunda en 1996, también con 320 kW. A pesar de que las
instalaciones ya se habían adaptado para generar energía eléctrica todo el
año, las máquinas donadas presentaban fallas frecuentes. Esto representó
un problema debido a que la Parroquia construyó el hospital de Chacas y
se abrieron cooperativas de carpintería y artesanía para brindar educación
y trabajo a los jóvenes de la zona. En este sentido, aumentó la demanda
de energía eléctrica fiable.
Por esta razón, se siguió buscando mejores soluciones mediante el
apoyo de ingenieros italianos voluntarios que consiguieron una turbina de
918 kW (de segunda mano) de una empresa que producía turbinas para
ENEL en Italia. Los trabajadores italianos retirados recuperaron,
modernizaron y enviaron esta turbina a Perú de manera voluntaria. Con
esta turbina se inauguró una segunda localidad para la producción
hidroeléctrica en el valle llamado Collo, aproximadamente a 6 kilómetros
de distancia de Chacas.
Al conocer que la Parroquia brindaba energía, las comunidades s
lejanas de la región se dirigieron al padre Ugo preguntándole por qué los
pueblos alrededor de Chacas y San Luis tenían luz, pero ellos no contaban
con dicho servicio. El padre no quiso ignorar estas demandas. Entonces,
los voluntarios y trabajadores de la Parroquia, junto con voluntarios de
Italia, construyeron nuevas líneas de media tensión para conectar estas
localidades. Al ver este esfuerzo, otros municipios de la zona construyeron
líneas de baja tensión en sus localidades para finalizar la conexión de más
pueblos y caseríos, y pidieron a la Parroquia que las gestionara y
mantuviera. Así se llegó paulatinamente a la inclusión de más usuarios. A
comienzos del siglo XXI, EILHICHA ya contaba con más de 1000 usuarios.
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Al mismo tiempo, bajo el liderazgo del padre Ugo, la Parroquia también
supo aplicar las leyes y normas nacionales para el beneficio de la
electrificación descentralizada. El ejemplo s emblemático de esta
habilidad es la fundación de la Empresa de Interés Local Hidroeléctrica de
Chacas (EILHICHA). La figura legal de la Empresa de Interés Local para la
electrificación rural se menciona en la Ley General de Electricidad de 1982,
pero perdió vigencia con su modificación en 2009. En 1989, cuatro años
antes de la formación de EILHICHA, Carrasco (1989, p. 86) menciona en
su análisis que la figura de la Empresa de Interés Local ofrecería buenas
posibilidades para la electrificación descentralizada de áreas rurales en
Perú, pero en la práctica [empresas así] no existen. En 1993, cuatro años
después de esta observación, las autoridades llamaron la atención al
respecto y exigieron que la Parroquia no podía seguir operando como
proveedor eléctrico de la región sin formalizarse. Entonces, se aprovechó
esta figura legal y se fundó EILHICHA, una de las muy pocas empresas de
este tipo y posiblemente la única que existe hasta la actualidad.
Desde entonces, el proyecto de electrificación parroquial se independizó
y profesionalizó. Se formalizaron los procesos de trabajo, plazos de pago y
operaciones generales, frecuentemente no tanto por voluntad propia, sino
porque OSINERGMIN obliga a EILHICHA, como concesionaria oficial, a
hacerlo. Los encargados de la empresa en algunos casos encuentran las
normas de OSINERGMIN poco comprensibles. Como concesionaria oficial,
EILHICHA recibe el FOSE para los consumidores mínimos, que
representan casi dos tercios de sus clientes. Además, siguiendo el fin social
y caritativo de la misión parroquial, se brinda un descuento adicional del
30% sobre los precios implementados por OSINERGMIN para los usuarios
de consumo mediano.
Actualmente, EILHICHA cuenta con aproximadamente 8000 usuarios.
Sumando técnicos, operadores de las centrales y personal administrativo,
cuenta con 25 empleados y la ayuda constante de dos o tres voluntarios
italianos. La Parroquia es dueña legal de las máquinas que EILHICHA
administra. Lo mismo aplica para una gran parte de las líneas de baja y
media tensión, aunque todavía una porción de esta red pertenece al
Estado.
5.2. Continuidad: el caso de la Granja Porcón (Cajamarca)
En un mundo que se está desplazando hacia la deriva debido, entre
otros factores, al paradigma del crecimiento, la continuidad debería
entenderse no como fracaso, sino como alternativa. En este sentido, las
microcentrales que pertenecen a la Cooperativa Atahualpa de Jerusalén en
la Granja Porcón muestran cómo una infraestructura mantiene su utilidad
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e importancia a lo largo del tiempo.
La cooperativa se fundó en 1972, a partir de la entrega de terrenos que
el Estado expropió de una empresa, también estatal, de producción láctea.
Desde su fundación fue una cooperativa expresamente evangélica.
Continuó con la producción láctea, pero también se dedicó a la
reforestación para el negocio de la madera. Esto se debe a que, según el
primer presidente de la cooperativa, Alejandro Quispe, en la Biblia está
escrito que en el desierto se plantarán cipreses y pinos.
Como prácticamente toda la región de Cajamarca, la Granja Porcón no
contaba con energía eléctrica. Por esta razón, la cooperativa decidió en
1990 instalar microcentrales hidroeléctricas, en primera instancia para el
uso productivo de carpintería. Para ello buscó la ayuda de la ONG inglesa
ITDG, hoy Practical Action, que se dedicaba desde la década de 1990 a la
construcción de microcentrales hidroeléctricas comunitarias en el
departamento de Cajamarca. En los siguientes diez años se instalaron en
total tres microcentrales: dos en la Granja Porcón, el centro de la
cooperativa, y otra a 1,5 kilómetros río abajo en el caserío El Tinte. Para la
ONG, esta cooperación representaba una gran oportunidad, según Alfonso
Carrasco, encargado del proyecto de ITDG en aquel entonces, ya que la
Cooperativa es un actor con gran capacidad organizativa, conocida en la
región, y sus instalaciones hidroeléctricas servían como vitrina para
demostrar a otras comunidades las posibilidades que brinda esta forma de
generar energía.
En la década de 2000, la empresa distribuidora estatal Hidrandina hizo
un contrato con el operador de la mina Yanacocha, aledaña a la
Cooperativa, para el suministro de energía de aquella. Como parte de la
expansión de esta red se incluyó el pueblo de la Granja Porcón. Las
primeras dos microcentrales, antes destinadas al uso productivo y
doméstico, sirvieron en adelante exclusivamente para el uso productivo.
Actualmente, ambas están mayormente apagadas. Sin embargo, se sigue
cuidando las máquinas, ya que se utilizan en caso de apagones y existen
planes para su rehabilitación, principalmente para ahorrar los gastos de
energía en los usos productivos.
La tercera microcentral, ubicada en El Tinte, sigue operando. Esto es
muy importante, ya que hace funcionar una máquina ordeñadora y la
enfriadora para la producción láctea aledaña. Las seis mujeres a cargo del
establo ordeñan con la ayuda de la máquina aproximadamente 80 vacas
dos veces al día. Las dos operadoras a cargo de la microcentral son,
también, ordeñadoras de la cooperativa. Van media hora antes del ordeño
de las 3 de la tarde a encender la máquina. Después la apagan, aunque a
veces también la dejan encendida para el ordeño de la madrugada. Las
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operadoras tienen, según su percepción personal, un conocimiento muy
reducido de la máquina. Si la alarma instalada suena y “la luz chilla”, como
lo describen, controlan en la cámara de carga si se ha estancado el agua.
Después llaman al técnico encargado de la cooperativa, quien me explica
que posee conocimientos sobre algunos aspectos de la máquina, pero en
casos complicados solicita a la Cooperativa llamar a un cnico que llega
de afuera, normalmente de Lima, para revisar los problemas que se
presenten.
La central en El Tinte está en buen estado y, según el encargado técnico,
la Cooperativa planea mantenerla operando el mayor tiempo posible. La
razón por la cual, según la cooperativa, se mantiene esta máquina es
porque se alcanza una mayor eficiencia con la quina ordeñadora
electrónica. Sin embargo, conversando con las ordeñadoras que trabajan
en la Cooperativa desde hace décadas, resulta que la máquina también
trae un alivio muy importante para las manos de las ordeñadoras. El ordeño
manual es doloroso y puede traer como consecuencia -en la vejez- artritis.
La ordeñadora eléctrica mejora, entonces, la salud de las mujeres en la
zona.
A diferencia de Granja Porcón -el pueblo más grande en los terrenos de
la cooperativa-, en El Tinte no hay energía eléctrica del SEIN. Algunas
casas utilizan paneles solares. No obstante, hay también aproximadamente
diez casas conectadas a la microcentral que aprovechan la energía para
su uso doméstico. No todos estos pobladores están contentos de no
disponer de energía eléctrica 24 horas al día, y otros desean que se
expanda la red hasta sus casas aledañas que actualmente no cuentan con
energía eléctrica. Confrontado con el reclamo, el encargado cnico de la
Cooperativa indica que no es posible expandir la red o dejar operar la
microcentral por más horas debido a la falta de agua en la zona. Entonces,
para el uso doméstico en la zona, la Cooperativa apuesta a la pronta
expansión del SEIN.
5.3. Deterioro: el caso de la microcentral hidroeléctrica de Chugur
(Cajamarca)
Mantener una infraestructura tan compleja como una central
hidroeléctrica no es fácil, por más pequeña que sea. Como se ha expuesto
anteriormente, las circunstancias nacionales tienden a ser adversas a la
electrificación descentralizada, y en muchos casos las comunidades
cuentan con escaso presupuesto y conocimientos técnicos, y no hay
personal profesional que se ocupe de la infraestructura. Así, todo
mantenimiento es asunto comunitario y puede llevar a una falta de fiabilidad
del servicio.
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Al mismo tiempo, en lugares rurales sin ser tan remotos del Perú, se dio
en los últimos 25 años frecuentemente la posibilidad de conectarse al
SEIN, ya que el Estado sigue persiguiendo una estrategia de expansión de
la red nacional. Debido a la poca fiabilidad de las centrales hidroeléctricas
comunitarias, muchas comunidades deciden acoplarse a la red nacional.
Esta es una de las razones principales por las cuales muchas de las
microcentrales construidas por ITDG en Cajamarca ya no están operando.
La historia de la microcentral hidroeléctrica en Chugur, Cajamarca, es
emblemática en este sentido, pero también única, porque, a diferencia de
otros sitios, actualmente estos sistemas funcionan en paralelo.
La microcentral se instaló en 1993, con la gestión de dos alcaldes: uno
que adquirió la máquina sin instalarla, y su sucesora que terminó la
instalación. La obra se construyó contratando una empresa privada y con
el trabajo remunerado de algunos pobladores de la zona. Al terminar los
trabajos, se entregó la central a un comité de la comunidad.
La microcentral hidroeléctrica cuenta con un operador que llegó en 1995
para trabajar como guardián y se quedó como operador único hasta la
actualidad. Se capacitó en el lugar mismo con varios ingenieros que en
algún momento apoyaron en la instalación o el mantenimiento. De hecho,
el operador vive en la casa de máquinas con su familia hasta la actualidad.
Desde 1995, la microcentral abastece al pueblo de Chugur y
aproximadamente a seis caseríos aledaños con energía eléctrica. La red
eléctrica para el centro de Chugur la construyó una empresa privada. Los
caseríos, en cambio, tuvieron que construir sus líneas en trabajo
comunitario para acoplarse a la red. Primero, los usuarios pagaban una
cuota única. En 1998, aproximadamente, con la ayuda de ITDG se
instalaron medidores y se pasó a una tarifa dependiente del consumo. En
su expansión máxima en 2010, la red que se abastecía de la microcentral
hidroeléctrica contaba con 373 usuarios.
Según los recuerdos de los pobladores, el servicio de la central
hidroeléctrica era poco fiable, con apagones regulares. Sobre todo, justo
en época de estiaje, cuando se celebra la fiesta patronal de Chugur, se
apagaba con frecuencia debido a la falta de agua. Esto es más grave aún
porque estas fiestas son de gran importancia en los pueblos andinos.
Además, como indica el actual alcalde de Chugur, no había personal
técnico para el mantenimiento. Esto significaba que los mismos pobladores
tenían que salir a reparar sus instalaciones.
Esta era la situación en el año 2007, cuando se presentó la posibilidad
para el pueblo y los caseríos aledaños de conectarse al SEIN bajo
responsabilidad de la empresa distribuidora Electronorte. El alcalde que
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gestionó este proceso comenta que al comienzo se señaló el interés por
parte de Electronorte de conectar la microcentral hidroeléctrica al SEIN y
así seguir generando energía en la zona. Por razones desconocidas, esta
idea nunca se implementó en la práctica.
No obstante, sí se procedió con la ampliación de la red y se desconectó
al pueblo de Chugur de la microcentral. Sin embargo, en muchos caseríos,
Electronorte encontró resistencia de los pobladores al querer bajar las
líneas de la microcentral. El argumento central era que la comunidad
misma había construido estas líneas y por esto Electronorte no podía
bajarlas así no más. Por esta razón, varios caseríos cuentan actualmente
con dos conexiones eléctricas: una con el SEIN, la otra con la microcentral.
A pesar de esta resistencia puntual, el comité de la microcentral
hidroeléctrica podía prever que la desconexión de grandes porciones de
los usuarios haría difícil mantener la microcentral. Por lo tanto, se hizo una
reunión en la cual el comité decidió retirarse. El actual presidente explica
que en ese mismo momento él decidió hacerse cargo del comité para no
dejar morir por completo la infraestructura. Con los usuarios restantes
decidieron cambiar el modelo de pago a una cuota única, primero de 15
soles, y en estos años elevándola a 20 soles por falta de solvencia para el
mantenimiento de la infraestructura.
En ese momento la central se salvó de ser apagada. Con los
aproximadamente 30 usuarios restantes y una cuota única de 20 soles, no
se pueden cubrir los gastos, ni siquiera para el operador, y mucho menos
para el reemplazo urgente de los tubos oxidados. Entonces, la microcentral
está en grave peligro, con fallas muy frecuentes y un futuro incierto. Al
mismo tiempo, si el comité devolviera la microcentral a la municipalidad,
como pide el protocolo, esta tendría que invertir recursos considerables
para la reinstalación del estado natural del río y el terreno previos a la
construcción de la microcentral hidroeléctrica. Así, probablemente, la
infraestructura seguirá por más tiempo en una situación incierta, sin
recuperación, pero tampoco con abandono completo.
Dado que los sistemas funcionan en paralelo, hay dos narrativas muy
distintas sobre la situación en la comunidad: mientras que algunos se
lamentan sobre la pérdida de la microcentral, otros están mucho más
contentos con el servicio del SEIN. La gente que no está involucrada
emocionalmente con los sistemas, la generación más joven, por ejemplo,
se guía por dos variables: costo y fiabilidad. Es decir, quieren un servicio
de energía eléctrica fiable al menor precio. Como demuestra una encuesta
informal en la zona, la respuesta más frecuente es que el servicio ahora es
mejor porque es más barato y fiable, o bien al revés, que el servicio de la
microcentral era preferible ya que era menos costoso y el SEIN igual falla
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frecuentemente.
5.4. Una visión de conjunto: comunidades de usuarios, cuidado e
interés
En los casos expuestos aquí, las definiciones de comunidad en
proyectos de comunidades de energía, según la literatura pertinente, se
reflejan y a la vez se exceden estas demarcaciones. El elemento
comunitario se nota claramente en la expansión geográfica: las
infraestructuras mantenidas por la comunidad local son para el uso y
beneficio de la misma. El proceso de toma de decisiones ha sido
democrático y anclado en lo local en algunos momentos; en otros,
instituciones como la Parroquia o el Municipio se hicieron cargo y tomaron
decisiones acerca de las infraestructuras sin consultar a la comunidad en
conjunto. En cuanto al resultado, este también beneficia mayormente a las
comunidades aledañas a las microcentrales hidroeléctricas, ya que las
abastecen con energía eléctrica. En Chacas y Chugur, siguiendo la
propuesta de Campbell et al. (2016), también se puede distinguir la
comunidad de práctica y de interés. Al mismo tiempo, estas comunidades
de práctica cuentan con nivel de afecto e involucramiento personal más allá
de lo profesional. Por lo tanto, sugiero definir estas comunidades más bien
como comunidades de cuidado.
Sin embargo, un propósito de esta publicación es ir más allá de estas
definiciones. Las preguntas por responder con este análisis son las
siguientes: ¿cómo se desarrollan y distinguen las comunidades alrededor
de microcentrales hidroeléctricas en diferentes zonas rurales del Perú a lo
largo del tiempo? Y, ¿cómo influyen estas comunidades en la sostenibilidad
temporal de las infraestructuras que las rodean?
Respondiendo a la primera pregunta, se pueden trazar tres desarrollos
sumamente distintos: en el primer caso de expansión en Chacas hay
actualmente una comunidad de usuarios locales que ve la energía eléctrica
como un servicio. Vienen a pagar sus cuentas, a veces se quejan de fallas
o de los costos que les parecen muy altos, pero además no se involucran
con la organización. Inclusive cabe preguntarse aquí hasta qué punto se
convierten en comunidad quienes aprovechan la misma fuente energética.
Del mantenimiento en todo el sentido de la palabra -desde las
reparaciones cotidianas y la expansión de las líneas hasta el cobro del
consumo y decisiones estratégicas clave- se encarga EILHICHA, formando
así la comunidad de cuidado. Está localmente anclada, con trabajadores
de los pueblos aledaños que hablan la variedad local del quechua y con
base en ello pueden conversar bien con todos los usuarios. Conocen los
pueblos y, con pocas referencias geográficas, se orientan cuando hay que
saber dónde se encuentra una falla, por ejemplo. También tienen muchos
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lazos personales con los usuarios; casi siempre conocen algún familiar que
puede ayudar para contactar a la persona en caso de que ocurran
problemas o surjan deudas, antes de que se tenga que cortar la luz, por
ejemplo. En este sentido, EILHICHA sigue siendo una empresa que trabaja
para la comunidad, por más que se formalizó y privatizó, y actualmente no
cuenta con procesos democráticos para la toma de decisiones.
La comunidad de interés, formada mayormente por la Parroquia católica
y sus aliados, ve la hidroenergía como un remedio para mantener un
sistema caritativo mucho más amplio. Necesitan, por un lado, de la energía
eléctrica para los talleres de arte, carpintería y tejidos, y para el Hospital
Parroquial. Aunque, por otro lado, la energía eléctrica como servicio de
infraestructura se ha vuelto un fin en mismo, reemplazando así el servicio
faltante o a veces hasta inexistente que brindaría el Estado.
Es una comunidad de interés con un claro fin caritativo -el mejoramiento
de la vida en la zona-, conexiones internacionales fuertes, mayormente en
Italia, y una relación en igualdad de condiciones con el Estado. El Padre
actual de la Parroquia describe a la Iglesia católica como una institución
que negocia con el Estado peruano como si fuera otro Estado, es decir, en
términos iguales. Maneja sus pertenencias en función de la misión, y en
esto convive con el Estado de manera distante pero pacífica. De hecho, el
municipio tiene hasta la actualidad el 5% de las acciones de la empresa
eléctrica. Es una participación muy reducida ya que las instalaciones fueron
conseguidas y construidas por la Parroquia. Así, la comunidad de interés
no necesita ni cuenta con el apoyo de un Estado frágil y ausente.
Son, entonces, tres comunidades claramente distinguibles que rodean
las centrales hidroeléctricas en Chacas: una comunidad de usuarios que
aprovecha el servicio, una comunidad de cuidado que trabaja en el
proyecto de forma remunerada y voluntaria con amplios conocimientos de
las infraestructuras y los usuarios, y una comunidad de interés que tiene
como fin explícito mantener la infraestructura en la zona. Esta última se
desarrolló como impulsor principal para la producción eléctrica local, en
principio, mediante la intervención de un actor que dispone de recursos
humanos y económicos, conexiones internacionales y cierto poder frente
al Estado.
En el caso de la continuidad tal como ocurriría en la Granja Porcón, la
comunidad de usuarios y la de cuidado se fusionan en una sola condición
de prosumidoras (productoras y consumidoras al mismo tiempo). Las
mujeres que cuidan la microcentral hidroeléctrica son también las que
necesitan la energía eléctrica en su trabajo y las que más sienten las
consecuencias cuando se presenta una falla.
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La comunidad de interés está formada por la cooperativa en alianza
esporádica con actores exteriores como ONGs o el Estado. Está a cargo
de la toma de decisiones y dispone, en principio, como cooperativa, de
procesos democráticos para la toma de decisiones, incluyendo así las
necesidades y demandas de la comunidad del cuidado. Así se asegura
también la persistencia de la infraestructura. Este actor, que dispone de
recursos económicos y humanos y de una autonomía frente al Estado, se
encarga también de mantener la infraestructura. Los liderazgos
mayormente masculinos de la cooperativa ven en la microcentral
hidroeléctrica sobre todo un beneficio económico, ya que aporta energía
más económica a la producción, pero un cuidadoso enfoque en la
comunidad de prosumidoras revela que esta máquina tiene una
importancia que va más allá de aquel rasgo material.
En Chugur, el caso de decaimiento, la comunidad de usuarios antes
numerosa se ha diluido por la intervención estatal, y la expansión del SEIN
propone una alternativa. En su momento, comunidades con una relación
afectiva con las líneas construidas en trabajo comunitario pusieron
resistencia y salvaron así “su” microcentral hidroeléctrica. Sin embargo,
preguntando a una amplia gama de la comunidad de usuarios, se muestra
la tendencia de preferir el servicio más fiable y menos costoso. Esto
demuestra que la electricidad como infraestructura, en última instancia,
más allá de consideraciones ideológicas y percepciones románticas de las
comunidades de energía, es un servicio.
Lo mismo pasó con la comunidad de interés. Con la pérdida de interés
de la cooperación internacional en la producción hidroenergética de
pequeña escala, también se pierden las posibilidades de formar alianzas
entre la comunidad de cuidado y una comunidad de interés s amplia.
Con esta pérdida doble, tanto de interés como de usuarios, la comunidad
de cuidado pequeña encuentra condiciones sumamente difíciles para
mantener su infraestructura. Además, el Estado como otro aliado posible
para mantener la producción energética descentralizada, en este caso se
retiró del proyecto y apuesta -siguiendo la estrategia nacional existente-
únicamente por la expansión del SEIN.
Con base en esta comparación, se puede responder de manera tentativa
a la segunda pregunta que guía este texto. Los casos demuestran que cada
comunidad aporta al mantenimiento de una infraestructura: la comunidad
de usuarios tiene que conocer el beneficio que le brinda la infraestructura
y así estar dispuesta a pagar o aportar de otra forma al proyecto. Cabe
preguntarse si en los casos en que la energía eléctrica se ha convertido en
un servicio brindado por una empresa que no exige el apoyo de sus
usuarios, como es el caso de EILHICHA, los usuarios realmente son una
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comunidad por el simple hecho de compartir una fuente de energía; o si,
más bien, en su caso, a ellos les falta el elemento unificador derivado de la
preocupación y el trabajo en conjunto para la infraestructura. En el caso de
Chugur, en cambio, donde las comunidades aledañas tienen una relación
afectiva con las líneas, esta misma comunidad de usuarios puso resistencia
para cuidar su infraestructura.
Como puede notarse, resulta indispensable también que una comunidad
de cuidado le dé importancia extraordinaria a la infraestructura, al lugar y a
las personas conectadas con ella. Probablemente, esta comunidad
encuentra una causa o un sentido de pertenencia que va más allá de la
propia infraestructura. En los ejemplos de Chacas y la Granja Porcón, este
sentido de pertenencia es la religión. Por más que su trabajo es
indispensable para una buena calidad de vida en estos lugares, también es
problemático: ante un Estado democrático y neutral incapaz de proveer la
infraestructura adecuada, son algunas entidades caritativas explícitamente
cristianas las que se encargan de esta tarea. Esto conduce inevitablemente
a una continuidad de la colonialidad y evangelización en la zona. Entonces,
vista así, la comunidad de cuidado también deviene en una comunidad con
cierto poder local que influye en el discurso, visiones y políticas públicas
constituidos alrededor de una infraestructura.
Por último, una infraestructura comunitaria puede permitir superar los
momentos críticos -cuando hacen falta grandes inversiones o haya daños
mayores-, si cuenta con una comunidad de interés con recursos de diversa
índole: con fondos económicos, influencia política más allá de lo local, y
conexiones con otros actores nacionales y en el extranjero. Esta
comunidad, en muchos casos, se interesa en la infraestructura por una
convicción de que esta es necesaria para un mundo mejor, no solamente
a nivel local para la calidad de vida en la zona, sino también para el
bienestar de todo el planeta, específicamente considerando la importancia
de la energía renovable para prevenir la intensificación de la crisis
climática.
6. Discusión y conclusiones
El presente artículo se propuso aportar una definición más holística de
la comunidad en el caso de las comunidades de energía; explicando
además la sostenibilidad temporal implicada en sus infraestructuras. Para
este fin, se analizó la historia de las comunidades y sus microcentrales en
tres casos diferentes del Perú. La propuesta consistió en entender la
comunidad en las comunidades de energía, no como una sola entidad, sino
como varias configuraciones o perfiles que se entrelazan y apoyan, pero
que a veces también persiguen intereses distintos o que se diluyen entre
sí. Por esta razón, parto del concepto de comunidades, en plural.
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En respuesta a la primera pregunta de esta contribución sobre cómo se
desarrollan y distinguen las comunidades constituidas alrededor de
centrales hidroeléctricas comunitarias, tal detalle a contestar encuentra en
los tres casos desarrollos distintos. El primer caso demuestra cómo una
comunidad de usuarios conscientes, una comunidad de cuidado anclada
en el lugar junto a una comunidad de interés con recursos diversos,
pudieron expandir la infraestructura hidroenergética con el paso del tiempo.
En el segundo caso, una cooperativa une a los usuarios, los cuidadores y
la comunidad de interés alrededor de la microcentral hidroeléctrica en una
sola institución. La cooperativa, con su toma de decisiones centralizada y
sus procesos establecidos, permite amantener la microcentral y movilizar
los recursos necesarios en momentos decisivos. En el tercer caso, la
comunidad de usuarios se ha reducido severamente por la posibilidad de
conectarse al SEIN, con la esperanza de encontrar un mejor servicio. La
resistencia de un grupo pequeño con una relación más afectuosa con la
infraestructura, logró que la microcentral siguiera operando. Sin embargo,
con las comunidades de usuarios y de interés disueltas, resulta muy difícil
para la comunidad de cuidado mantener su infraestructura.
Con base en este análisis, se puede dar una respuesta tentativa acerca
de la segunda pregunta planteada aquí sobre la sostenibilidad temporal de
las infraestructuras comunitarias: mi análisis demuestra que la
infraestructura de una comunidad de energía se mantiene por una
combinación entre cuidado, interés y poder. Si una comunidad de interés,
muchas veces internacional, deja una infraestructura, pero no hay quien
localmente se encargue de cuidarla y conectarla con los usuarios, el
sistema tiende a caer. Si hay, en cambio, una comunidad de cuidado activa,
pero esta no tiene conexión con una comunidad de interés, momentos
clave como daños mayores o intervenciones desfavorables de otros
actores como el Estado pueden llevar al decaimiento del compromiso
asumido. Pero si la comunidad de usuarios está respaldada por una
comunidad de cuidado y se conjuga con una comunidad de interés con
poder, es esto lo que hace posible que una infraestructura comunitaria
persista.
En conjunto, es el cuidadoso desentrañamiento de estas comunidades
surgidas en torno a una infraestructura energética, lo que nos ayuda a
comprender la dinámica de poder inherente, las posibilidades y dificultades
del autogobierno local, y las múltiples conexiones entre las experiencias
globalizadas y las prácticas locales relativas a la producción de energía.
Así se revela cómo y por qué estos proyectos se mantienen con el paso del
tiempo, contribuyendo a una sostenibilidad temporal de estas
infraestructuras, cuyo dimensionamiento va más allá de la mera tecnología.
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