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El orden y el creorden como expresión de “El
capital como poder” en la perspectiva de Bichler y
Nitzan
Order and creorder as an expression of
Capital as
power
in Bichler's and Nitzan's perspective
Elfer G. Miranda Valdivia
Universidad Nacional de
Cajamarca, Perú
emiranda@unc.edu.pe
ORCID: 0000-0001-5362-
6283
Froylán E. Miranda L.
Universidad Nacional de
Cajamarca, Perú
fmiranda20_1@unc.edu.pe
ORCID: 0009-0009-6426-
7146
Recibido: 1 de junio de 2025
Aceptado: 27 de junio de 2025
Sección: Notas de investigación
Cómo citar: Miranda V., E.G. y
Miranda L., F.E. (2025). El orden y
el creorden como expresión de “El
capital como poder” en la
perspectiva de Bichler y Nitzan.
Alternativas en Ciencias Sociales,
1(2), 91-108.
DOI:
https://doi.org/10.70467/acs.v1n2.5
Abstract. The authors explore Bichler and Nitzan’s Capital as Power theory,
which redefines capital as capitalism’s central institution by quantifying power
through differential capitalization and accumulation. Based on their
framework, they: a) critique Neoclassical and Marxist approaches by
introducing concepts like social hologram, resonance, and dissonance to
explain capitalism’s totalizing logic; b) describe creorder as elite-driven
social reconfiguration and strategic sabotage as industrial limitation
mechanisms; and c) analyze the states role in capitalist nomos and new
accumulation wrappings during crises. As critical-bibliographic notes, while
recognizing this contributions value, they highlight gaps in the original
proposal and emphasize the need for more detailed monetary and historical
analysis to enrich these theoretical approaches.
Keywords: capitalism; power; accumulation; global politics; hegemony.
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Notas de Investigación
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Resumen. Los autores exploran la teoría de El capital como poder de los
economistas Bichler y Nitzan, que redefine el capital como institución central
del capitalismo al cuantificar el poder mediante la capitalización y
acumulación diferenciales. Con base en sus postulados: a) critican las
visiones neoclásica y marxista, a la introducción de conceptos como el
holograma social, la resonancia y la disonancia, para explicar la lógica
totalizante del poder capitalista; b) describen el “creorden” como proceso de
reconfiguración social impulsado por las élites y el sabotaje estratégico como
mecanismo de limitación de la industria; y c) analizan el rol del Estado en el
nomos capitalista y las nuevas “envolturas” de acumulación en situaciones
de crisis. Como notas crítico-bibliográficas, además del valor de esta
contribución, destacan lagunas en la propuesta original e insisten en integrar
un análisis monetario e histórico más pormenorizado para enriquecer sus
aproximaciones.
Palabras clave: capitalismo; poder; acumulación; política global;
hegemonía.
1. Introducción
Shimshon Bichler y Jonathan Nitzan, economistas especializados en
economía política, publicaron en 2009 la obra Capital as Power: A Study of
Order and Creorder (Taylor & Francis Group). En 2018 apareció su versión
en castellano, El capital como poder. Un estudio del orden y del creorden,
traducida por el Dr. Jesús Suaste Cherizola. Ambos enseñan economía
política en universidades de Israel y de Toronto, y su enfoque se inscribe en
la tradición de la economía institucional.
A pesar de que han transcurrido varios años desde su publicación, el libro
ha pasado casi desapercibido en América Latina y, en particular, en el Perú.
Por ello, resulta necesario un examen relevante de tal obra que establezca
las bases para un ensayo de revisión crítico-bibliográfica, enfocado en
algunos de sus aspectos fundamentales, notables por su perspectiva audaz
e innovadora; sin pretender ser una valoración exhaustiva ni una ratificación
justificatoria. Lo novedoso de sus planteamientos radica en distanciarse tanto
de la teoría liberal como de la teoría marxista del capital, al enfatizar desde el
poder el papel del capital como institución central de lo que entendemos por
capitalismo.
2. El liberalismo y el marxismo en la lógica del capital
Jonathan Nitzan y Shimshon Bichler proponen una teoría radicalmente
distinta a las teorías neoclásica y marxista del capital, buscando desafiar a
las tradiciones económicas dominantes y contestatarias convencionales y
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abrevando de los aportes de autores como Thorstein Veblen, Lewis Mumford
y Michał Kalecki. Su enfoque, denominado capital como poder, se sustenta
en la superación de la distinción neoclásica entre economía y política,
vinculando al capital con la capacidad de control que poseen diversos grupos
de poder y la dominación social que ejercen sobre el resto de la sociedad.
Para los autores, ni el capital ni mucho menos el capitalismo debe ser
concebido en base a entidades “económicas”, sino como acumulaciones
cuantitativas del poder que ejercen los grupos dominantes.
Por ello es comprensible que, con cierta autosuficiencia, los autores hayan
glosado en su primer epígrafe (hay al menos uno como preludio a cada
capítulo) a uno de sus mayores referentes, el filósofo y sociólogo Cornelius
Castoriadis: “Ha caído la noche sólo para quienes se han dejado caer en ella.
Para quienes están vivos, (dice Heráclito), helios neos ep’hemerei estin: El
sol es nuevo cada día”. En otras palabras, les ha caído la noche a los
economistas y científicos sociales que se refugian en las tradiciones
neoclásica y marxista como si éstas fueran sistemas filosóficos cerrados. En
cambio, para aquellos que están vivos, aquellos que se atreven a hacer
preguntas y cuestionar meticulosamente cada detalle de los enfoques
dominantes, siempre habrá nuevos proyectos que permitan esgrimir las
armas de la crítica, esa que nos ayuda a entender y transformar la realidad.
Ergo, para Bichler y Nitzan el sol es nuevo cada día, pues se tomaron el
atrevimiento de emprender en una nueva teoría: la teoría del capital como
poder.
Para explicarlo, señalan rotundamente que “El capital no está relacionado
con el poder. Él es, en mismo, un modo de poder” (Bichler y Nitzan, 2018,
p. 3). Aquí podemos precisar que el capital es poder cuantificado, un modo
de poder expresado en la capitalización diferencial, un concepto que
veremos más adelante, pero que nos señala que el valor de una empresa
capitalista se basa en su capacidad de ordenar la sociedad y superar el
promedio de acumulación de la competencia. El propósito de este libro es
explicar al capital como poder, y al poder como forma de organización y
reorganización social y económica, tomando estos desarrollos como el inicio
de un largo proyecto de investigación que delimite y fundamente una nueva
teoría que comprenda al capital como una representación simbólica del
poder organizado.
Bichler y Nitzan sitúan el capitalismo en un marco histórico amplio,
argumentando que este no sólo logró transformar las relaciones económicas
que han dado forma a nuestro tiempo, sino que pudo reconfigurar las
estructuras de poder, convirtiendo el proceso de acumulación de capital en el
eje central de la dominación social. Para nuestros autores, comprender el
proyecto moderno es comprender la genealogía de lo que ha venido a ser el
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capitalismo, con sus procesos acumulativos y su desarrollo histórico. Los
orígenes del capitalismo coinciden con los de la modernidad y el proyecto
moderno se ha desarrollado de la mano del modo de poder capitalista. Bajo
esa premisa, el capitalismo, la modernidad y el poder son fuerzas
interconectadas que funcionan como engranajes en la maquinaria de la
sociedad contemporánea; una maquinaria que ha requerido lecturas que
expliquen y justifiquen ideológicamente su expansión y desarrollo. Un
entendimiento que tenemos de la modernidad es el de los grandes relatos,
esos que nos ofrecen una mirada de la realidad de las cosas desde una
totalidad, y quizá los más afamados relatos durante el siglo XX fueron el
marxismo, que nos ofrecía superar la enajenación en una sociedad nueva, y
la economía neoclásica, la que ofrecía estabilidad y crecimiento constante a
partes igual.
Para Bichler y Nitzan, tanto el liberalismo neoclásico como el marxismo se
distancian de la economía política tradicional. En efecto, el primero, a través
de la llamada ciencia económica, y el segundo al abordar cuestiones
concretas como el trabajo, al apartarse de las explicaciones políticas sobre el
poder, inevitablemente entran en discusiones circulares sustentadas en
conceptos que, según su entendimiento, son imposibles de observar y, por
tanto, ficticias. Estas unidades vendrían a ser la “utilidad marginal” de la
economía neoclásica y el “trabajo abstracto” de la crítica de la economía
política marxiana. En el caso del liberalismo, Bichler y Nitzan sostienen que
la economía neoclásica es una mirada ideológica al ver en el capital un factor
de producción (asociado a los bienes de capital) enfocado en la
productividad y que encuentra en los intereses y la ganancia su retorno. Si la
teoría neoclásica asume que el capital es necesariamente productivo, no
podría medir su cantidad al margen de su retorno, es decir, fuera de las
ganancias que éste perciba. El valor del capital entonces dependería de la
tasa de interés, y ésta, a su vez, dependería del valor del capital, ignorando
que la riqueza financiera (entendida como bonos, acciones y derivados) no
posee una base material clara, sino especulativa en base a las expectativas
de poder y control. Pero, no sólo eso: la perspectiva neoclásica omite la
participación del estado y su maquinaria coercitiva en la determinación de
ganancias y precios.
Por otro lado, el marxismo define al capital como una relación social de
explotación, mediada por mercancías y basada en la extracción de plusvalor,
algo que se puede ilustrar con la célebre metáfora vampírica de Marx: el
capital es como un vampiro, extrae “trabajo vivo” del trabajador para
convertirlo en “trabajo muerto” (capital), logrando su reproducción de esta
manera. La objeción de Bichler y Nitzan es que no hay forma objetiva de
reducir el trabajo complejo a trabajo abstracto; por lo que es necesario
recordarle al lector la dicotomía de las categorías trabajo abstracto y trabajo
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concreto en la obra marxiana. El trabajo concreto vendría a ser la actividad
laboral específica capaz de crear un valor de uso particular, es decir, una
utilidad concreta. En cambio, el trabajo abstracto sería el gasto de fuerza de
trabajo humana, independientemente despojado de toda cualidad o uso
particular; por lo que es generador de cambio. Estos dos tipos de trabajo no
son opuestos, sino más bien complementarios; forman parte de una relación
bifacética.
Para Bichler y Nitzan, la problemática del sistema marxiano se debe a la
imposibilidad de cuantificar el trabajo abstracto y de transformar el trabajo
real en trabajo socialmente necesario. Además, la teoría del valor en la
perspectiva marxista no es una teoría de precios y no pretende serlo, pero es
esta incapacidad de explicar los precios reales en el mercado lo que dificulta
el entendimiento de la dinámica financiera; tan crucial en un capitalismo
contemporáneo en el que los principales actores son las corporaciones
multinacionales y los mercados bursátiles.
3. La lógica totalizante del capital y el proceso de capitalización
La perspectiva de Bichler y Nitzan coincide con la de Marx en cuanto
entiende el capital como una fuerza totalizante que permea todas las esferas
de la vida social. Lo que diferencia la teoría del capital como poder de la
crítica de la economía política de Marx en este aspecto es que, para ambos
autores, esta lógica totalizante que abarca instituciones políticas, culturales
y militares no se centra sólo en la producción material, aquella base o
estructura que condiciona las demás esferas de la vida social, sino que el
poder en es la materialización de un proceso de organización. En este
proceso, los grupos de poder organizan la sociedad bajo los términos de la
capitalización; un proceso que les permite cuantificar y mercantilizar el poder
financieramente. La capitalización de las ganancias esperadas es una
manifestación del poder de los grupos hegemónicos que recurren
constantemente a un sabotaje estratégico de la creatividad social para poder
maximizar sus ganancias y distribuir el poder obtenido de manera efectiva.
Esta lógica totalizante del capital opera mediante lo que nuestros autores
definen como un holograma social; es decir, como una imagen tridimensional
en la que cada fragmento contiene su totalidad. Aquí debemos poner una
objeción, pues, aunque sugerente, la metáfora del holograma es enredada y
poco ilustrativa y bien podría replantearse sin perder su potencia analítica,
por lo que la explicaremos de manera sencilla. Bichler y Nitzan nos señalan
que cada institución, relación o práctica social refleja y reproduce la totalidad
de la lógica del capital; desde las políticas estatales hasta las corporaciones,
todas expresan la totalidad en cada parte. Como señalan Bichler y Nitzan: “El
capital no es una cosa, ni siquiera un proceso económico, sino un modo de
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poder que, como un holograma, reproduce su lógica en cada rincón de la
sociedad” (p. 223).
Por otro lado, al igual que el holograma, el capitalismo no tiene un
“exterior” o un límite, una propiedad externa que lo condicione. Toda
resistencia o alternativa al capitalismo funciona como los bordes indefinidos
de un holograma, incapaz de resistir el ser mediada por la lógica totalizante
que subordina todas las esferas sociales en un orden fractal. En efecto, en
éste las jerarquías, la competencia y la mercantilización, así como todas las
otras relaciones de dominación, se repiten a diferentes escalas, tanto en el
ámbito privado de las empresas privadas como en el sistema interestatal.
El holograma social no es estático, sino que depende de dos conceptos
clave: la resonancia y la disonancia. La resonancia hace referencia a las
prácticas e instituciones que permiten el reforzamiento del poder del capital,
como la financiarización de activos estratégicos o la implementación de
políticas de austeridad fiscal. Por otro lado, la disonancia se expresa en las
contradicciones inherentes al sistema capitalista y a las resistencias que
surgen ante éste; tales como las manifestaciones y huelgas o fenómenos de
amenaza existencial como la crisis ecológica (también surgida con el
proyecto moderno). Estos dos conceptos, en tanto caras del holograma
social, que permiten su tridimensionalidad, reflejan un conflicto en el
holograma: las resistencias e insurgencias son mercantilizadas, los
movimientos sociales se convierten en marcas y la posibilidad de pensar en
otra forma de organización social no hace más que replicar modelos
anacrónicos previos al capitalismo; por otro lado, las crisis cíclicas se
convierten en oportunidades en las que los grupos hegemónicos encuentran
forma de reordenar el poder; ya sea en la forma de moderadas reformas que,
tras concesiones, permitirán la reproducción del poder bajo el régimen de
reordenamiento impuesto por la lógica totalizante, o mediante decisiones
como los rescates bancarios.
El poder capitalista se cuantifica en precios y el proceso de capitalización,
crucial en esta lógica totalizante, se convierte en el motor del capitalismo.
Éste es un motor que funciona mediante un algoritmo que reestructura
constantemente el orden social, al actuar sobre el sistema de precios y en
otras esferas del mismo. Por ello no podemos hacer una bifurcación entre
eficiencia económica y poder político, porque la acumulación de capital es
acumulación de poder. Para Bichler y Nitzan, los dueños del capital no sólo
buscan la maximización de sus beneficios (expresada como rentabilidad),
sino también aumentar su capacidad de control y reordenamiento de todas
las esferas sociales bajo la lógica totalizante. Para entender este proceso,
Bichler y Nitzan proponen un concepto que permita explicar cómo las élites
dominantes capitalizan en una relación diferenciada con respecto al resto de
actores de la sociedad: la acumulación diferencial. Para los capitalistas, el
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capital es tanto el patrimonio como la deuda de su corporación, y el valor de
ésta define la capitalización.
4. La acumulación del capital como imposición del creorden capitalista
La acumulación no es, en el eje argumental de Bichler y Nitzan, una
expansión cuantitativa de activos materiales y rentabilidad, sino un proceso
dinámico de expansión del poder privado. Esto quiere decir que no se trata
del crecimiento abstracto: la llamada acumulación absoluta en la que lo
importante es el incremento del patrimonio neto. Aquella sería una visión
heredada de la economía clásica, que entiende la acumulación como el
incremento de la producción y el patrimonio de forma absoluta,
independientemente de las especificidades de este proceso. La acumulación
diferencial (DA) es la capacidad del capital dominante (los grupos de poder
hegemónico) para acumular riqueza y poder más rápido que el promedio en
el sistema, lo que permite asegurar su posición como élite hegemónica. Es la
tasa de cambio de la capitalización diferencial (DK), que se obtiene mediante
el incremento de capitalización del capital dominante por sobre el promedio
mediante ganancias diferenciales, hype diferencial (expectativas de
crecimiento) o la reducción de riesgo diferencial. Se trata de una categoría
distinta, cuando entendemos que los grupos de capital dominante son
capaces de aprovechar sus ventajas comparativas, como la obtención de
nuevos mercados, controles de precios y políticas estatales, para ganar más
que otros actores. Por ejemplo, si suponemos que el crecimiento del PIB
global es de un 3% anual, mientras que la Exxon Mobil Corporation logra
aumentar sus ganancias anuales en un 10%, lo que en realidad se está
captando es que Exxon estaría acumulando diferencialmente.
El concepto de acumulación diferencial de Bichler y Nitzan bebe mucho de
la potencia encontrada en el manantial conceptual del sociólogo y
economista estadounidense Thornstein Veblen; influenciándose
específicamente en su formulación de la ventaja diferencial. Por ello, y sin
querer profundizar tanto en ello, es importante realizar algunas
aproximaciones a la influencia de Veblen en el proyecto del capital como
poder. Veblen es uno de los primeros intelectuales en cuestionar la idea de
que el capital sea necesariamente productivo, argumento adoptado por
Bichler y Nitzan; quienes sostienen que la acumulación de capital no
constituye una manifestación de la capacidad productiva como fuerza de
desarrollo transhistórica, sino una configuración de poder ejercida mediante
un orden social. Nuestros autores, al igual que Veblen, identifican una
disociación entre “industria” y “negocio”: a la industria le corresponde la
esfera de la producción material, de la cooperación e integración en un
sistema de planificación que tiende hacia la colaboración; en contraposición,
el negocio constituye el dominio de la distribución pecuniaria, regido por la
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competencia y la ganancia diferencial. Acentuando la diferencia, señalan que
“La industria es un esfuerzo colectivo. Su éxito depende de la creatividad
social, la cooperación, la integración y la sincronización. Bajo el capitalismo,
sin embargo, la industria no sirve a estas metas, sino a los propósitos del
negocio” (p. 17).
Si bien con esta afirmación los autores sostienen que industria y negocio
son inherentemente distintos, en el capitalismo, como es lógico, hay una
metamorfosis de este sistema que configura nuevos escenarios con nuevo
rostro; pero la lógica de esta nueva industria deviene en la lógica del
negocio. No fueron, no son y no pueden ser radicalmente incompatibles aun
siendo diferentes. La industria capitalista está subordinada a los fines del
negocio; la lógica primaria del capitalismo iría de la distribución a la
producción, por lo que el estudio del funcionamiento del sistema debe
empezar desde el estudio de los negocios y la financiación. Los autores,
retomando los planteamientos de Veblen, enfatizan que “[…] la industria y el
negocio son inherentemente distintos. Los modernos capitalistas se han
retirado de la producción: son propietarios ausentes. Su propiedad, dice
Veblen, no contribuye a la industria; simplemente lo controla con el fin de
obtener una ganancia” (p. 17).
La cita previa nos lleva a plantearnos: si los capitalistas son propietarios
ausentes, ¿de dónde se derivan sus beneficios y su poder? Es aquí donde
nos encontramos con otro concepto heredado de Veblen, el sabotaje. Éste
es el proceso que permite que los capitalistas se apropien de las ventajas de
la industria y puedan subordinar su lógica altruista al negocio. La industria
pertenece a la esfera de la producción material, mientras que el negocio se
encuentra en el dominio de la distribución pecuniaria. Para Bichler y Nitzan,
el sabotaje es el poder estratégico de incapacitar a la industria, basado en la
limitación estratégica de la producción, que dirige la actividad industrial de
forma ineficiente o incluso perjudicial para el bienestar común, pero de un
modo que resulta favorable en términos de la rentabilidad y productividad.
Sin embargo, el sabotaje estratégico no sólo se basa en la limitación de la
producción sino en el control total del proceso de imposición de precios y
restricción de la creatividad social, como en la obsolescencia de un programa
y las patentes. Éste es otro punto en el que el sabotaje de Veblen difiere del
de Bichler y Nitzan, pues el primero se refiere estrictamente al control de los
precios, mientras que los segundos se refieren al control del proceso
productivo en su totalidad. El negocio necesariamente implica la disminución
del potencial industrial, ya que las ganancias serían imposibles en una
producción libre basada en las necesidades y la tecnología. Esto lleva a la
conclusión crucial de que la capitalización “no representa más que la
incapacitación”, debido a que los beneficios del negocio dependen del
sabotaje estratégico.
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5. El creorden capitalista como modo de poder
A lo largo de la lectura, nuestros autores han señalado la importancia del
poder y de los grupos que lo ejercen, especialmente aquellos vinculados al
capital financiero, para el funcionamiento del sistema actual. Es por esto que,
de manera general, debemos cuestionarnos si el capital y siendo más
específicos, el capital financiero constituye un poder en mismo. En la
lógica de Bichler y Nitzan, el capital no sólo es un poder, sino que está
estructurado como el modo de poder (concepto paralelo al de modo de
producción típico en el marxismo) capitalista imperante y que dista
radicalmente del capitalismo en sus orígenes.
Esta naturaleza del capital, aún en el desarrollo del capitalismo primigenio,
totalmente diferente al que se da en la actualidad, les permite a los autores
discrepar y refutar las teorías y explicaciones de los liberales que consideran
al capital como sinónimo de “utilidad marginal” y a los marxistas como
expresión del “trabajo abstracto”, como sostenía Marx. Al entender que el
capital no constituye una entidad económica, sino una “cuantificación
simbólica del poder” (que tiene poco que ver con la utilidad o el trabajo
abstracto), nos damos cuenta que el entendimiento del capital dominante va
más allá de la industrialización del sistema, de las maquinarias o de las
líneas de producción. Es por esto que uno de los principales argumentos que
elaboran es que el capital “representa el poder organizado de los grupos de
poder dominante para reconfigurar o creordenar su sociedad” (p. iii).
Aquí hay que destacar dos reflexiones sociológicas acerca de la
naturaleza del capital y su significación en la sociedad: i) La capitalización
se da como representación organizada de los grupos de poder. Lo
primero que hay que destacar es que, en la lógica de los autores, el capital
nunca estuvo disociado de la política y el poder, y aasumen que no eran
meramente unidades económicas autónomas en las que convergen por sus
postulados teorías liberales y marxistas. El capital es de forma específica la
cuantificación simbólica del poder organizado de los grupos de poder
dominante o capital dominante en una sociedad; éstos no sólo usan el capital
para representar y cautelar sus intereses, sino para organizar la sociedad de
acuerdo a su agencia; y, ii) esta capitalización ayuda a reconfigurar o
creordenar la sociedad. Este proceso de reconstituir o creordenar
(concepto empleado por Bichler y Nitzan para referirse a la fusión entre
“orden” y “creación”) implica trascender las consideraciones estrictamente
económicas, y se constituye como un proceso de dimensiones sociales,
culturales y políticas imbricadas en la racionalidad económica de los grupos
de poder dominantes.
Estas reflexiones nos llevan a plantearnos cómo, de acuerdo a la lectura
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de El capital como poder, se estructura ese poder en la sociedad. Aquí es
necesario aclarar que para Bichler y Nitzan (2018):
Toda sociedad histórica es un creorden. En cada instante es a la vez
parmenídea y heracliteana: un estado en proceso, un constructo que se
reconstruye, una forma transformada. Tener historia es crear orden: un
verbo y un sustantivo cuya fusión produce el verbo-sustantivo creorden.
(p. 341)
Podemos decir que esta lógica de Bichler y Nitzan corresponde a lo que
señalan como el orden y el creorden de la sociedad. Para que haya orden y
estabilidad, tiene que haber un sustento económico y político que garantice
dicha estabilidad y, como hemos señalado, ese sustento es configurado por
las élites económicas que ejercen su poder y aprovechan las disonancias
para creordenar su hegemonía; esto bien podría ser parte de esa sociedad
líquida que nos señala Bauman, una liquidez del poder. Sin embargo, lo que
a todo ello le confiere dinamismo y fluidez es la cultura, al mismo tiempo que
la ideología cosifica y naturaliza la creciente desigualdad de la sociedad
moderna. Esta cultura y su justificación ideológica de la desigualdad permea
toda la estructura socioeconómica a nivel societal.
El creorden es un patrón transformativo con una caracterización dual y
paradójica: la creación dinámica de un orden estático. Bajo la lógica de
nuestros autores, los creórdenes no suelen ser democráticos, no tienen
capacidad de elección, porque el poder es la capacidad de imposición. El
Estado capitalista sufre una inestabilidad constante basada en la dinámica
revolucionaria permanente de la ciencia y la ideología, así como en la
imposición de un proceso de acumulación pecuniaria como capitalización
que elimina la heterogeneidad transformadora de lo cualitativo en favor de
cambios universales cuantitativos. El mercado se presenta como
precondición del poder, transforma el poder capitalista y entiende que éste
no es absoluto sino relativo y, por tanto, diferencial. La acumulación de poder
en el capitalismo no tiene sentido sino en contraste a otros poderes,
venciendo la competencia. En ese sentido, no habría entonces acumulación
abstracta sino solo la acumulación diferencial; de manera que para que la
capitalización funcione como expresión del poder, debe ser medida, es decir,
ser comparada diferencialmente. En nuestro tiempo, el poder de los grupos
dominantes se estructura con base en una aparente democratización del
poder y también de una real y supuesta legitimidad social y cultural.
Para el afamado economista Thomas Piketty, las sociedades modernas se
estructuran bajo un relato dominante y hegemonizador que garantiza una
sociedad moderna “justa”; es decir, propietarista, empresarial y meritocrática.
Este relato de justicia basado en los valores liberales, permite fundamentar la
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justificación de las desigualdades modernas. En su obra Capital e ideología,
Piketty (2019) señala que:
El discurso meritocrático y empresarial es, a menudo, una cómoda
manera de justificar cualquier nivel de desigualdad por parte de los
ganadores del sistema económico actual, sin siquiera tener que
someterlo a examen, así como de estigmatizar a los perdedores por su
falta de méritos, de talento e inteligencia. La culpabilización de los más
pobres… no existía… en los regímenes desigualitarios del pasado. (p.
12)
Aunque desde una perspectiva diferente a Piketty, Bichler y Nitzan
señalan un punto parecido de acuerdo al sentido de la capitalización y el
poder de las corporaciones (capital dominante), el cual consiste en la
sacralización de la propiedad sustentada en el capital como poder. Sin
embargo, no debemos creer que esto se trata sólo de una integración de la
dimensión política y económica en favor de las grandes corporaciones en la
sociedad moderna e hipercapitalizada, pues el sistema capitalista ha
legitimado su dominio y estandarizado las aspiraciones y horizontes de las
personas vía un frenesí creciente del mercado.
Desde nuestra perspectiva, el “orden” y el “creorden” de las sociedades se
construyen apelando a distintos mecanismos culturales, sociales e
ideológicos que enraízan su estabilidad transitando la dicotomía liberal de
legalidad y legitimidad, donde impera la razón cínica”, como diría el filósofo
alemán Peter Sloterdijk; esa razón de amoldamiento y acatamiento del
sistema y de sus implicaciones, sin posibilidades de cuestionamiento o
transformación del mismo. Uno de los factores cruciales de este creorden
que posibilita una estabilidad social que favorece al capital dominante es el
sistema educativo. En particular, podemos afirmar que se trata de la
perspectiva que romantiza la educación como agente de cambio, desde la
escuela hasta la universidad. Esta supuesta “escuela liberadora” donde se
exhibe su lema rotundo e incuestionable: la meritocracia”. Sólo habría que
recordar lo que Pierre Bourdieu desentraña o desenmascara respecto al
sentido de la escuela como sistema igualitario:
[…] aquellos a quienes la escuela ha liberado son más proclives que los
demás a creer en la escuela liberadora. Alienados por su liberación;
ponen su fe en la escuela liberadora al servicio de la escuela
conservadora que debe al mito de la escuela liberadora una parte de su
poder de conservación. (Bourdieu, 2015, p. 59)
Desde la lógica de Bichler y Nitzan como el proceso de generación
societal el denominado creorden”, Bourdieu postula lo que sería el proceso
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de autoperpetuación”; donde los docentes constituyen los productos más
acabados del sistema de producción pues, entre otras cosas, están
encargados de reproducir la sociedad, es decir, obedecen a un creorden.
Para Bichler y Nitzan, la escuela es concebida como:
[…] la institución […] única que posee por completo, en virtud de su
función propia, el poder de seleccionar y formar, por una acción que se
ejerza sobre todo el periodo de aprendizaje, a aquellos a quienes confía
la tarea de perpetuarla y, así, se ve en la posición más favorable por
definición para imponer las normas de su autoperpetuación. (p. 227)
La concepción totalizante del capital como poder y la distinción marxista
entre estructuray superestructurano están del todo disociadas, sino que,
para Bichler y Nitzan, éstas constituyen una estructura funcional que crea y
recrea el orden y la estabilidad del sistema; teniendo como un baluarte de la
reproducción a la escuela o el sistema educativo en general. Esto no significa
que dimanen de la espontaneidad societal, sino que ello obedece en
términos del capitalismo del siglo XXI, al papel que juegan las corporaciones
multinacionales en el sistema capitalista. Dado que el capitalismo y las
corporaciones se han hecho del poder y convertido en capital dominante que
moldea la sociedad, en términos gramscianos, han legitimado y continúan
legitimando el orden imperante al otorgarle solvencia y estabilidad, es decir,
creorden”.
En este creorden constante en el que la acumulación no se trata de
aumentar la producción sino de ampliar el poder, las corporaciones no
compiten entre por eficiencia, sino por el control de mercados y recursos
que les permitan asegurar su reproducción en una posición dominante. El
ámbito productivo de la industria ya no se enfoca en lo que se produce, sino
en cómo se produce; lo crucial no es el producto a mercantilizarse, sino el
proceso productivo fruto del proceso de capitalización. El capital dominante
opera en dos regímenes de claro antagonismo: los de amplitud y
profundidad. La amplitud se encarga de reproducir al capital dominante
mediante green-field (creación de empleos) o fusiones (adquisición de
competidores) que evitan sobrecapacidad y permiten la concentración de
poder. Por otro lado, la profundidad se encarga de redistribuir mediante
estanflación, una forma de sabotaje basada en el Business as usual, donde
la restricción de las industrias profundiza la diferenciación entre ganancias de
una empresa con sus competidores y empleados. La maquinaria empresarial
busca la monopolización de tecnologías, patentes y cadenas de suministro
como forma de sabotaje de la creatividad social, y lo hace al ejercer poder
sobre sus trabajadores y competidores.
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6. El Estado en el régimen del creorden
Una de las mayores implicaciones de Bichler y Nitzan es considerar que el
capital constituye el poder organizado de los grupos de poder dominante.
Ello implica que los representantes del capital ya no solamente delegan o
tienen representantes en los poderes del Estado, para que cautelen y tutelen
sus intereses como lo hacen los políticos de manera clásica en los
parlamentos con la aprobación de leyes “sastre” bajo un estado nacional,
sino que se ha constituido un capital supranacional a nivel mundial con
poderes excluyentes por y para orientar fundamentalmente sus perspectivas
e intereses.
Este propósito explícito tiene un correlato implícito más o menos silente de
reconfiguración de la sociedad contemporánea, bajo el imperio de un
hipercapitalismo moderno por su genealogía o postmoderno por contradecir
sus mitos fundacionales en el creordenamiento de la sociedad; el cual es
radicalmente distinto del capitalismo clásico de los siglos XVII, XIX y XX. Este
proceso de reconfiguración de la sociedad es constante, a partir de una
especie de sincronización de las dimensiones culturales, sociales e
ideológicas que crean y recrean la sociedad. ¿Cómo es que este capitalismo
desenfrenado se ha apropiado de la concepción gramsciana de la
“hegemonía”? Tal capitalismo logra hacer ello al recrear también la voluntad
popular, cuyo imperio dominante es el frenesí del mercado que ofrece a las
muchedumbres consumistas la ilusión de un consumo al margen de la
política; de modo que así se desfigura el poder de la elección particular.
En el capitalismo, la unidad numérica fundamental es el precio; pues todo
lo que puede ser poseído ya sean recursos naturales, mercancías refinadas
o incluso organizaciones sociales puede ser cuantificado y, por tanto,
obtener un precio. Si el precio es la unidad, entonces la capitalización es el
algoritmo que genera y organiza los precios. Es la “institución central y la
lógica clave del nomos capitalista” (Bichler y Nitzan, 2018, p. 12). La
capitalización es como el valor presente de un flujo de ganancias futuras,
como la “fe universal del capitalismo” que define la magnitud del capital
(acciones y deuda) de una corporación. No se trata de una relación o
conexión, sino de una “identidad figurativa”: el capital es, en mismo, un
modo de poder. Los elementos clave de la capitalización corporativa es
decir, las ganancias esperadas de la empresa y las percepciones de riesgo
asociadas (y el “hype”), no representan la productividad de los artefactos
poseídos ni el trabajo abstracto necesario para producirlos. En cambio,
representan el poder de los propietarios de una corporación. Es el poder lo
que hace que los artefactos poseídos sean valiosos en sí mismos.
Bichler y Nitzan también señalan que el Estado no es un ente autónomo
neutral en el proceso de acumulación, sino un componente estructural del
nomos capitalista; es decir, del orden político-jurídico que permite la
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consolidación el poder de las élites económicas. No se trata entonces de un
regulador del mercado, sino de que su principal función es la de facilitar la
acumulación de activos estratégicos como subsidios a corporaciones,
rescates financieros o políticas fiscales favorables, que perpetúen la
dominación de los grupos hegemónicos. Aquí entra la trinidad profana, que
evidencia contradicciones clave del capitalismo global, pues se trata de la
coexistencia de elementos de aquella. La trinidad está constituida por la
movilidad de capital, la soberanía estatal y la estabilidad monetaria. El
Estado, como parte del nomos capitalista, sólo puede garantizar la existencia
de sólo dos de estos tres elementos. Por ejemplo, la globalización prioriza la
movilidad del capital y la estabilidad monetaria, sacrificando la soberanía. La
inflación es, entonces, un conflicto redistributivo: no todos los precios suben
de la misma forma. Mientras que las firmas de los integrantes del Fortune
500 aumentan sus markups en un 60%, los salarios reales caen. De modo
que esto es un reflejo de la artificialidad del concepto público de neutralidad
económica y la existencia de un mecanismo de poder diferencial, con un
carácter asimétrico.
Mientras Gramsci enfatizaría la lucha ideológica por un consenso
generalizado, entendiendo el Estado como campo de batalla ideológico,
Bichler y Nitzan lo reducen a un instrumento de reproducción del poder
capitalista que permite a su hegemonía reproducirse. Un ejemplo de esto es
la crisis financiera de 2008, en la que los Estados rescataban bancos que, al
menos en apariencia, eran “demasiado grandes para quebrar” con fondos
públicos, imponiendo políticas de austeridad a la población. Esta
reconfiguración social tras una crisis, un creorden”, nos revela mo las
élites aprovechan las disonancias sistémicas para reforzar su control.
Las crisis son entonces, acumulación mediada por desastres, pues cuando
el régimen de amplitud se agota (como por falta de firmas que permitan la
fusión), el capital dominante recurrirá a la profundidad, es decir, la
estanflación. Para Bichler y Nitzan, la falta de “envolturas” (amplitud y
profundidad) disponibles para que el capital las supere, tuvo como
consecuencia final el colapso del mercado de valores en 2008. Esta crisis
demostró este patrón, al permitir rescates bancarios para las firmas con
activos s importantes que ejercieron un rol importante en el
desencadenamiento de la crisis, mientras que aplicaban políticas de
austeridad a la población en general. Por ello, a partir de lo dicho antes,
nuestros autores enfatizan el poder desintegrador de la deflación.
Con respecto al vínculo entre los modernos capitalistas y la exoneración
del proceso directivo de la empresa, cuando pensamos en el capitalismo
actual, solemos pensar en el sistema financiero, en las crisis bursátiles, en la
especulación y en los tecnócratas digitales más que en la producción directa.
Pensamos en una burguesía ajena a las responsabilidades operativas, que
delega sus quehaceres a CEOs y administradores, a bufetes de abogados
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que les permiten capitalizar activos y diversificarlos, a campañas de
marketing global que permitan su reproducción y promoción en el imaginario
colectivo.
Si para Gramsci el Estado es un campo de disputa hegemónica, para
Bichler y Nitzan son un instrumento del capital. La anatomía estatal es
ilusoria, porque su estructura y sus políticas están determinadas por las
necesidades del proceso de acumulación; es decir, de reproducción del
poder. La arquitectura del capitalismo no es estática, sino que evoluciona
mediante sus crisis y reestructuraciones. Cada crisis se presenta como una
oportunidad para que las élites reafirmen su poder en nuevos modelos de
acumulación.
7. Conclusiones
Este es un libro importante, que nos ofrece una mirada del capital que
merece ser evaluada por el escrutinio público, en el que dominan las
perspectivas de la economía neoclásica, funcional al quehacer económico
del capital dominante, o un marxismo más orientado a reivindicaciones
simbólicas que a la superación del orden social existente. Entender al capital
como poder no significa que tales elementos estén disociados; como lo
postulan entendimientos que priorizan, por un lado, al capital (como las
perspectivas mencionadas) y, por el otro, al poder (como Foucault y sus
seguidores), ni de capital al servicio del poder, ni viceversa, tampoco sólo del
capital en relación con el Estado. Recordando a Bichler y Nitzan, el capital no
está relacionado con el poder, sino que es en sí mismo un modo de poder.
Las explicaciones neoclásicas y marxistas son insuficientes para
responder a la pregunta: ¿qué determina la magnitud del capital y su tasa de
acumulación? Ya que para nuestros autores las unidades básicas de su
análisis (utilidad y trabajo abstracto) no son lógicamente consistentes y sus
“cantidades” no pueden ser calculadas. Por lo tanto, se esgrime la necesidad
de fundamentar otra teoría del capital. Los liberales y marxistas harían bien
en tomar en cuenta estas objeciones y objetar por cuenta propia las que les
parezcan inexactas, porque más allá de que estén bien planteadas que estén
las objeciones de Bichler y Nitzan, han tenido que objetar a décadas de
intenso debate económico, interno y externo, de dichas posturas. Ese es sólo
el punto de partida, lo novedoso de la teoría de Bichler y Nitzan son las
posibilidades de estudio y de una mejor comprensión de la realidad que
surgen al considerar al capital como una representación simbólica del poder.
El secreto para entender la acumulación no se encuentra en los estrechos
confines de la producción y el consumo, sino en el más amplio campo de los
procesos y las instituciones del poder.
Si tenemos que hacer un repaso entre los mayores aportes de Bichler y
Nitzan, tenemos que destacar el que demuestran que la economía no es un
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espacio autónomo con leyes naturales; por lo que con ello se echa por tierra
el mito de la neutralidad económica. No existe un capital al margen de los
campos de la política, el poder coercitivo y las finanzas. El capital es poder
cuantificado mediante la acumulación diferencial, y los autores revelan que el
objetivo del capital no es la maximización de las ganancias sino la
superación del promedio de productores capitalistas. Para esto, el capital
dominante se vale del sabotaje que restringe la creatividad social propia de la
industria. Para poner un caso, Silicon Valley gana mucho más mediante la
monopolización de datos que mediante la creación de nuevas tecnologías.
Para los grupos capitalistas su nivel relativo y patrón de ingresos denota
un poder diferencial: mientras más alto y predecible es este ingreso en
relación con el de los otros grupos o compañías, más grande seel poder
de los propietarios de esa corporación. Este retorno a Veblen, al
entendimiento del consumo conspicuo como expresión de una sociedad
donde el capital y el poder estarían más vinculados de lo que pensamos, es
su mejor legado. Veblen es quien señaló una disociación entre “industria” y
“negocio”, ya que los modernos capitalistas se han retirado de la producción
y son propietarios ausentes de la industria, por lo que la acumulación del
capital es la manifestación no de la contribución productiva sino del poder
organizado de las grandes corporaciones.
Así, el capitalismo es concebido no como un modo de producción sino
como un modo de poder, ya que éste (el poder) también es el fin último de la
acumulación. El proceso de acumulación representa la capacidad de
mutación del capital dominante, es decir, de las corporaciones líderes y de
los órganos de gobierno para controlar, dar forma y transformar a la sociedad
contra todas las oposiciones (“orden” y “creorden”).
Desde una perspectiva interpretativa, podemos señalar que el poder de las
grandes corporaciones en la sociedad capitalista orienta y modela la
estructura de la sociedad; al lograr configurarla, crearla y reproducirla, y de
ese modo llegar a institucionalizar la hegemonía con un fuerte componente
legal. ¿Cómo lo consigue? Lo hace, por ejemplo, al tener al sistema
educativo, a la escuela y la universidad como garantes perpetuadores del
orden y el creorden; y también al tener como portaestandarte a la
consolidada e inmutable “meritocracia” que produce la “razón cínica”, donde
todo cuestionamiento societal se ha diluido en esta sociedad líquida. Por ello
y ante tal panorama, el orden y creorden impuestos e imperantes, perpetúan
la quietud y conformidad en nuestras sociedades.
Bichler y Nitzan logran desnaturalizar la economía y demostrar que se
trata de política financiarizada, con un poder cuantificado en precios
mediante el proceso de capitalización. Nos enseñan que hablar de la lógica
del capital en abstracto, ignora que es el capital dominante el que creordena
la sociedad de manera diferenciada. El capitalismo moderno manifiesta el
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poder en la agencia de los capitalistas por sistematizar y controlar el
movimiento de los precios. Aunque sea necesario expresar estos ejemplos
con mayor rigor histórico, el proyecto de El capital como poder nos ayuda a
vislumbrar una comprensión de la economía como sistema homeostático y
autorreferencial, que trasciende la agencia individual y encuentra en la
hegemonía la clave de su reproducción.
Sin embargo, es de suma relevancia recordar que la teoría del capital
como poder, al igual que el libro y el proyecto homónimos, no está exenta de
objeciones o insuficiencias, propias de la elaboración de perspectivas
nuevas. La primera es que la teoría del capital como poder ignora el papel de
los bancos centrales como prestamistas de último recurso. Durante la crisis
de 2008, la Reserva Federal de Estados Unidos logró evitar la deflación
predicha por Bichler y Nitzan (una “crisis de envolturas”) mediante expansión
cuantitativa, un proceso no convencional en el que los bancos centrales
aumentan la oferta monetaria mediante el exceso de sus reservas. Los
bancos centrales pueden impedir el agotamiento de “envolturas” de
acumulación predicho por Bichler y Nitzan. El capitalismo, mediante la
globalización, ha sido capaz de crear nuevas “envolturas” que permiten su
reproducción como sistema global, algunas de estas son la digitalización de
la economía y la financiarización de la naturaleza. Esto es prueba de una de
las mayores omisiones de nuestros autores, la falta de una teoría monetaria
que respalde sus afirmaciones y, aún más, sus predicciones como el fin del
capitalismo por la crisis de envolturas. Otra importante omisión es el no haber
vinculado los regímenes de acumulación (amplitud y profundidad) con ciclos
económicos estructurales definidos. Esta falta de historicidad es notoria al
preguntarnos cómo la estanflación de la década de los 70 llevó al desarrollo
de la revolución neoliberal, o mo instituciones como el FMI o la OMC
ayudan en la reconfiguración de los regímenes de amplitud y profundidad.
Ante lo apuntado, es importante realizar una reflexión sociológica más
profunda de las implicaciones del capital como poder, para comprender la
racionalidad de los actores, de las estructuras que producen y reproducen la
estabilidad, la conformidad y la naturalización de la desigualdad en este
nuevo y diferente capitalismo del siglo XXI. El capital como poder es un libro
imprescindible para entender la estructura y dinámica de las sociedades
actuales y que nos ofrece una mirada que tanto liberales como marxistas
deberían comprender y considerar al momento de querer estudiar la realidad
y transformarla. Estas notas buscan destacar los aportes de Bichler y Nitzan
al entendimiento del capitalismo desde una perspectiva novedosa y poco
difundida en Latinoamérica, por lo que las lecturas que podemos realizar
desde el sur global pueden ser específicas y más decantadas con respecto a
la materialidad de la región. Los precios son armas de conflicto, no armas de
escasez, sí, pero el conflicto no es el único mecanismo que permite la
existencia del capitalismo, sino también el consenso ya sea ideológico o
mediante pactos. El sentido de hegemonía gramsciano sigue siendo más útil
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para entender la hegemonía que el de Veblen; sino ¿de qotra forma se
explicaría que las mayorías acepten la austeridad? El poder no puede ser
pura dominación; si no aceptamos esto nos será difícil superar el pesimismo
vebleniano.
Referencias bibliográficas
Bichler, S. y Nitzan, J. (2018). El capital como poder. Un estudio del orden y
el creorden. The Bichler and Nitzan Archives.
http://bnarchives.yorku.ca/541/
Bourdieu, P. (2015). Intervenciones políticas. Un sociólogo en la barricada.
Siglo XXI Editores.
Piketty, T. (2019). Capital e ideología. Deusto.