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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

(
*) Abogado por la Universidad Nacional de Cajamarca, Cajamarca, Perú. Estudios de
Maestría en Filosofía por la Universidad Iberoamericana, CDMX, México y Estudios

de Maestría en Criminología Crítica y Estudios sobre las Violencias por el Colegio

Michel Foucault, CDMX, México. Miembro de la Asociación de Filosofía y Liberación

(AFyL) - Perú. Correo electrónico: fdgironm@unc.edu.pe

Reflexiones sobre la violencia

y el derecho moderno

Hacia un derecho crítico a partir

de la exterioridad humana

Reflections on violence and modern law

Towards a critical law from of human exteriority

g
irón mego,girón mego, Frank DavidFrank David((**))
SUMARIO:
I. Introducción. II. Reflexiones filosófico-histórico-polí-
tico-éticas sobre la violencia y el derecho en la modernidad.
III. La
violencia y la exterioridad como categorías críticas del derecho mo
-
derno.
IV. Prolegómenos para un derecho crítico. V. Conclusiones.
VI.
Referencias.
Resumen:
El ensayo comienza con una aproximación crítica a la mo-
dernidad como edad del mundo. No se trata de una revisión de la

bibliografía dominante acerca del derecho moderno o de la filosofía

que lo sustenta, sino de una redacción crítica de la historia mundial

y la violencia, con el objeto de plantear un marco que permita senti
-
392Girón Mego, Frank David
pensar una categoría históricamente excluida de la reflexión filosó
-
fica y, en consecuencia, también del derecho moderno: la exteriori
-
dad. Ya con esta categoría y una vez desarrollado el entendimiento

de este derecho en el marco de una crítica de la violencia con la que

se ha indiferenciado, se apunta a realizar unos prolegómenos para pa
-
sar de la crítica del derecho a un derecho crítico.

Palabras clave:
derecho, modernidad, violencia, exterioridad, crítica
Abstract:
The essay begins with a critical approach to modernity as the age of
the world. It isn’t a review of the dominant bibliography on modern law or the

philosophy that supports it, but rather a critical writing of world history and

violence, with the aim of proposing a framework that allows us to feel-think a

category historically excluded from philosophical reflection and, consequently,

also of Modern Law: exteriority. Already with this category and once the un
-
derstanding of this law has been developed within the framework of a critique

of violence with which it has been undifferentiated, it aims to carry out some

prolegomena to move from the critique of Law to a critical law.

Keywords:
law, modernity, violence, exteriority, critic
I. Introducción

El inicio de la modernidad no se reduce a un momento concre
-
to. Al romanticismo alemán, por ejemplo, que se encargó de diseñar una

división histórica hasta ahora vigente a pesar de no contar con sustento

científico. Las populares Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna

comprendidas en un avance geopolítico este-oeste no existen. El empo
-
deramiento económico y militar europeo inició con la invasión de Amé
-
rica. El salto histórico de la ilustración francesa, el romanticismo alemán

o la revolución industrial inglesa, incluso el del renacimiento italiano, no

pueden ser comprendidos sin la constitución de un sistema-mundo (Wa
-
llerstein). Este inicia con la apertura atlántica de la periférica Europa que

hasta el siglo XV y todavía después experimenta las secuelas de su edad

media. Una etapa que solo puede atribuirse al espacio-tiempo europeo y

no a otros lugares geopolíticos en donde la ciencia, la filosofía, el saber y

el comercio florecían. La preponderancia del mediterráneo disminuyó,

lo que conllevó a que sea relegado por un océano que ahora es la vía que

conecta el novísimo sistema-mundo que con diplomacia y esencialmente

violencia se irá globalizando. Entonces América será la primera identi
-
dad moderna en función de la cual se va constituyendo Europa como el

centro de ese sistema.
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

Con el encubrimiento de América (1492), Europa va adquiriendo

poder. El oro y la plata de sus colonias colocan las bases de su dominación

económica. Devalúa las formas de intercambio de África, Medio Oriente

y Asia. El creciente poderío militar, naval y terrestre se hace notar con el

desafío contra árabes (califatos se acentuaron en África y Europa actuales

Portugal y España entre los 600 y los 1500) y luego contra turco-otoma
-
nos (las guerras habsburgo-otomanas duran cerca de 300 años, entre

1526 y 1791
(1)). La revolución industrial, la ilustración y el romanticis-
mo abrevan de este proceso inicial inaugurado y sostenido en la colo
-
nización. Esta estructuración (Dussel, 2007) de la
modernidad temprana
(entendida en dos etapas: una primera entre 1492-1630 y la segunda entre

1631-1789) como
colonización sentará las bases de la colonialidad posterior
de las excolonias durante la
modernidad madura.
Hegel, sin sustento científico serio, dice que la historia transcurre de

este a oeste. Antes de la raza humana, la especie homínida, de la cual des
-
cendemos, hace cuatro millones de años, nace en África. El más reciente

homo sapiens aparece hacia unos doscientos mil años. Desde África, el

género
homo, y después la especie humana, va poblando todo el mundo en
dirección al este. Unos se desvían a la fría Europa, el principal contingente

continua a Medio Oriente, Asia, Oceanía y, luego, a través del Estrecho de

Bering (o cruzando en embarcaciones el Océano Pacífico), llegan a «Amé
-
rica». Esta parte del mundo, a pesar de la versión dominante, no es occi
-
dental. Es el «extremo oriente de oriente». El descubrimiento humano de

América sucede hace treinta mil años. Desde entonces, la época errante

dará paso a la conformación paulatina de culturas alrededor del mun
-
do. Los principales centros urbanos no solo florecerán en Sumeria, Fenicia,

Mesopotamia, Egipto, sino también en América, con complejos urbanos de

similar antigüedad en Caral (cinco mil años de antigüedad, aprox.), Perú o

la cultura olmeca en México.

Para el romanticismo europeo, los pueblos americanos no hacen his
-
toria, no pertenecen a ella, es decir, son prehistoria, no producen cultura,

y la cultura de pueblos asiáticos, africanos, oceánicos, es atrasada o inma
-
dura. Para Hegel (2004), América «se trataba de una cultura natural, que

había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella. América se

(1)
Recuérdese que el Imperio Otomano tuvo su máxima expansión en 1683, casi dos
siglos después de la incorporaci
ón de América a la dominación europea (iniciada
por España y Portugal).
394Girón Mego, Frank David
ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo físico como en

lo espiritual» (p. 160). Weber
(2), ilusoriamente, también se pregunta: ¿qué
características excepcionales internas hicieron posible el salto civilizatorio

europeo hacia la «modernidad» y hacen de esta una «dirección evolutiva

de significación y validez universales»? El romanticismo no puede ser un

referente importante para la re-construcción crítica de la historia mundial.

La historia universal deviene del rescate de las víctimas históricas de la do
-
minación en las que Walter Benjamin (2008) pensaba: historias, cuerpos y

territorios históricamente negados.

Aunque toda cultura pueda ser etnocéntrica, el etnocentrismo euro
-
peo moderno es el único que pretende identificarse como «universalidad-

mundialidad», como así lo refiere Dussel (2000):

Su superioridad será, en buena parte, fruto de la acumulación de

riqueza, experiencia, conocimientos, etc., que acopiará desde la

conquista de Latinoamérica.

La Modernidad, como nuevo «paradigma» de vida cotidiana, de

comprensión de la historia, de la ciencia, de la religión, surge al final

del siglo XV y con el dominio del Atlántico. El siglo XVII es ya fruto

del siglo XVI; Holanda, Francia, Inglaterra, son ya desarrollo poste
-
rior en el horizonte abierto por Portugal y España. América Latina

entra en la Modernidad (mucho antes que Norte América) como la

«otra cara» dominada, explotada, encubierta. (p. 29)

Analizar el mito de la
modernidad como sacrificialidad histórica so-
bre cuerpos y territorios inmolados al oro y la plata (de las minas de Potosí

en Bolivia y Zacatecas en México, etc.), permite denunciar los fetiches del

sistema-mundial nacidos con la invasión de América Latina. El capitalismo

mercantilista pasa a ser capitalismo industrial. Ninguna es innovación eu
-
ropea. Valga de ejemplo, la tecnología empleada por Inglaterra para tal

fin la tenía ya China, pero su racionalidad no se lo permitía.

(2)
«Weber se enfrenta a los babilónicos, que no matematizaron la astronomía, en cambio
los griegos sí (pero Weber no sabe que los helenos la aprendieron de los egipcios); o

que la “ciencia” surgió en Occidente, frente a la India, China, etc., pero olvida citar el

mundo musulmán, de donde Occidente latino aprendió en el aristotelismo la actitud

“experiencial”, empírica (como los franciscanos de Oxford, o los marsilios de Padua),

etc. Siempre podría falsarse cada argumento heleno o euro-céntrico de Weber, si to
-
mamos el 1492 como última fecha de comparación entre la pretendida superioridad

del Occidente ante las otras culturas» (Dussel 2011, p. 76).
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La «segunda modernidad», después de España y Portugal y la
coloniza-
ci
ón imperial, será la simplificación y radicalización del espíritu capitalista
en cuanto dominio del comercio con racionalidad y lógica imperialista

sobre las colonias. Este modelo lo sigue Flandes, Francia, Alemania, Ingla
-
terra, etc. De ahí la conquista de puertos y fundación de ciudades capitales

periféricas
ad hoc. Al respecto, cabe citar a Dussel (2000):
Sólo cuando se niega el mito civilizatorio y […] la inocencia de la

violencia moderna, se reconoce la injusticia de la praxis sacrificial

fuera de Europa [y aún en Europa misma], y entonces se puede

igualmente superar la limitación esencial de la «razón emancipa
-
dora». Se supera la razón emancipadora como «razón liberado
-
ra» cuando se descubre el «eurocentrismo» de la razón ilustrada,

cuando se define la «falacia desarrollista» del proceso de moder
-
nización hegemónico.

[…] no se trata de un proyecto pre-moderno, como afirmación fo
-
lklórica del pasado; ni un proyecto anti-moderno de grupos con
-
servadores, de derecha, de grupos nazis o fascistas o populistas; ni

un proyecto post-moderno como negación de la Modernidad como

crítica de toda razón, para caer en un irracionalismo nihilista. Debe

ser un proyecto «trans-moderno» (y sería entonces una «Trans- Mo
-
dernidad») por subsunción real del carácter emancipador racional

de la Modernidad y de su Alteridad negada («el Otro» de la Mo
-
dernidad), por negación de su
carácter mítico (que justifica la
inocencia de la Modernidad sobre sus víctimas y por ello se torna

contradictoriamente irracional). En ciertas ciudades de la Europa

medieval, en las renacentistas del
Quatrocento, creció formalmente
la cultura que producirá la Modernidad. Pero, la Modernidad real
-
mente pudo nacer cuando se dan las condiciones históricas de su

origen efectivo: el 1492 -su empírica mundialización, la organiza
-
ción de un mundo colonial, y el usufructo de la vida de sus víctimas,

en un nivel pragmático y económico.
La Modernidad nace realmente
en el 1492
[letra cursiva agregada]: esa es nuestra tesis. Su real su-
peración […] es subsunción de su carácter emancipador racional

europeo trascendido como proyecto mundial de liberación de su

Alteridad negada: la «Trans-Modernidad» (como nuevo proyecto

de liberación político, económico, ecológico, erótico, pedagógico,

religioso, etcétera). (p. 30)

El argumento weberiano es falso. Las circunstancias que anidaron

la
modernidad corresponden a la sobredeterminación de múltiples
396Girón Mego, Frank David
factores, principalmente la invasión y dominación de América (y

África y Asia), en donde inicia el
sistema-mundial y su estructuración
colonial
. Se impone la descolonización teórico-práctica y la construc-
ción de procesos de liberación de la condición humana como el

mayor reto actual. Esto tiene especial relevancia porque en ese con
-
texto geopolítico (de producción del
ser, del saber, del poder, de la
economía y de determinada racionalidad y subjetividad) se inscribe

el origen y desarrollo del
derecho moderno, objeto al que dirigimos las
reflexiones sobre la
violencia (violencia que informa el seno de esta
nueva etapa mundial).

II. Reflexiones filosófico-histórico-político-éticas sobre la

violencia y el derecho en la modernidad

En la
modernidad se asumen presupuestos teóricos propios también
del derecho moderno, que hacen pasar por humanistas a John Locke,

Stuart Mill o Max Weber. No obstante, el humanista es Karl Marx (Hinke
-
lammert, 2018). Su crítica de la
modernidad capitalista sienta las bases de
una
crítica de la religión en que se ha convertido la mítica modernidad. El
núcleo de su
crítica, antes que solo económico, es ético. Presenta categorías
para pensar el proceso económico y la
totalidad moderna. Es decir, realiza
una denuncia ética de la producción capitalista. El
ser de la modernidad
eurocentrada e
s capitalista y el no-ser es lo que está más allá de ese relato,
aquello que esta no quiere o no puede pensar.

De la lógica actual del sistema dominante, se sigue la eliminación

actual absoluta del ser humano, como sujeto, que hoy en día se

implementa en las ciencias económicas [y sociales y humanas en

general]. Esta eliminación [...] es tan cínica como toda la teoría eco
-
nómica dominante: se reduce al ser humano a ser capital humano.

(Hinkelammert 2018, p. 98)

Esta
modernidad se acentúa en las poblaciones periféricas, en cuanto
se constituye por subsunción (negación y encubrimiento) del
otro y de
lo otro. Ahora bien,
El Capital ofrece herramientas críticas (éticas) para
denunciar tal sistema productor de injusticia. Esta es la mayor obra de

Marx, que se presupuestó en seis tomos. Además del capital, los otros

cinco contendrían temas como el salario, la renta (o capital propietario

de la tierra), la relación entre los Estados y sobre el mercado mundial.
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En el sexto tomo, Marx hubiera introducido el análisis
centro-periferia, es
decir, la
colonialidad(3) como la otra cara de la modernidad. Problemática
acuñada por los marxismos negros (Grosfoguel, 2018, p. 14) no reconoci
-
dos por Aníbal Quijano (2014), «creador» de este neologismo, intuida por

Marx, pero no desarrollada.

El macroproceso de la edad la
modernidad está plagado de procesos
revolucionarios, de liberación y resistencia. ¿Desde dónde se puede juzgar

esos procesos históricos, políticos, económicos, jurídicos? ¿Cómo valorar

sus fracasos? ¿Qué categorías usar? La
exterioridad absoluta para Marx es el
pobre
, pero no en cuanto miseria, sino en cuanto desposeído de medios para
procurar la
producción y reproducción de su vida. El pobre no tiene más que
ofrecer que su propia
actividad o capacidad para trabajar. Está a merced del
capital. Es la exterioridad del capital (en cuanto negación que este hace

para afirmarse a sí mismo valorizándose) excluida, en cuanto pobreza, y

oprimida, en cuanto explotación. En este sentido, el criterio para evaluar

la descomunal injusticia que vive la humanidad en la
modernidad es la vida.
Y, para empezar, no la vida del dominador, sino la del dominado. De esta

manera, la liberación de los dominados involucra la abolición de las estruc
-
turas que hacen posible la dominación, mas no necesariamente la negación

de la vida del opresor. Lo humano absolutamente humano es el ser y estar

de la
vida; categoría que, a través de un diálogo pluriversal, puede ser la
fuente
de un humanismo real y analógico manifestado en las prácticas, cultu-
ras y sociedades indistintamente de su especificidad.

Los procesos críticos van de la apariencia a la esencia. Eso hacemos

con el derecho. Con Freud supimos del
inconsciente; con Marx, a través de
los ojos del
valor, denunciamos el capital; con Dussel, de la totalidad pasa-
mos a la
exterioridad. Del signo a la realidad de las cosas nos conduce a la
cr
ítica antropológica de Marx en cuanto ética de la cotidianidad. Las creaciones
humanas (ya sean mercancías en un mercado o productos que llevan un

símbolo por distinción) son, antes que nada,
objetivación de actividad hu-
mana
. Así, la fuente de lo creado es lo humano, la vida humana, en tanto este
ser
, construye su mundo (cultural) en el cosmos (universo). Esta fuente en
cuanto dignidad es «valorizada» por el capital que subsume
trabajo vivo, y ge-
(3)
«La noción de colonialidad del poder se refiere a la prolongación contemporánea
de las bases coloniales que sustentaron la formaci
ón del orden capitalista […] en la
actualidad
» (Pajuelo Teves, 2002).
398Girón Mego, Frank David
n
era riqueza que es trabajo muerto (trabajo que deja de circular y se acumula
irracionalmente
(4)), al no volver hacia sus creadores (para subjetivarse).
La sospecha que la ley funda violencia o es efecto de esta ya se halla
-
ba en Marx. Este, como crítico de la modernidad, supera a Weber

(Hinkelammert, 2018). Para Hinkelammert, la herencia crítica (é
tica) no
se reduce a los inicios de la
modernidad, puesto que viene, más bien, de
tradiciones distintas a la raíz helénica reivindicada por la
modernidad;
por ejemplo, la semita con un Pablo de Tarso o un Jeshúa de Nazaret. Este

último resiste la tentación de la dominación del mundo que le presenta

Satanás. Para Jeshúa no es de trascendencia la supuesta tentación que sig
-
nificó para un san Antonio el cuerpo de la mujer. Esta herencia que conde
-
nó la corporalidad, la sensualidad (tradición que replica san Agustín) y la

mujer como entrada al infierno (Hinkelammert 2018, p. 78) es potenciada

durante la
modernidad. El sistema capitalista redujo la corporalidad hacia
los puros fines con la aberrante proposición de
capital humano.
En la modernidad, el
modo de apropiación del valor (trabajo huma-
no objetivado) compra la corporalidad del explotado con un salario. Ya

no se trata del
diezmo durante el Medioevo europeo (en donde el feudo
posee la tierra sin poder venderla y tampoco al trabajador), sino de la

invisibilizaci
ón del plusvalor (trabajo humano objetivado en el producto no
devuelto al trabajador, pues no puede ser objetivado en el
salario que le
paga el capitalista) (Dussel 2008, p. 105). La disolución y el sometimiento

de otros modos de trabajo y de apropiación de la naturaleza sientan una

parte de las bases capitalistas: trabajadores «libres» y acumulación de di
-
nero. Los
pobres, «excluidos» de los medios de producción, son obligados
a dejar su comunidad y no pueden reproducir su vida, por lo que tienen

que vender su corporalidad.

La instalación «de un capitalismo periférico europeo no pudo ser lo

que fue sin la instalación de un sistema mundial» (Dussel, 2008, p. 106). En

la
acumulación originaria del capitalismo moderno aparece la problemática
de la periferia. El
dinero originario no es todavía capital, puesto que solo
cuando compre trabajo, medios de producción y llegue al producto, y este

a la mercancía y, por consiguiente, esta sea vendida como dinero, está fi
-
niquitado e
l primer proceso del capital. Por tanto, tiene que completarse
(4)
¿O deberíamos preguntar por su «racionalidad»? ¿Qué racionalidad hace que el uno por
ciento de la poblaci
ón mundial acumule más del cincuenta por ciento de la riqueza?
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la primera espiral para poder hablar de capital originario. Ahora bien,

para el segundo momento del capital como
plusvalor, tras muchas rotacio-
nes, el primero deviene
puramente plusvalor (Dussel, 2008, p. 108), pues
el dinero inicial no importa. Todo el
valor del capital será trabajo humano
impago
(robado). Esta es la esencia del capital que se acumula: vida huma-
na objetivada
(Dussel, 2008, p. 108). Por eso, a la circulación del capital
Marx la llamará «circulación de sangre»
(5).
En tal sentido, Dussel (2008 explica:

No es lo mismo decir
fundamento que fuente. Fundamento es el ser
[...]. En el tiempo necesario de trabajo yo produzco el
valor de mi
salario, y ese tiempo necesario está fundado en el
ser del capital, por-
que me ha pagado un salario con el dinero del capital; pero cuando

yo trabajo más allá del
valor de mi salario, en el plus-tiempo del plus-
trabajo
, la producción de ese valor no está fundado en el capital,
porque no me pagan, está fundado en la nada del capital, en mi

propia
subjetividad (fuente creadora del valor desde la nada). (p. 84)
El pobre como «trabajador es comprado y
subsumido en el capital.
¿Cómo es subsumido en el capital?, como proceso de trabajo [...]. El pro
-
ceso de trabajo [...] es inherente a todas las formas de producción [...] el

proceso del trabajo [es presentado] dentro del capital [...] y constituye su

contenido
, Este contenido es el problema de Marx, este es su materialismo [...]
¿Quién hace el proceso de trabajo? Un ser corporal, que mueve sus manos y

consume la energía de su cuerpo. Por eso se dice, uno está trabajando, está

cansado, agotado, y tiene que irse a su casa para dormir y para comer, y

para
reponer aquello que ha gastado. ¿Dónde está aquello que ha gastado?:
en el producto, como
valor de cambio. Yo objetivo en el producto mi propia vida.
Y lo que era mi vida, como contenido, ahora es
valor de uso. (p. 87)
¿Por qué hacemos estas precisiones que parecen, de momento, tan

apartadas de los fines de este ensayo: la
violencia y el derecho? Si parecen
apartadas es porque aún hace falta una categoría encubierta que nos hará

comprender cómo ese robo y muerte de vida, que es el capital, mediante

las representaciones del sistema moderno, (entre ellas el
derecho) llega a
concebirse como legal, legítimo, justo y pacífico. Este encubrimiento que

consiste en presentar la vida robada por el capital como riqueza auto
-
(5)
Se trata de una referencia a una metáfora ni romana ni griega, sino semita. Los pueblos
semitas, entre ellos el jud
ío, identificaban que la vida está en la sangre.
400Girón Mego, Frank David
producida y propia (y, por tanto, creada de la
nada) se lleva a cabo con
leyes y normas que regulan estas relaciones. Esta es la forma originaria

que caracteriza al
derecho moderno. Las reflexiones sobre la violencia no se
reducirán a una crítica del contractualismo (laboral) encubridor de esas

relaciones de explotación, sino que nos conducirán, con paciencia insis
-
tente, a descubrir aquella categoría crítica a la que nos referiremos en el

apartado siguiente: la
exterioridad, la cual hacemos notar, ya que tiene por
contenido una
materialidad o corporalidad viviente, esto es, el ser humano (y
la naturaleza). Continuemos.

En la disquisición sobre la
doctrina de la renta (contra Smith, Ricardo
y Malthus), Marx hace ver que lo que crea
valor de cambio es el trabajo
humano, la persona, no la tierra por más fecunda que ésta sea. Se debe

determinar la
fuente del valor, que como ya venimos diciendo, es siempre el
trabajo
, el trabajo humano. Con la deuda externa de los países latinoameri-
canos y periféricos:

[…] nunca se ha pagado capital tan
puro (porque es transferencia de
valor
, no sólo de dinero), sin intercambio. Para Marx, el pago del interés,
se hace con vida humana [...]. De tal manera, el pago de la deuda es dismi
-
nución de vida. (Dussel, 2008, pp. 109-110)

El problema a nos hace enfrenta la
colonialidad/modernidad es el en-
cubrimiento del otro/a, el encubrimiento de su vida: la subsunción de la

exterioridad
en la totalidad moderna. La crítica de la modernidad en cuanto to-
talidad
, desde la exterioridad como categoría de análisis histórico-filosófica,
permite descubrir, exhibir, ese encubrimiento o
negación vital que la colonia-
lidad
, el fetichismo (del mito sacrificial de la invasión de América), la indi-
vidualidad de masas, el capitalismo, han producido en la historia reciente

como colonialismo y, después, como dependencia (mucho más profunda

incluso) estructurada en
colonialidad del ser, del saber y del poder. Por consi-
guiente, se debe rebatir la idea sustancialista (Dussel, 2008, p. 28) de que

la modernidad viene de Europa, pues en realidad se basa en la invasión

(inclusión-exclusión) de la periferia latinoamericana; primera identidad

moderna (mundial) que genera riqueza de la hasta hace poco periférica

Europa (del sistema interregional afro-asiático-europeo). El problema

también es la
exclusión, no solo la lucha de clases (Dussel, 2008, p. 31). En
consecuencia, esto afecta nociones teóricas, desde la
inclusión por exclusión
(agambiana), la
excepción (Herbert Marcuse) y lo colonial (estudios subal-
ternos y decoloniales). Evidencia la
excepción en la excepción. Si se vive en
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un mundo colonial, los estados de excepción usados para mantener dicho

orden son una
excepción en la excepción, injusticia dentro de la injusticia.
Por otro lado, Marx critica a Hegel «porque a Hegel no le interesa la

realidad, sino, le interesa
el saber que yo tengo de la realidad [...]. Es decir,
Hegel es una
conciencia que tiene un saber autoconsciente y que le interesa
esa
conciencia» (Dussel, 2008, p. 39). Marx diferencia material (en cuanto
contenido) y
materiell (en cuanto cosa física). El materialismo dialéctico
confundió ambos. En este sentido, opondrá el
cuerpo y la corporalidad a las
ideas
. El ser humano antes que nada es un ser natural:
[…] yo tengo un cerebro, el cerebro es un todo aún físico [...],

son miles de millones de neuronas [más complejas que el universo

entero], que se transmiten una a la otra por sinapsis [...], si yo no

como, mi cerebro languidece y, por último, se muere. Si yo fuera

inmortal, si mi alma fuera inmortal, como la de Sócrates, estaría

muy contento de morirme [...]: pero el fundador del cristianismo

estaba muy triste de morirse, en el Getsemaní, y decía ¡ay!, porque

si me muero me muero, y estaba el hombre sudando sangre […].

(Dussel, 2008, p. 45).

La palabra más frecuente en Marx es «vida». La vida es necesitan
-
te; si la persona no necesitara, no sería necesaria una económica. Dado

que el ser humano es capaz de
reproducir su vida a través de producir
pan y también de excluir a unos y dárselo a otros, aparece el problema

de la política, la cultura, la sociedad, la ética, la filosofía y, por supues
-
to, del mismo derecho.

En tal sentido, «La teoría [...] es una astucia de la vida; pero esto no

es Nietzsche, sino [...] un ataque a Nietzsche» (Dussel, 2008, p. 45). El ser

humano es un
ser necesitante y en consecuencia sufriente. Esta necesidad se
vuelve insaciable y el sufrimiento se crea debido a la
lógica que gobierna el
sistema moderno: la generación de riqueza […] antes que de la necesidad

humana. Y por esto, «[...] la modernidad es dualista, hasta Kant y Hegel. Y

lo sigue siendo hasta hoy, porque mata los cuerpos, pero el capital está muy

saludable. Eso es dualismo» (Dussel, 2008, p. 41).

Esto es una cuestión ética, y por é
tica entiéndase universal, pero no
en un sentido tradicional como lo tomaría «el pensamiento formalista con
-
temporáneo [que] dice que la ética material es particular, Marx dice que es

universal
» (Dussel, 2008, p. 42).
402Girón Mego, Frank David
En cuanto a la universalidad del ser humano:

[Esta] aparece en la praxis, justamente la universalidad que hace

de la naturaleza su cuerpo [in]orgánico, tanto por ser un medio

de subsistencia inmediato [yo como o vivo de ello], como por ser

la materia [ahora con
e, materiell], el objeto y el instrumento de la
actividad vital. (Marx, 2010, p. 39)

Entonces, según Dussel (2008), la persona vive en y de la naturaleza:

«la naturaleza es su corporalidad» (p. 43) inorgánica. Este proceso es con
-
tinuo para no morir. La dialéctica real es
vida-muerte. La cuestión de la vida
no es biologismo o darwinismo encubiertos, es central en el pensamiento

de Marx: «El animal es inmediatamente uno con su actividad vital» (Marx,

2010, p. 39). Solo la leve diferencia de la
actividad vital consciente diferencia
al animal humano de la
actividad vital animal. «[Entonces] para Marx, el
ser humano es libre, autoconsciente y espiritual […]. [Por eso dice que]

“hay necesidades del estómago y de la fantasía [en cuanto creatividad espiri
-
tual]”» (Dussel, 2008, p. 44). De ahí que Marx incorporara la actividad y el

goce social como vínculo con el otro en cuanto existencia suya para el otro.

No solo el material (
materiell, y aquí usa e) de mi existencia humana,
de mi actividad, me es dado como producto social, sino que mi propia

existencia es esa actividad social, porque lo que yo hago lo hago para la

sociedad y con conciencia de ser un ente social. Mi conciencia general

es solo la forma teórica de aquella cuya forma viva es la comunidad real.

(Marx, como se citó en Dussel, 2008, p. 45)

Bajo esta esencial y descuidada reflexión, nace la necesidad de pensar

desde y para la
vida asumiendo la comunidad-de-vida antes que la comunidad
de comunicaci
ón que proponen actores como Appel y Habermas.
[…] hoy en día la conciencia general es una abstracción de la vida

real […]. Es decir, una teoría del mercado como equilibrio [entre

oferta-demanda es] una falsa teoría, se enfrenta a la vida real […].

«La vida es un intercambio de vitalidad productiva. Cada persona

individual se comporta [...] como una conciencia y un individuo

práctico consciente en el ámbito del intercambio de la vida social.

Ella se comporta con el cuerpo social como un miembro singular,

ellas mueren cuando se aíslan unas de otras». (Marx, como se citó

en Dussel, 2008, p. 46)
403QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

La
re-producción de la vida imprime una lógica de gratuidad que la lógica
capitalista
moderna doblega, puesto que encubre su explotación, la inclu-
ye excluyéndola. Esta es la substancia de la modernidad eurocéntrica he
-
redada por el imperialismo bélico estadounidense: la guerra de la OTAN

en Ucrania es uno de sus efectos. El derecho no puede permanecer ajeno,

ya que, por ejemplo, en el ámbito internacional, se puede producir un

consenso (disenso respecto de lo dominante) que impida la proliferación

de la guerra
como racionalidad imperial. Este asunto concierne a la fuerza
de la unión que los débiles hacen frente a la dominación, como reflexio
-
naban Einstein y Freud
(6) a inicios del siglo XX.
La vida teórica es una expresión de la vida comunitaria del ser huma
-
no. La modernidad (capitalista, misógina, racista, homofóbica, etc.) des
-
truye esta vida al robarle los medios para producir y reproducir comuni
-
dad. Hace no mucho, «I can´t breathe» decía George Floyd, asesinado al

ser arrestado en Estados Unidos. «No puedo respirar», dice una parte de

la humanidad que sufre los estragos de un sistema que permitió la brutal

mortalidad del virus
(7). «¡No puedo respirar, me muero!», dicen las perso-
nas frente a la incompetencia y la indiferencia de sus gobiernos y asesores

económicos que evalúan el costo-beneficio. En la
economía neoliberal no in-
gresa la
vida como prioridad y el derecho se ha convertido en un campo de
batalla para favorecer esa vida —recordemos a Marx polemizando acerca

del recojo de leña—. La bolsa está por encima de la vida. Aquí encontra
-
mos la
dialéctica vida-muerte, y la modernidad ha agudizado esta dialéc-
tica. El reto actual está en subsumir esa política, economía, cultura y

sociedad de muerte:
sacrificiales y fetichistas, en la vida.
A través de estos planteos críticos, observamos que el derecho
es crucial
durante la edad moderna. En la expansión de la colonialidad/moderni
-
dad, la
pedagógica y el derecho tiene un papel como sistema integrado de
asimilación de lo
otro y el otro: la exterioridad. Al respecto, Chakravorty Spi-
vak (2003) señala que en el imperialismo británico:

(6)
Una traducción de estas cartas puede encontrarse en el portal de la UNESCO dis-
ponible en https://es.unesco.org/courier/may-1985/que-guerra-carta-albert-einstein-

sigmund-freud

(7)
La COVID-19 deja mucho que pensar acerca de la guerra y las posibilidades de
destrucci
ón masiva que ofrece la tecnología en el marco de lo que se conoce como
«guerra por generaciones» o
«no convencional».
404Girón Mego, Frank David
La educaci
ón de sujetos coloniales complementa su producción dentro de la
ley
Un efecto de establecer una versión del sistema británico fue el
desarrollo de una difícil separación entre formación disciplinaria en

estudios sánscritos y la nativa, ahora alternativa, tradición de la «alta

cultura» sánscrita. Dentro de la anterior,
las explicaciones culturales
generadas por estudiosos autorizados correspondieron a la violencia epist
é-
mica del proyecto legal
[énfasis agregado]. (p. 319)
Según Hegel, los «pueblos naturales» no hacen historia; tampoco,

por lo tanto, harían derecho. Esos pueblos ahora están sujetos a las im
-
posiciones de la «comunidad internacional» y organismos multilaterales.

Para la academia occidentalocéntrica y las instituciones educativas domi
-
nantes, los desarrollos teóricos y prácticas antes del ingreso en la historia

con la conquista y la asimilación no son derecho o atraviesan la «prehis
-
toria» en un estadio atrasado. Las leyes de indias y otras similares nos

ingresan en la modernidad y con ello en los anales del derecho moderno

como derecho de conquista y aval de la
acumulación originaria, la pro-
piedad privada, la expropiación de territorios y las formas de explotación

de la tierra y el hombre.

En interés de mantener la circulación y el crecimiento del capital

industrial —y de la tarea concomitante de administración dentro

del imperialismo territorial del siglo veinte—, el transporte, la ley y

los sistemas estandarizados de educación fueron desarrollados —lo

mismo que las industrias locales fueron destruidas, la distribución

de la tierra reconfigurada y la materia prima transferida al país

colonizador—. (Spivak, 2003, p. 328)

Además del debate humanista, el derecho tiene que abordar la
fuer-
za
y deslindarla de la violencia. Benjamin desarrolla estos reparos, con
especial énfasis en la violencia instauradora y la violencia mantenedora.

En términos agambianos, sería lo mismo decir el
estado de excepción
(violencia) como fundador de derecho y garantizador del mismo. El men
-
cionado autor, con miras a diferenciar fuerza de violencia y lo
legítimo de
lo
legal, distingue violencia mítica (violencia propiamente) de violencia
divina (fuerza): una instaura y asegura derecho
y la otra lo destruye. Iden-
tifica el problema de la creación de derecho, ya que una cuestión es la

cr
ítica del derecho (moderno) vigente y su indiferenciación con la violencia y
otra distinta es el
derecho y su fuerza. Esto nos remite a Jacques Derrida, con
quien hacemos una reflexión que intenta aproximarnos al problema fun
-
405QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

dacional del derecho reconociendo en la
justicia (antes que en el derecho)
una «demanda infinita» a partir de la postura ética asumida por Levinas:

He intentado mostrar, en efecto, que la justicia era irreductible al

derecho, que hay un exceso de la justicia en relación con el de
-
recho, pero que, no obstante, la justicia exige, para ser concreta

y efectiva, encarnarse en un derecho […]. Naturalmente, ningún

derecho podrá resultar adecuado a la justicia y, por eso, hay una his
-
toria del derecho, […] por eso hay una determinación interminable

y una perfectibilidad sin fin de lo jurídico, precisamente porque la

llamada de la justicia es infinita. (Derrida, 2001, p. 55)

III. La violencia y la exterioridad como categor
ías críticas
del derecho moderno

Ahora se debe superar el
esencialismo antropocéntrico y eurocéntrico que
informa la modernidad
a partir de un giro antropológico serio que rescate el
humano
de todas aquellas relaciones es las que es un ser envilecido, tortu-
rado, violentado, explotado, asesinado ¿De dónde viene esa demanda infi
-
nita de justicia? El contexto en el que se desarrolla el pensamiento crítico

y los peligros que corre dada la
colonialidad del saber, del poder y del ser nos
tiene que llevar a repensar las vías de esta superación de la modernidad
y
su «mito sacrificial» de la vida. Con Marx escapamos a Hegel, porque para

este último hay
totalidad a la que nada escapa. Marx, al descubrir el fetichis-
mo
del capital, da vuelta la cuestión. La alteridad, la vida negada es compren-
dida por fuera de la totalidad (capitalista), aunque esté subyugada. Así, la

exterioridad
se comprende como el más allá trans-ontológico. Transcender la
modernidad
es ir hacia una transmodernidad desde la corporalidad viviente
como
fuente creativa de lo nuevo liberador. La modernidad fue augurio, pro-
mesa para el
centro, pero redundó en malestar, empobrecimiento, sacrifi-
cialidad para las
periferias con la mundialización del capital y el mercado
por las vías del derecho y la violencia. Entonces, como horizonte civilizato
-
rio la modernidad
generó desgracias: de ocho mil millones habitantes del
planeta la mitad está bajo el aura de pobreza.

El tren del progreso gira en espiral hacia un abismo. Mientras tanto,

se sigue negando otra vía civilizatoria que traiga consigo el
reino de los
libres
. Acercarnos a los espacios de lucha que proponen horizontes dis-
tintos a la
modernidad tardía —para nuestro caso, el derecho moderno— es
apostar por la
vida en general y asegurar su continuidad. La exterioridad
406Girón Mego, Frank David
como
víctima de la modernidad no hace referencia solo a su victimización
sistémica. La
víctima, en cuanto agencia de demanda infinita de justicia,
enseña
responsabilidad desde la interpelación ética; en cambio, la exteriori-
dad
, en cuanto humanidad sufriente, negatividad del sistema, alberga el deseo
de liberación. Al contrario de un Nietzsche, reacio a la «moral de los es
-
clavos», a quienes atribuye resentimiento y envidia, se busca liberar-se de

dominar demoliendo las estructuras que permiten la dominación y elevar

la
crítica (en cuanto ética) a premisa constructiva de la libertad. Esta labor
se hace situadamente desde un
locus enuntiationis propio, pero con una
dialógica pluriversal (más que solo universal). Define lo que se diga y haga

el «desde dónde» se realiza. Esta es una proposición geopolítica, no geo
-
gráfica. Es un posicionamiento geopolítico capaz de pensar la exclusión y la

opresión globales y a la vez concretos, situados. Una dialéctica trascendida

a partir de la exterioridad y devenida en ana-dialéctica desde la
exterioridad.
Sentipensar desde la
exterioridad los diferentes campos prácticos en
pos de la
descolonialización del saber, del poder y del ser es una labor todavía
pendiente a pesar de los avances en economía, política, pedagogía, ética,

filosofía o derecho. Una teoría para y desde la vida nace en el núcleo de

la
comunidad. Esta involucra una radicalización de la participación demo-
crática, un involucramiento, un protagonismo en nuestra historia. Se ha

acusado al pensamiento refinado de ser producido sin contenido real

por la vida. Esto aqueja a la mayor parte del pensamiento dominante. La

especialización de la
praxis empuja el tren del progreso con una voluntad
de poder
(/saber) que diseña regímenes de verdad sin interpelación ética
del otro. De esta crítica no es ajeno el derecho, a pesar de sus aspiraciones

constitucionalista e internacionalista. Rara es la ocasión de ver constitu
-
ciones, códigos y leyes de una nación como producto del consenso crítico

(ético) de su comunidad. Son imposiciones legales, incluso foráneas, que

reproducen categorías producidas para otro tiempo y espacio. Además,

el derecho reproduce condiciones formales y materiales que impone la

modernidad que lo anidó, sin asumir las injusticias. Pensemos, por decir

un caso, en el neoliberalismo y su huella en las diferentes legislaciones

desde su implementación en Chile
(8), después del golpe pinochetista fa-
(8)
A propósito, estos días se cumplen 50 años de la trascendencia de Salvador
Allende y el movimiento popular en Chile y tambi
én 50 años de la inauguración
del terrorismo internacional y la imposici
ón del neoliberalismo a escala global. Nos
referimos al 11S, pero no al
«once ese» del 2001, ese el de las torres gemelas y un
407QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

bric
ado por la inteligencia terrorista estadounidense. La herencia legal
de ese régimen pone en vilo al pueblo chileno, que no logra superar la

Constitución de la dictadura.
Derecho y violencia, cuan cerca caminan que
sus pasos parecen los mismos.

Este derecho provoca crisis constantes, por lo que es parte de la cri
-
sis generalizada. Es el problema a resolver. Las excepciones que se decreta

para el ejercicio
legal (antes que legítimo) de la violencia, cuando los pue-
blos se revelan a sus imposiciones, lo acercan a su origen fundacional, hacia

la indiferenciación con la violencia. Naomi Klein (
La doctrina del shock)
decía que la crisis produce estados de shock en el sujeto y en las comuni
-
dades, lo que hace más aceptable los cambios que normalmente no serían

bien recibidos. Los ejemplos que ella presenta son los gobiernos de segu
-
ridad nacional en América y el neoliberalismo. Neoliberalismo y violencia

implantaron un nuevo orden desde los 70 del siglo pasado.

Amerita que la producción de
pensamiento la realicen los que sufren
lo vigente, que hable el
subalterno (Chakravorty Spivak, 2003): que den su
versión los
vencidos de la historia. Por aquí empieza la subsunción de la lógica
de muerte
en la vida. Esta lógica demanda garantías en favor de todos
y todas, no solamente de algunos. Al recuperar su historia, las
víctimas
dejan atrás su velo e ingresan a la
historia como agentes de su liberación.
La
negatividad de las víctimas asumidas ya como agentes históricos exige
una categoría de comprensión: la
exterioridad. Esta fue introducida por Em-
manuel Levinas con
totalidad e infinito(9). Sin embargo, su comprensión
adolece del ejercicio crítico material que párrafos atrás hacíamos con Marx.

Con él se llena de contenido esa reflexión casi metafísica del
otro. En pos
de una crítica al derecho moderno es necesario acudir a los pormenores de

la categoría
exterioridad en el pensamiento latinoamericano. Una necesidad
histórica de liberación condujo a autores y autoras a tomar lo moderno y

sus críticos para servir a los pueblos del mundo que buscan transformar su

depende
ncia y colonialidad.
posible autoatentado para justificar el intervencionismo militar en medio oriente,

sino al 11S de 1973. Puede haber coincidencias, pero hay coincidencias que hablan

y esta da mucho qu
é decir.
(9)
No replicamos la discusión Dussel-Levinas por falta de espacio, aunque asumimos
la posici
ón del primero. Remitimos al respecto a la vasta obra del primero, quien,
apoyado en Marx, hace una cr
ítica materialista de la categoría exterioridad.
408Girón Mego, Frank David
El otro, dice L
evinas, «detiene y paraliza mi violencia por su llamada
que no hace violencia y que viene de lo alto» (Levinas, 2002, p. 295).
Tota-
lidad e infinito
están interrelacionadas dada la trascendencia de la apertura
con que irrumpe la
exterioridad. El derecho es una totalidad que, tal como
dice Levinas (2002) de la sociología, la psicología y la fisiología, puede ser

«sorda a la exterioridad» (p. 295). Asimismo, su totalización o fetichismo

obedece a ese cierre sobre la
exterioridad como categoría que hace trascen-
der toda totalidad transformándola en respuesta a la injusticia. Algunos

tipos penales como la «apología al terrorismo» o el «entorpecimiento del

funcionamiento de servicios públicos» redundan en la sanción de las lu
-
chas y luchadores sociales o en los estados de emergencia y otros que se

decretan con el fin de impedir la movilización social. ¿Qué derecho impide

a su propia comunidad manifestarse, exigir cambios? ¿Puede decirse de
-
mocrático o constituciona
l?
La reflexión sobre la violencia no es solo epistémica o teórica, dado

que influye en todos los campos prácticos. La defensa de la
vida desde la
categoría
exterioridad denuncia un lugar que todavía es común en la filosofía
política moderna y otros saberes como la filosofía del derecho de veta euro
-
céntrica, capitalista y heteropatriarcal: la subyugación de la vida a fetiches o

dioses mundanos. La exaltación del racionalismo hace recordar cualquier

época oscurantista. Ya Marx veía el ateísmo como un problema fundamen
-
tal. Esto fue mal leído y reproducido por el marxismo ortodoxo. El ateísmo

de Marx era del dios hegeliano; aquel dios que justifica un estado omnipo
-
tente, un leviatán. También ateo del dios mercado y sus sucedáneos, Dussel

señala que ni en Agustín ni en los padres de la Iglesia existe fundamentación

para un «estado cristiano». Marx, al igual que los primeros cristianos ateos

de los dioses romanos, es ateo de determinado teísmo moderno.

Para Freud «el primer requisito de la civilización es la justicia». ¿Qué

podemos pensar hoy de quienes pretenden hacer de la violencia el «humus

más profundo» de la civilización representado en el Estado o el mercado

totalitarios? Siendo el ser humano un sujeto de creencias, Althusser le diría

homo ideologicus
, ¿como, junto a una propuesta pedagógica, devenir ateos
de la violencia convertida en dios que demanda sacrificios? ¿Significa esto

una renuncia o denuncia a todo tipo de fuerza? De ser así, ¿dónde queda
-
ría la fuerza del derecho, porque este la necesita para ser tal, no es cierto?

El diagnóstico empleado por Benjamin de que «todo documento de

cultura es a la vez uno de barbarie
» ¿es una sentencia a la creación humana
o una apertura, una exhortación a crear con violencia divina (fuerza libera
-
409QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

dora)? ¿Guillotinamos esa razón (instrumental) que está detrás de las bar
-
baries modernas o la salvamos en los términos metafóricos de Cantinflas

en
El extra: «¿esta madame no es mujer (una razón entre otras) antes que
reina (razón instrumental)»? La modernidad y la razón moderna como ho
-
rizonte civilizatorio, al estilo de Jürgen Habermas, el «paladín de la moder
-
nidad», aparta la violencia de su núcleo, y propone por problema crucial la

realización de sus ideales. Invierte las cosas. Los fines son incuestionables; el

problema son los medios. Por ello, su propuesta de razón comunicativa es ul
-
tramoderna pues intenta llevar la modernidad a sus últimas consecuencias.

¿Qué hacemos con la violencia instrumental, medio y fin? ¿Sería posi
-
ble, junto a Hannah Arendt (2006), afirmar que «siendo por su naturaleza

un instrumento, […] la violencia seguirá siendo racional sólo mientras

persiga fines a corto plazo» (p. 107)? El problema del «motor de la his
-
toria»: la violencia, ¿en qué términos debería ser pensada?, ¿es necesario

un enfoque ético? Según Benjamin, la violencia (mítica) corre el riesgo

de convertir la «prehistoria» humana en su historia (final). Se requiere un

salto civilizatorio, solo posible si el
continuum histórico de la violencia se
supera. ¿Se pretende descartar la fuerza como instrumento del
derecho?
¿Es lo mismo
fuerza que violencia? Volvemos al tema de la violencia y su
instrumentación civilizatoria. Esa violencia instrumental, alineada con de
-
terminada racionalidad, ¿es caracterizable como actora de un proceso ci
-
vilizatorio que inaugura el sistema-mundo y más adelante la globalización

capitalista? Esa violencia civilizatoria es una
violencia total, es una red, una
estructura, un instrumento y también un fin en sí
(10). La negatividad de las
v
íctimas nos interpela y provoca la necesidad de una vasta reflexión sobre
la violencia. En un mundo como este no es posible rehuir teóricamente a

este fenómeno, pues se disemina en las prácticas cotidianas y, sobre todo,

en las interminables guerras imperialistas
(11). La violencia ocupa un lugar
(10)
La industria de las armas, las empresas de mercenarios, la tecnología de destrucción
masiva, los campos de batalla como experimento de armas futuras, etc., etc. nos hacen

pensar en la violencia como giro empresarial valorada en las principales bolsas del

mundo. La violencia como fin. Si adem
ás comprendemos que la mayoría de recursos
usados por estas industrias vienen de una econom
ía de guerra que expropia y des-
plaza grandes poblaciones, podemos plantearnos una visi
ón de la violencia como
fen
ómeno total. Un Ares moderno que mediatiza todo. Se trata de una violencia no
solo durante las crisis, sino de la plataforma cotidiana de la vida.

(11)
La OTAN instrumentalizando a Ucrania contra a Rusia, el imperio estadounidense y
sus aliados promoviendo al Estado isl
ámico en Siria, apoyando la colonización del
410Girón Mego, Frank David
n
eurálgico y su regulación supera los límites del derecho. Es la forma en
que este se instaura y la garantía que lo mantiene. La excepción que lo

funda y conserva.

El derecho no puede ser reducido a un
contrato social (Rousseau),
a la libertad (Kant), a una
norma positiva (Kelsen) o a la derivación de una
ley inmutable y universal. Tampoco el paradigma pragmático del derecho

integrador y deliberativo de Habermas es capaz de dar cuenta de toda la

avalancha que se nos viene encima con la
violencia. Es necesario asumir el
ejercicio del derecho
también como un ejercicio de la violencia o de la fuerza.
No se puede negar el ejercicio de la fuerza, porque de ser así toda reivin
-
dicación o derecho (subjetivo) no podría ser. Aprobar el derecho como

acuerdo y como negación de la fuerza es replegar la reflexión acerca de su

legitimidad
para un más acá de la violencia legal instaurada, que deja para
un más allá incierto su evaluación crítica. Se mantiene una inercia que la

historia nunca ha confirmado, pues el derecho, ejercicio regulado de la

violencia, es cambiante, dinámico, una determinación determinada deter
-
minante. Esta concepción reafirma la
exterioridad bajo la concepción del
poder
como fuerza y obediencia crítica a los designios del pueblo.
La modernidad contiene una racionalidad y una concepción del suje
-
to propias encubiertas en el seno del derecho que no pueden escapar a un

análisis crítico. Entiéndase por crítico ir a la raíz del problema. Y la raíz de

los problemas de una sociedad están en su horizonte civilizatorio o de senti
-
do que le imprime su pasado, su historia y su representación ideológica del

mundo. Cuestión que se acumula en su mythos más que en el
logos, en la
representación simbólica que también el mismo
logos a pesar de los intentos
por racionalizarlo. Esa re-presentación del mundo sobrepasa el
logos y las as-
piraciones de cientificidad con un llamado a reconocer nuestra limitación

para explicar la realidad y la contingencia y finitud propia de lo humano.

En el caso del derecho, su contingencia histórica y el condiciona
-
miento que da y recibe lo constituyen en un campo conflictivo. En Euro
-
pa se produjo la mundialización de una inusual forma de racionalidad

jurídica que se imperializó en un proceso de globalización junto a un

determinado sistema moderno político, económico, cultural, social, fa
-
miliar, etc. Con Max Weber, du
rante el siglo XIX, se domesticó una ver-
Estado palestino, controlando los c
árteles de la droga en México y otros países y un
largo etcétera de actividades de guerra convencional y no convencional.
411QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

sión de racion
alidad cercana al positivismo y al neokantismo. La realidad
como una maquinaria de la que se descubren sus leyes para dominar
-
la. Por lo tanto, se demandó también que el derecho se comportase así

estructurando, bajo principios formalizados, formales, y asegurando el

nuevo orden imperial en expansión.

Es imprescindible un análisis que nos permita abordar la
violencia sin
estancarnos en ella. Para subsumir la
muerte en la vida es necesaria una dia-
l
éctica positiva (no positivista) que resulte de la exterioridad y no solo de la
totalidad
. Pensar críticamente es radical en la medida que va a las raíces del
problema, e ir a las raíces es preguntar por lo que nos define como civili
-
zación. Acerca de las perspectivas de la violencia, hay varias. Por un lado,

el acercamiento filosófico (Sorel, Benjamin y Fanon) piensa que aquella

tiene «en las sociedades modernas […] un origen estructural [...] y nor
-
mativo [...]». Por otro lado, la perspectiva sociológica (Durkheim y Weber)

piensa la violencia «como un fenómeno ligado a las lógicas de la estructura

social y sus normas» (Arteaga y Arzuaga, 2017, p. 9). La ciencia obedece a

determinado horizonte civilizatorio, no es ni imparcial ni neutral. El inves
-
tigador asume un lugar de enunciación cuando hace ciencia. La sinceridad

del momento gnoseológico confronta las visiones filosófica y sociológica de

la violencia no entre sí, sino con su grado de compromiso
con la realidad.
Pensar lo que es la violencia o en su origen en el marco del derecho, ya

sea desde las ciencias sociales o desde el pensamiento filosófico, nos condu
-
ce a preguntarnos: ¿cómo nos aproximamos a su contenido, a su significa
-
do? Hacerlo en términos geopolíticos de
colonialidad-modernidad da cuenta
de ese compromiso crítico con las injusticias que el sistema moderno pro
-
duce
. Esa categoría, aunque no es aceptada por toda la academia, en la rea-
lidad latinoamericana y periférica mundial, cobra especial relevancia por
-
que es reflejo del análisis crítico de su situación y del sistema mundial. Es

una categoría nacida de las luchas de descolonización y antiimperialismo.

Es, además, el rescate y propuesta de proyectos civilizatorios alternativos al

horizonte moderno de colonialidad para la periferia del sur geopolítico.

Responder si la violencia es ética, en cuanto principio, es «establecer

una distinción [que supere] la esfera de los medios mismos» (Benjamin,

2007, p. 183) y de los fines. Por eso hacemos este acercamiento geopolítico

al proyecto civilizatorio colonial/moderno. Hablar de geopolítica nos lle
-
va también a considerar que hay una corpopolítica (por corporalidad o del

ser vivie
nte) en donde el Sur oprimido es el cuerpo frente al Norte domi-
412Girón Mego, Frank David
nador, que es el alma del dualismo de la cristiandad que la Edad Moderna

hereda (Hinkelammert, 2018). La cristiandad que devino de la perversión

del cristianismo es importante aquí por una cuestión crucial que la ciencia

social moderna en la cabeza de uno de sus principales representantes, Max

Weber, profundiza. Esta discusión, que presentaremos en términos escue
-
tos, repercute directamente sobre lo que es la violencia y los conceptos ale
-
daños de
poder, justicia y derecho. Nos apoyaremos en Walter Benjamin. Este
tema, ciertamente, puede ser considerado teológico y sin repercusiones

para los fines de este escrito. No obstante, la comprensión de
religión que
aquí introducimos la aleja de ser un fenómeno de implicancias personales

o de convicción en el fuero interno. Se trata de una práctica diaria, de

comportamientos, ritos y rituales que, bajo un manto de secularismo, pre
-
sentan el contenido espiritual del sistema civilizatorio moderno.

Max Weber señala que la modernidad capitalista contiene una ética

no intrínseca. Viene del espíritu protestante. No toma en cuenta que la

é
tica de mercado (Weber, 2002, p. 494) es una ética funcional que pone en
marcha todo un sistema no solo justificándolo, sino introduciéndose como

práctica cotidiana. Condiciona la ciencia en general y las ciencias sociales

en específico, con un aire aséptico. Benjamin (
capitalismo como religión), por
su parte, sostiene que el capitalismo no solo hereda determinada religio
-
sidad, sino que estructuralmente la reemplaza, la fagocita para apropiarse

de ella, es decir, toma la estructura, le cambia los contenidos, su dios(es),

sus sacramentos, sus ritos. Hinkelammert hace eco de esto para decir que

la modernidad capitalista hereda el
termidor cristiano, el cual consiste en
la fetichización del cristianismo en cristiandad a partir de la introducción

del dualismo griego, lo que trae consigo la condena del cuerpo (en es
-
pecial, del cuerpo «femenino»), la imperialización romana y la apertura

sacrificial de la
modernidad en cuanto colonización, primero, y después como
colonialidad
para los pueblos del sur global.
La espada y la cruz (fetichizada) invaden y despliegan en la moderni
-
dad
un sistema-mundo. Tenemos parte de la ecuación: colonialidad-cristian-
dad-violencia
. No obstante, todavía falta un elemento crucial en los rieles de
comprensión de cómo se estructura y qué significado tiene para América

Latina la
violencia. La «modernidad» que los europeos reconocen como tal
es la de la Revolución francesa, la Revolución industrial, la Ilustración, el

Renacimiento o algún otro evento intrasistémico a la totalidad intraeu
-
ropea (Weber). Estas condiciones no le dan a la modernidad
una escala
global y menos se le puede atribuir las repercusiones que sus defensores
413QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

pretenden (Habermas). Sin embargo, uno de sus procesos logró relativa

universalización: la secularización-secularismo. Esta secularización se da

en la estructura del pensamiento de la cristiandad como dualismo antro
-
pológico (en donde el cuerpo es lo despreciado, lo oprimido) contrario a

las raíces del cristianismo.

A la secularización de la religión y la razón le siguió el fetichismo. La

religión para entonces era una religión fetichista. No fue una época de las

luces la que advino, sino una segunda edad oscura europea, que esta vez

se encargaron de imperializar. Separaron aquello en lo que la gente creía

de lo que se considera ciencia, filosofía, etc. La cuestión é
tica se apartó del
pensamiento y la práctica, de ser un nodo reflexivo pasó a ocupar un lugar

tangencial bajo el rótulo de lo «subjetivo», reducida a la esfera privada y

opacada al nivel de deontología según cada especialidad. El secularismo,

que al parecer significa un alejamiento de la cuestión religiosa, en realidad

es una expropiación a la religión de su lugar soberano en la civilización

occidental. No hay una nueva estructura que reemplace al impuesto en si
-
glos de dominación religiosa. Se decapita a esta conservando su lógica. Lo

que no está acorde es excluido con más drasticidad que en tiempos de la

inquisición. Por ejemplo, si la ciencia concibió a la naturaleza como recur
-
sos naturales, toda versión es animista, pre-moderna, atrasada, cósmica. Se

trata de hacer ver que hay una versión de ciencia que domina y ata al ser

humano a ser verdugo de sí mismo y de la naturaleza. Un nuevo dios(es)

precisamente. Y también se ser conscientes que la humanidad ha realizado

logros científicos de liberación frente a la violencia. No obstante, la crítica

de la violencia epistémica y el genocidio de saberes conforma gran parte de

lo que es la violencia histórica. Decía Benjamin: «todo documento de cultu
-
ra es un documento de barbarie» y «cuando la derrota adviene, ni siquiera

los huesos de los vencidos están a salvo». Con ello advertía del peligro histó
-
rico al que están expuestos los pueblos del mundo cuando una dominación

imperial impone y roba, extermina y recrea la historia universal
(12).
La ecuación anterior suma un factor más:
colonialidad-cristiandad-vio-
lencia-secularizaci
ón (secularismo). Sin embargo, esta última categoría
parece inapropiada, pues al advertir la crítica de Benjamin se comprende que

(12)
La división encubridora de la historia en tres etapas (edad antigua, edad media, edad
moderna) es una operaci
ón emblemática al respecto. Comprensión concebida por los
rom
ánticos alemanes practicada en todos los niveles educativos y buena parte del
mundo sin reparo cr
ítico hasta hoy.
414Girón Mego, Frank David
el capitalismo no solo es un horizonte civilizatorio que impone económica

y políticamente, sino una religión. No una religión en sentido secularizado

con influencia en las creencias personalísimas, sino en el orden cotidiano,

mundano. Una
religión total que diseña sus propios ritos tiene una econó-
mica, una política, un derecho, etc. Fagocitó el cristianismo, lo pervirtió

en cristiandad y además emplea su estructura, reemplaza su dios y se re
-
lanza como la conquista civilizatoria que rescata a Europa y el mundo de

las tinieblas medievales. Su pretensión redentora de las vendas teológicas

justifica un sistema de opresión y exclusión que empieza negando su con
-
dición esencialmente espiritual a pesar que se introduce en la práctica

cotidiana de las gentes. La ecuación, hasta el momento, queda así:
colonia-
lidad-cristiandad-violencia-fetichismo
.
Esto nos devuelve al punto de argumentación inicial, cuando hacía
-
mos referencia a la inauguración sacrificial del mundo moderno. Se en
-
cubre o arropa las estructuras coloniales con discursos de democracia y

libertad. Las 11 mayores industrias del crimen tienen a un dios común:

la ley o la lógica de la ganancia. Drogas, guerra, petróleo, banca, alcohol,

falsificaciones, trata de personas (y conexos: prostitución, pornografía, ex
-
plotación laboral, etc.), farmacéutica y otros se basan en someter al ser

humano a relaciones en las que es un ser humillado (Marx 1968, p. 15),

abandonado, sojuzgado, envilecido, vendido, violentado, asesinado. El feti
-
chismo del enriquecimiento ha corroído las estructuras de la modernidad

en su inicio y núcleo (no-ético), lo que permite que los
males que anidaban
en la humanidad se desencadenen en un flujo denso de injusticias que

permiten; por ejemplo, que 10 000 niñas y niños mueran cada día de ham
-
bre o desnutrición.

Basamento de estas injusticias, de Max Weber (2002) vino una con
-
cepción peculiar del
poder de la que se apropiaron investigadores, cientistas,
académicos y políticos. Se haría hegemónica. El
poder es dominación entre
obedientes
. Esta concepción desprotege al ser humano y reprime la discusión
sobre la
legitimidad del poder. Alienta la resignación a la dominación. Postula-
ciones recientes, desde las mismas voces de los dominados (los zapatistas

en México, la Revolución ciudadana en Ecuador, la Revolución bolivaria
-
na en Venezuela y el Plurinacionalismo en Bolivia) del mundo colonial-

moderno, se pronuncian catalogando esta pretensión instrumental como

antiética y encubridora de otras versiones posibles de
poder. Otras versio-
nes no parten de un núcleo antropológico agonístico ni de disputa del
po-
der
o de imposición de este sobre las «masas», sino de un núcleo ético-mítico
415QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

que estima la manera cotidiana en que el ser humano se desenvuelve con

los demás: necesita no solo creer (sentir, pensar) en su
ser, su existencia,
necesita creer en su comunidad, en sus semejantes, en la naturaleza.

La violencia puede ser legitimada, legalizada o justificada. Hannah

Arendt postuló la
banalidad del mal como la forma cotidiana en que los
agentes de la violencia la practican cuando tienen una
ley que dispone, dis-
culpa y organiza su actuación. Se trata de cumplir la ley mediando el
deber
kantiano
de su mera enunciación antes que por la bondad de su enunciado
(contenido). Ese fue el caso nazi. Otros autores, como Max Weber, no vie
-
ron a la violencia con ojos de moralidad, sino que, al explicarla desde una

posición de neutralidad, era factible tomarla como un medio imparcial y

objetivo, cuyo uso y legitimidad depende del más fuerte, el más demagogo

o el más carismático. Esta forma de abordar la violencia la conduce a ser

un elemento del poder o una de sus expresiones o su esencia y no a una

perversión o inversión de este. ¿Es posible transponer la
fuerza a la violencia
y, en última instancia, evitar caer en la indiferenciación entre
derecho y vio-
lencia
a través de un posicionamiento ético?
Si por una parte establecíamos la relación histórica entre
colonia-
lidad-cristiandad-violencia-fetichismo
, por otra, corresponde deslindar de
la consideración meramente negativa de la violencia dirigiéndonos al

parto de la historia, de un nuevo horizonte(s) civilizatorio(s), esto es,

sosteniendo la revolución como paradigma, como aquello que acerca la

civilización a lo nuevo liberador y abandona lo viejo dominador en la

pre-historia, se hace patente una responsabilidad con el presente. Con la

liberación
del presente a través de la radicalización de las fuerzas que com-
baten la
violencia cotidiana, que de tanta repetición se normaliza como la
«justicia que merecen» los pueblos: una intervención militar autorizada

según el derecho Internacional disfrazada de intervención humanitaria,

relaciones económicas leoninas acorde a derecho que encubren sancio
-
nes y embargos. En «la revolución […] ningún lugar le está reservado a

los sociólogos, a las gentes de mundo, amigas de las reformas sociales, a

los intelectuales que han abrazado la
profesión de pensar para el proletaria-
do[, para los pueblos excluidos y oprimidos del mundo, en su caso]
» (Sorel 1978,
p. 141), porque, si algo significa la radicalidad de la revolución, es ir a

las raíces del problema para transformar la violencia que somos, esa que

ha diseñado la historia de los últimos 500 años de colonialismo-colonia
-
lidad/modernidad y que alimenta los fetiches a los que se ha sacrificado

la vida de la humanidad y la naturaleza.
416Girón Mego, Frank David
Un pensamiento crítico acerca de la historia y actualidad de la
vio-
lencia
tiene por primera tarea transformar la concepción y el ejercicio del
poder
y el derecho. De la comprensión de «dominación entre obedientes»,
ahora se debe apostar por un
poder que no sea «servirse de lxs otrxs», sino
servir a lxs otrxs
. La crítica de la religión como rescate del cristianismo de-
venido en cristiandad ejemplifica que la crítica de la violencia deviene en

rescatar a la civilización humana de un horizonte sacrificial y suicida y en
-
rumbarla hacia un horizonte del despliegue real de la vida. Esto se puede

lograr en comunidad bajo la vocación del «mandar obedeciendo», que no

fetichiza el
poder en cuanto es servicio. Un poder como dominación que indi-
ferencia la
violencia de la justicia deja su lugar a un poder como servicio que
permite un discernimiento crítico de los dioses mundanos que gobiernan

la existencia; un discernimiento del
derecho para que siempre responda a
la demanda infinita de
justicia; una oportunidad para discutir la legitimidad
del derecho moderno,
cuya racionalidad jurídica entra en crisis civilizatoria
por la disputa del Estado, antes gendarme de determinada clase y sus inte
-
reses, ahora desregulado, privatizado y abandonado, y por la vigencia de

racionalidades jurídicas alternativas con un núcleo comunitario (Hopkins

Moreno, 2018, p. 93) que han sobrevivido y ahora toman mayor
poder.
IV. Prolegómenos para un derecho crítico

La violencia estructural, simbólica y subjetiva que configura las socie
-
dades tardocoloniales designa periferias subjetivadas, estructuradas, deter
-
minadas por el
colonialismo y después bajo la colonialidad. No le llamamos
descubrimiento, sino «encubrimiento»
de América (Dussel, 1994), por su
brutal incorporación al nuevo orden mundial a partir de 1492. Desde en
-
tonces, la
excepción ha definido la existencia de millones de seres humanos.
Las formas de control colectiva y subjetiva se han mejorado y ampliado

en la profundización de la
excepción colonial, que en los hechos se traduce
multifactorialmente como exclusión u opresión de clase, raza, género, etc.

En otras palabras, la explotación, por expresarnos en términos de un
mar-
xismo est
ándar, no ha sido la forma exclusiva de dominación, puesto que
esta se ha desplegado constituyendo subjetividades, estigmatizando corpo
-
ralidades, lacerando territorios, desubjetivando (o basurizando). De 1200

millones de americanos, la sexta parte, cerca de 200 millones viven en

condiciones de extrema pobreza. En el mundo no menos de un tercio de

la población vive por debajo de los índices de pobreza. De los 23 países de

violencia letal en el mundo, 18 pertenecen a esta región. Las bre
chas
417QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

de desigualdad en América Latina son las mayores del mundo y el número

de mujeres asesinadas es alarmante. Atestiguan la violencia las numerosas

campañas de exterminio sobre sus pueblos originarios. También se refleja

en una historia política plagada de golpes de Estado (200 aproximados),

en las dictaduras militares de la vida «republicana» que violaron derechos

humanos y cometieron genocidios y delitos de lesa humanidad. Y ahora,

durante la pandemia, la eugenesia es el tópico que definió las políticas de

muerte que permitieron el deceso de cientos de miles y hasta millones de

personas. Esta área del planeta sufre los índices de mortalidad más altos:

de seis millones de muertos, América ostenta el 50 %. El número oficial de

muertes solo en Perú representa casi el total de África (aproximadamente

250 mil fallecidos). Esta realidad no produce un «genocidio por goteo»,

como diría Zaffaroni, sino «genocidios a chorro». En más de 20 años de

guerra interna en Perú durante los 80 y 90, según el informe final de Co
-
misión de la Verdad y Reconciliación, fueron asesinados cerca de 70 mil

personas. Ahora en menos de tres años de pandemia, la cifra oficial es tres

veces mayor. Y eso que la cifra real no se conoce y posiblemente triplique o

cuadriplique las 215 mil muertes contadas. Es decir, estamos hablando de

cerca de un millón de personas, lo que significa que, de cada 30 peruanos,

uno murió durante la pandemia. Claramente, esta nueva especie de geno
-
cidio es una cuestión estructural y del horizonte civilizatorio moderno al

que nos hemos intentado aproximarnos. La
excepción, como decíamos, es
la regla. Se indiferencia excepción de normalidad. ¿Volver a la «normali
-
dad» previa al COVID-19? ¿Qué significa volver a las condiciones, ahora

más drásticas, que hicieron posible la muerte de un millón de peruanos?

¿Qué normalidad se nos vende con la parafernalia mediática? ¿No es

acaso la
excepción manufacturada como normalidad?
Hemos señalado la apertura sacrificial como el modo en que la do
-
minación de unos sobre otros colocó a los inferiorizados, minorizados,

excluidos y oprimidos de la colonial modernidad en un
estado de ex-
cepción
constante (Marcuse, 1965). Estudiar esta excepción cotidiana es la
apertura que el pensamiento crítico ha permitido en el derecho, en lo que

se puede entender como una criminología crítica. El estudio de la
norma-
lidad
de la violencia era la excepción; ahora se busca combatir esa especie de
violencia m
ítica (Benjamin) que exige constantes sacrificios de sangre en
la modernidad sacrificial. No se trata de negar todo tipo de violencia, por

lo que habría más bien que subrayar su diferencia de lo que se comprende

por
fuerza. Solo así se transitará de la violencia al derecho y derecho a la justicia.
418Girón Mego, Frank David
Como decía Freud (1932), «un camino ha llevado de la violencia al dere
-
cho, ¿pero, cuál? No hay más que uno, a mi juicio, y es el que muestra que

varios débiles unidos pueden hacer frente a uno más fuerte: “La unión

hace la fuerza”» (s. p.)

En última instancia, esa
fuerza de los débiles que deviene en derecho es
lo que nos permite decir que el obedecer se basa en un mandato de
autono-
m
ía y servicio y no en uno de violencia. Y ello nos acerca a ser pueblos libres,
dejar de sufrir las penurias normalizadas que en la
modernidad se aceptan
como fatalidad de su dios(es). La violencia es determinada por política,

economía, cultura, sanidad, educación, derecho y a su vez determina estos

campos. Una multiplicidad de factores diseña las violencias que se nor
-
malizan, biologizan o naturalizan dependiendo del dispositivo empleado

por los discursos mediáticos y seudocientíficos. El
complejo de inferioridad
(Grosfoguel, 2009) fue instaurado por un sistema de dominación de siglos

e imprimió, en el cuerpo y la mente de las poblaciones del Sur global, un

auto-desprecio frente al dominador y sus herederos. La lógica es mirar

afuera y decir lo que viene de otro lado es mejor, que la
culpa de nuestro
subdesarrollo
es la cruz de sociedades débiles y ociosas que determinan su
propio atraso. Esta
transferencia de culpa también, vista en términos de ma-
lestar en la cultura
en cuanto síndrome de nuestras gentes y pueblos, es una
extensión de la
violencia fundacional. El trayecto de la violencia no se detie-
ne e informa el saber que empleamos para explicar nuestra dominación.

Los epistemicidios, como se le conoce, refieren la violencia epistémica o

teórica en términos generales.

La violencia tiene diversas expresiones, con especial mención en la

economía y la política. Ambos intrínsecamente relacionados desde el inicio

de la colonia persisten en sus efectos durante las emancipaciones latinoa
-
mericanas en la elaboración de un ordenamiento jurídico
nuevo. Durante
la vida «republicana», Latinoamérica sufre 200 golpes de Estado, en los

que directa o indirectamente participa el imperio estadounidense. La úl
-
tima vuelta de tuerca que la modernidad capitalista dio al mundo —nos

referimos al neoliberalismo— fue también brutal. La
excepción neoliberal
se implantó en la
excepción colonial. Precisamente, la emergencia global
del neoliberalismo inicia sacrificialmente con el golpe de estado a Allende

en Chile, el 11 de setiembre de 1973, lo cual viene a agravar las pésimas

circunstancias de violencia generalizada. La pos-soberanía estatal (Zaffa
-
roni y Dias, 2019, p. 114) somete los pueblos al capricho de los intereses

capitalistas imperiales y el de las corporaciones.
419QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

La denuncia de la violación sistemática de derechos humanos en

nuestra región no se reduce a un ejercicio enunciativo. Esas prácticas evi
-
dencian los rasgos comunes de la
violencia total que pasa por micro expre-
siones hasta las más graves manifestaciones de orden macrosocial. Ahora

bien, se mantiene sempiterna la pregunta por las fuentes de esa
violencia:
¿qué alternativas críticas nos podemos proponer desde el
derecho? Para no
desligarnos del ámbito criminológico, que compete inmediatamente al

derecho, Romagnosi (citado en Baratta, 2004) dice que el mayor esfuerzo

de la sociedad debe dirigirse a la prevención del delito (p. 28). Prevención

que tiene que ver con la
violencia. Esto quiere decir que hay una unidad
práctica indisoluble entre
saber (ética, filosofía, política, economía, dere-
cho, criminología, etc.),
poder (legislación efectiva de un país, su política
criminal, el horizonte civilizatorio que subsume el saber en sus campos

prácticos con el diseño de un régimen de verdad) y
ser (nuestro carácter
social, nuestras pulsiones, el sentido de mundo, nuestro
logos y mythos con-
creto, etc.). Esta simbiosis de
saber/poder/ser ha determinado y justificado
un ejercicio punitivo dirigido antes que nada a los mismos violentados sis
-
témica o estructuralmente.

El pensamiento crítico del derecho ha provocado la apertura de cam
-
pos prácticos antes no problematizados. La cuestión criminal obedece, por

ejemplo, a estructuras de poder económico-político-cultural, con una crí
-
tica que trasciende la
ley o lo meramente legal o ilícito. Una cultura de la
violencia
(Garland), una economía empobrecedora, una necropolítica de
poscontrol (Deleuze, Mbembe), disciplina y vigilancia (Foucault), en ge
-
neral un horizonte civilizatorio tiene una lógica funesta para las mayorías

y para ciertas «minorías». En este contexto, el
análisis crítico del derecho debe
empezar por cuestionar las reglas de constitución de su propio saber para

relanzar la teoría al servicio, como instrumento de liberación, de las luchas

(Pavón Cuellar 2019, p. 29) de los pueblos del mundo. La «demanda de

escucha», como le diría Luc-Nancy (2007), que plantea la realidad sufrien
-
te al saber, le obliga a responder con responsabilidad ética. Por el bien de

todos, «primero los pobres», dicen hoy en México. Las políticas atienden

el malestar y provocan el bienestar en la cultura.

Fundar un pensamiento sobre la
violencia, el derecho y su fuerza com-
prende la radicalidad de ir a las raíces del problema y su huella civilizato
-
ria. En tal sentido, parte de colocar el
saber/poder al servicio de la vida (el
ser
); de mutar la concepción del poder que se hereda de la inversión (o
perversión) del cristianismo en cristiandad y de ontologías y antropo
-
420Girón Mego, Frank David
logías que conciben al «hombre como lobo del hombre» (expresión que

siempre se puede responder con «ni siquiera el lobo es el lobo del lobo»,

menos va a ser el humano el lobo del mismo humano), y, por lo tanto, del

poder
como dominación (entre obedientes).
La prematuridad humana hace de nuestros grandes logros hazañas

que todavía no podemos celebrar. La prehistoria la fijan algunos entre los

momentos de piedra y fuego de nuestra civilización. Sin embargo, lo ca
-
racterístico de nuestra Edad es la
violencia, la cual se agudiza en la coloniali-
dad/modernidad
y determina un momento de inflexión en el que decidimos
nuestro destino. Freud decía que «el primer requisito de la civilización es

la justicia»; y si por
justicia entendemos el remedio de la violencia, sin descar-
tarla como
fuerza, se puede entender que nuestra prehistoria es la violencia y
que la superación de este horizonte mítico sacrificial es el salto civilizato
-
rio que la humanidad espera entre tantos dolores de parto.

Si la
justicia es la respuesta a nuestro malestar actual, ¿qué instrumento
pol
ítico podemos pensar para su realización? En respuesta a las inquietudes
de Einstein sobre la guerra, Freud (1932) sostiene lo siguiente:

Sabemos que esa situación ha ido evolucionando y que un camino

ha llevado de la violencia al derecho, ¿pero, cuál? No hay más que

uno, a mi juicio, y es el que muestra que varios débiles unidos pue
-
den hacer frente a uno más fuerte: «La unión hace la fuerza». Así, la

unión socava la violencia; la fuerza de esos elementos reunidos re
-
presenta el derecho, en oposición a la violencia de uno solo. (s. p.)

Esta unión de los débiles debe ser estable y duradera, debe organizar
-
se y establecer instituciones que prevengan futuras violencias con el riesgo

presente de que esa
fuerza, que ya no es la del más poderoso, se convierta
en
violencia de la comunidad y volvamos así al mismo problema. Para evitar
esto, el criterio no puede ser el establecimiento de la ley y su enunciado,

sin que el enunciado de esta y su cumplimiento deje de manifestar las pro
-
fundas aspiraciones de
justicia.
La reflexión del derecho
como análisis de la violencia no es única del
derecho penal, informa los orígenes y estructura de todo el derecho. No

se restringe a lo
legal, lo trasciende y nos lleva al meollo de la legitimidad
en el ejercicio del poder, lo cual involucra asumir una postura ética y un

posicionamiento epistemológico y antropológico. Enunciar situadamente

con un
locus enuntiationis es expresar con responsabilidad el desde dónde,
421QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

desde quienes
y para quiénes se hace teoría crítica. Esto propone el giro
descolonial imponiéndonos el reto de la descolonización efectiva de las

estructuras coloniales del
saber, el poder y el ser que permean nuestras re-
laciones, incluida las que funda el
derecho y las que fundan derecho.
Con las funciones de instaurar y mantener el
derecho, la violencia tie-
ne vigencia; no obstante, instaurar y mantener
derecho por el mero de-
ber
no justifica la necesidad de su vigencia. ¿Qué instaura la necesidad del
derecho
? «al ejercer […] poder sobre la vida y la muerte, el derecho se
fortalece mucho más que con cualquier otra práctica». (Benjamin 2007,

p. 192). Una vez más, ¿la fuerza justifica el derecho o es más bien su «ins
-
trumento» en favor de los débiles o, tal vez, el derecho sea el ejercicio

reglado de la fuerza?, ¿el derecho mismo no es instrumento acaso, una

astucia de la vida? Al igual que la crítica a los mecanismos de
policía y al
borramiento de la
política, en el caso del derecho, la crítica denuncia la
indiferenciación que conduce a su vigencia por la mera
violencia de su
forma
y no por la fuerza de su contenido o su justicia. Urge diferenciar esta
fuerza
(de los débiles) de la comunidad de la violencia (del poderoso), que
no puede fundar
derecho en sentido crítico, aunque pueda llegar a tener
vigencia, aplicación y hasta seudo-aceptación debido al
terror (y horror) y
la
culpa que impone. La legitimidad le estará negada en tanto violencia. El
análisis de la
violencia se desenvuelve como crítica del poder que permite
diferenciar la
fuerza del derecho de la violencia de la dominación.
Desde un posicionamiento filosófico y antropológico indiferenciar

poder, fuerza y violencia nos puede llevar a confundir la caída de una

piedra con un asesinato, como al primer Wittgenstein. La fuerza del dere
-
cho (si es el derecho de los débiles) viene de oprimidxs y excluidxs (ne
-
gatividades) cohesionados en la condición de agente político en lo que se

conoce como
pueblo. Defendiendo lo sagrado: “la vida” (Benjamin 2007, p.
204), nuestra táctica es el proceso inverso al propuesto por Agamben en

cuanto apunta a la desacralización de los dispositivos de dominación. An
-
tes que hacer caer los dioses mundanos o, en todo caso, a la par se trata de

elevar aquello que está por los pisos: la vida humana y natural. «Una nueva

edad histórica se alza así sobre la quiebra de este ciclo» (Benjamin 2007, p.

205) de violencia en el que la mera vida da paso a la existencia humana

plena a través de la implementación de un
derecho otro, un débil derecho, el
derecho de los
débiles. Un derecho crítico con las relaciones sociales, políticas,
económicas que en un primer momento lo definían y reducían a ser su re
-
flejo aséptico, sin compromiso, indiferente a la é
tica: no crítico.
422Girón Mego, Frank David
Derrida (2008) señalaba que «para ser lo que es,
la ley necesita de las
leyes
que sin embargo la niegan, en todo caso la amenazan, a veces la co-
rrompen o la pervierten». (p. 83). Algo similar sucede con ese
derecho que
se propone como
otro derecho, derecho del otro en la medida que fundamenta
su legitimidad en la
fuerza de las víctimas del derecho vigente. El derecho
necesita de la
fuerza, aunque esta amenace con corromperlo o perver-
tirlo cuando se inscribe en relaciones de poder que hacen devenir
vio-
lencia
(ilegítima) del poderoso. «Toda violencia mantenedora del derecho
indirectamente debilita a la violencia instauradora del derecho» denuncia

Benjamin (2007, p. 205). Es acrítica al pretender mantenerse como mera

ley
(legalidad) y no como derecho (legitimidad). El derecho no son las leyes que
lo componen, es la unión, la
fuerza y perseverancia en la justicia de los débiles.
La
fuerza es una vocación en o del derecho en la medida que sirve a la vida
de quienes con la
ley eran violentados. Si la violencia inaugura la modernidad
como colonización y la mantiene como
colonialidad, la crítica de la violencia
será el salto civilizatorio que sustraiga de esa historia sacrificial nuestro

destino y el
derecho a la justicia.
La reflexión sobre la
violencia del derecho y su indiferenciación (apa-
rente) con la
fuerza del derecho permite un salto adicional en la discusión
y crítica del derecho rumbo a un
derecho crítico. Si la fuerza es un instru-
mento del
derecho crítico, la problemática de la legalidad en su actuación
se redirige a algo más primordial y radical: la
legitimidad. La superación
del paradigma de la ley
pasa por un debate de la legitimidad del derecho.
Y esta legitimidad
no es una cuestión de mayorías, sino de participación
democrática en la vida de la comunidad. Involucra, por lo tanto, dis
-
puta, disenso (para criticar, para destruir lo dominador), pero también

consenso crítico para crear, para innovar lo liberador, para organizar su

factibilidad acercándonos a la
justicia y alejándonos del actual paradigma
biopolítico o, mejor dicho, necropolítico del «dejar morir, hacer morir»:

el neoliberalismo, máxima expresión socio-económico-político-jurídica

de la edad colonial/moderna capitalista.

En el mundo existen espacios que pueden asumirse como «campos

de concentración» (Agamben, 2016). Este paradigma se fija dentro de

un marco mucho más general: la
guerra. Una guerra histórica, cotidiana
y ubicua. La reflexión crítica del
derecho moderno a partir de la transfigura-
ción de la
violencia en fuerza y el rescate de la negatividad que encubre la
423QUAES TIO IU R IS N° 11N° 11
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Reflexiones sobre la violencia y el derecho moderno

exterioridad
de la vida nos posiciona en un nuevo momento de la creación
del derecho: un derecho que ya podemos llamar
derecho crítico. Una totalidad
que no se cierra sobre sí misma y con suficiente apertura para transformarse

buscando ser
el derecho a la justicia que necesitan nuestros pueblos.
V. Conclusiones

La reflexión geopolítica demuestra que la violencia es el motor de la

historia y que pensar el derecho en estos términos es una necesidad teóri
-
ca para evitar la fetichización de cualquier sistema jurídico.

La categoría
exterioridad hace referencia al materialismo de la corpora-
lidad viviente (humana) en cuanto
fuente de la reflexión del saber, el poder
y el ser que informan la creación del derecho y su ejercicio obediencial en

favor de oprimidos y excluidos. Por lo tanto, desde la
negatividad sistémica
viene una interpelación ética infinita de justicia hacia el derecho en cuanto

totalidad totalizada
, cuya respuesta deviene en una transformación crítica.
La modernidad contiene una veta de dominación de la corporalidad

viviente que hereda del dualismo de la cristiandad en donde el cuerpo es

subyugado y despreciado. El derecho también reproduce esta lógica en

su formalismo exacerbado y alejamiento aséptico de los cuerpos y terri
-
torios supliciados por la modernidad. No se preocupa por la justicia, sino

por ordenar y garantizar el orden vigente. Esta verdad de su ejercicio fue

encubierta en términos racionalistas y seculares, y dejó en el entresijo de la

crítica la posibilidad de denunciar el fetichismo que siguió reproduciendo.

El
termidor cristiano, heredado y fagocitado por el capitalismo, consiste
en la condena del cuerpo (especialmente el de la mujer), la imperialización

(romana) y la apertura sacrificial de la
modernidad en tanto colonización,
primero, y después en cuanto
colonialidad determina también la concep-
ción y
ejercicio del derecho como ejercicio de violencia.
Un pensamiento crítico acerca de la historia y cotidianidad de la vio
-
lencia tiene por primera tarea transformar la concepción y el ejercicio del

poder
y el derecho. El poder es, ante todo, servicio a lxs otrxs, a la vida de lxs
otrxs. Eso requiere un derecho que implemente la fuerza necesaria para

asegurar y mantener no un orden vigente o
statu quo, sino los medios
necesarios para la vida de lxs otrxs. Parafraseando a Shakespeare, citado

por Marx, este decía: me quitan la vida si me quitan los medios necesarios
424Girón Mego, Frank David
para re-producirla. A esta labor de aseguramiento de la
vida y sus medios
debe estar avocado un derecho crítico, un derecho de la liberación de los

medios de la vida.

Antes que hacer caer los dioses mundanos de la
modernidad —o, en
todo caso, a la par—, se trata de elevar aquello que está por los pisos: la
vida.
Una nueva edad histórica quiebra el ciclo de la
violencia, en el que la mera
vida da paso a la existencia plena a través de la implementación de un

derecho de los débiles
. Derecho crítico con las relaciones sociales, políticas, eco-
nómicas, que en un primer momento lo definían y reducían a ser su reflejo

aséptico, sin compromiso, indiferente a la é
tica.
VI. Referencias

Agamben, G. (2016).
Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Pre-textos.
Arendt, H. (1970/2006).
Sobre la violencia. Alianza.
Anónimo (2020, 17 de marzo).
Herbert Marcuse / Epílogo de «Para una críti-
ca de la violencia y otros ensayos» de Walter Benjamin
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