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REVISTAREVISTA
Enfoque teórico y político de las corrientes feministas del siglo xx
Enfoque teórico y político
de las corrientes feministas del siglo xx
Theoretical and political approach
of twentieth-century feminist currents
g
odoy boy,godoy boy, FannyFanny((**))
VáSQuez caSTillo,VáSQuez caSTillo, YeisonYeison((****))
SUMARIO: I. Introducción. II. Genealogía del feminismo en el siglo
XVIII. III. Los rostros y discursos del feminismo del siglo XX. 3.1. Si-
mone de Beauvoir: el segundo sexo. 3.2. Feminismo liberal. Betty Frie-
dan: «el malestar que no tiene nombre». 3.3. Feminismo radical. Kate
Millet: política sexual. 3.4. Feminismo socialista. Heidi Hartmann. 3.5.
feminismo cultural. Nancy Chodorw, Carol Guilligan y Sara Ruddick:
(*) Abogada y psicóloga. Magíster en Ciencia Política, con mención en Democracia y
Gobierno, por la Universidad Autónoma de Madrid, España. Actualmente es inves-
tigadora del Instituto Peruano para la Concertación y el Desarrollo y docente de la
Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Cajamarca,
Perú. Correo electrónico: fanny.godoy@ipcodeperu.com. https://orcid.org/0000-0001-
6307-6510.
(**) Sociólogo. Magíster en Ciencia Política, especialidad en asuntos públicos (Ingeniería
de la Concertación) por la Universidad Panteón Sorbona. Maitrise en Ciencias Sociales
por la Universidad de Bordeaux, Francia. Actualmente es investigador del Instituto
Peruano para la Concertación y el Desarrollo. Docente de la Universidad Nacional
de Cajamarca, Perú. Correo electrónico: yeison.vasquez@ipcodeperu.com. https://
orcid.org/0000-0001-8744-2941.
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el pensamiento maternal. 3.6. Feminismo de la diferencia. Lucy Irigay.
3.7. El feminismo institucional: ¿por qué no? 3.8. Postfeminismo. La
teoría queer. Judith Butler: el género en disputa. 3.9. Feminismo en
el siglo XXI: la reingeniería continúa. IV. Conclusión. V. Referencias.
Resumen: El origen del feminismo se remonta a los ideales de libertad,
igualdad y fraternidad asociados a la revolución francesa. Este contexto
sirve para la exposición pública de la situación que vivían las mujeres y de
su posición dentro de una sociedad que las rechazaba por considerarlas in-
feriores al hombre; de ahí las amplias brechas de las mujeres en contraste
con los hombres, incluso en la actualidad. Este artículo analiza a las prin-
cipales corrientes teóricas y representantes del feminismo del siglo XX, y
expone el pensamiento y la construcción de la teoría política feminista, no
sin antes hacer referencia a las pioneras Olympe de Gouges y Mary Wolls-
tonecraft en el siglo XVIII. Finalmente, dejamos en agenda el feminismo
del siglo XXI, sus líneas de visibilización e incidencia y la necesaria conti-
nuación de una reingeniería que es necesario persista.
Palabras clave: teoría feminista, representantes del feminismo, pioneras
del feminismo
ABSTRACT: The origin of feminism goes back to the ideals of liberty, equality and
fraternity associated with the French Revolution, context that served as a public
exhibition of the situation women lived and their position inside a society that re-
jected them as inferior to man, hence the wide gaps of women in contrast to men,
even today. This article analyzes main theoretical currents and representatives of
twentieth-century feminism, exposing the conception and construction of feminist
political theory, not before referring to pioneers Olympe de Gouges and Mary Wolls-
tonecraft in the eighteenth century. Finally, we leave on the agenda the feminism of
the XXI century its lines of visibility and incidence and the important continuation
of a reengineering which is necessary persist.
Key words: feminist theory, representatives of feminism, pioneers of feminism
I. Introducción
La geneaología del feminismo se remonta al siglo XVIII y se asocia a las
corrientes de los ideales de liberté, egalité et fraternité; época en la que se evidencia
la situación de la mujer en las diversas esferas de su vida en contraste con los
varones. Actualmente, el término «feminismo» sigue prejuzgado en negativo,
es considerado impertinente, desagradable y hasta innecesario. Precisamente,
por ello, es importante afirmar que el feminismo representa una teoría política
y un movimiento social orientado a lograr la igualdad formal y material entre
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hombres y mujeres en sus diversos espacios, en tanto reconoce las brechas per-
sistentes y una serie de problemas psicosociales derivados de la discriminación
estructural histórica de las mujeres en el mundo.
Hacia finales del siglo XIX, y durante el siglo XX, se gesta una lucha de las
mujeres por el reconocimiento de sus derechos, específicamente el derecho al
voto, marcado por movilizaciones multitudinarias, huelgas de hambre, irrumpi-
mientos en acciones políticas de los partidos de aquel entonces, enfrentamientos
con la policía, etc. El estallido de la Primera Guerra Mundial retrasa este recono-
cimiento hasta 1915, año en el que Dinamarca es el primer país en reconocer el
derecho al sufragio y así, sucesivamente, se van sumando otros países, los cuales
incluso recién reconocen este derecho después de la Segunda Guerra Mundial,
nuestro país lo hace, aunque con algunas restricciones, en 1955.
Luego de lograr el reconocimiento de sufragio, las mujeres continúan con
su lucha por el reconocimiento de derechos, se organizan y ponen en debate su
búsqueda por la igualdad y su reconocimiento como ciudadanas. Como señala
Cristina Sánchez Muñoz (como se citó en Ávila Francés, 2013), dos temas sirven
de eje tanto para la movilización como para la reflexión teórica de esos años:
El primero viene representado por el lema tantas veces invocado de lo
personal es político, con el que se quería poner de manifiesto que los con-
flictos y problemas que las mujeres afrontan en el ámbito privado son
fruto de un programa político (al estilo foucaultinao). El otro gran tema,
relacionado con lo anterior, es el análisis de la opresión, en el que el con-
cepto de patriarcado desempeñará un papel fundamental. (p. 56)
La búsqueda de más igualdades para las mujeres, sin duda, encuentra en
el siglo XX un avance significativo, pues no solo reivindica derechos, sino que
además surgen una serie de prolijas teóricas feministas que, aunque difieren en
sus posturas, han logrado mantener vigente el debate público feminista. Estas co-
rrientes feministas han ido desde el feminismo liberal, radical, socialista, han se-
guido luego líneas hacia el feminismo de la igualdad y la diferencia, entre otras.
El presente artículo pretende abordar someramente, a través de breves pin-
celadas, en las obras y en los discursos del pensamiento de las feministas más
representativas del siglo XX. Sin embargo, iniciaremos haciendo una ligera re-
ferencia a dos figuras importantes del feminismo del siglo XVIII, quienes abren
el debate público en torno a la posición de las mujeres en el mundo; luego
abordaremos las principales ideas de Simone de Beauvoir; seguiremos con el fe-
minismo liberal y Betty Friedan; pasaremos al feminismo radical con Kate Millet;
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expondremos al feminismo socialista con Heidi Hartmann; continuaremos al fe-
minismo cultural a través del discurso de Nancy Chodorow, Carol Gilligan y Sara
Ruddick; en el feminismo de la diferencia identificaremos las ideas centrales de
su representante, Luce Irigaray; en el postfeminismo hablaremos del género en
disputa de Judith Butler, y cerraremos con las principales líneas de análisis e in-
cidencia del feminismo en el siglo XXI. Cabe señalar que la ausencia de muchas
feministas que no alcancemos a visibilizar, no supone menos importancia, sino
que implica el reconocimiento de una vasta bibliografía que requiere una exten-
sión mayor para lograr sistematizarlas.
II. Genealogía del feminismo en el siglo XVIII
Antes de iniciar con el recorrido de relevantes teóricas del feminismo del
siglo XX, resulta importante referir a dos mujeres que marcaron hitos importan-
tes en la genealogía y desarrollo posterior del feminismo, ambas nacieron en el
siglo XVIII y en aquella época a través de sus escritos ya removían las capas más
duras del sistema que las excluía.
En 1791, Olympe de Gouges se alza como la pionera del feminismo, y tras
su lucha en la revolución francesa, y al emitirse la Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano, evidencia que las mujeres seguían siendo invisibi-
lizadas y limitadas en el reconocimiento de sus derechos. Por tal motivo, llamó a
las mujeres a luchar por sus derechos —estos que no serían reconocidos sin que
las mujeres los exigieran—; y, en consecuencia, publicó la Declaración de los De-
rechos de la Mujer y de la Ciudadana, con XVII artículos; el primero prescribe:
La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales no
pueden estar basadas más que en la utilidad común. Este hecho terminó cobrando
un costo muy alto para Olympe de Gouges, quien murió en la guillotina por
exponer temas tan «sediciosos» como el trabajo igualitario, el acceso al voto, la
propiedad, la ciudadanía para las mujeres y el ejercicio de la libertad.
En esa misma época, Mary Wollstonecraft publica en 1792 la Vindicación de
los Derechos de las Mujeres, donde plantea que las mujeres debían decidir sobre sus
vidas y gozar de derechos fundamentales, como recibir educación para su inde-
pendencia económica; se muestra sumamente crítica respecto a los prejuicios y
a las ideas en torno a la inferioridad de las mujeres y todo lo que ello produce.
Además, su pensamiento contribuye al futuro análisis y construcción del género
y de la discriminación positiva.
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III. Los rostros y discursos del feminismo del siglo XX
3.1. Simone de Beauvoir: el segundo sexo
Al ingresar al siglo XX encontramos a Simone de Beauvoir, filósofa que pu-
blica en 1949 una de las obras más representativas del feminismo: El segundo sexo.
En dicha obra explora, en su amplitud, la condición de las mujeres, que acentua-
da por la sociedad y la cultura la ostenta como la otra, es decir, la construcción
de la realidad femenina como alteridad. Simone, con mucha razón, incluso para
el siglo actual, señalaba:
La relación entre ambos sexos no es la de dos electricidades, dos polos:
el representa al tiempo el positivo y el neutro, hasta el punto que se dice
«los hombres» para designar a los seres humanos, pues el singular de
la palabra vir se ha asimilado al sentido general de la palabra homo. La
mujer aparece como el negativo, de modo que toda determinación se le
imputa como una limitación, sin reciprocidad. (p. 47)
De forma detallada, en la primera parte de El segundo sexo, hace un profun-
do recorrido que inicia en los hechos y en los mitos sobre la feminidad, donde,
además, aborda datos biológicos, psicoanalíticos e históricos, los cuales eviden-
cian cómo se estableció la jerarquía de los sexos y cómo los mitos construyeron la
alteridad. La segunda parte la destina a lo que denomina «la experiencia vivida»,
donde responderá algunas interrogantes: «¿cómo hace la mujer el aprendizaje
de su condición?, ¿cómo la vive?, ¿en qué universo se encuentra encerrada?,
¿qué evasiones tiene permitidas?» (Simone de Beauvoir, 2018, p. 337).
Según Samara de las Heras (2009), Simone de Beauvoir manifiesta que es la
sociedad la que discrimina a las mujeres, por el significado que les otorga a las dife-
rencias naturales entre los sexos. Adicionalmente, construye una teoría explicativa
que explora, desde la multidisciplinariedad, la subordinación de las mujeres a par-
tir de la pregunta ¿qué significa ser mujer? para defender que no se nace mujer,
sino que se deviene mujer; es decir, que la mujer es construida socialmente más
que biológicamente, y que la construcción de la sociedad y de los seres humanos
es masculina y excluye a la mujer, quien representa la otredad. De este modo, la
mujer es el otro, lo inesencial frente al hombre, que es lo esencial.
Por otro lado, Ana de Miguel y Celia Amorós (2005) plantean que Beauvoir
describe las relaciones hombre/mujer como asimilables a las relaciones señor/
esclavo proveniente de la dialéctica hegeliana de la autoconciencia. Él es lo esen-
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cial; ella lo inesencial. Ella mantiene el rol de otredad, de la alteridad, relegada
a la inmanencia que la oprime en los diversos espacios de su vida. Otro aspecto
relevante es su crítica a las profundas diferencias entre hombres y mujeres y la
maternidad, desde un punto de vista evidentemente crítico. Simone, a través de
su célebre frase No se nace mujer, se llega a serlo, afirma que:
ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que
reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la ci-
vilización elabora este producto intermedio entre le macho y el castrado
que se suele calificar de femenino. (2018, p. 341)
Con esta frase «negaba la existencia de lo femenino, afirmando el complejo
origen cultural y social de lo que era ser mujer» (Ávila, M., 2013, p. 65).
3.2. El feminismo liberal
Avanzando al denominado «feminismo liberal», encontramos a Betty
Friedan, miembro de la Organización Nacional de Mujeres en Estado Uni-
dos, quien publica su libro La Mística de la Feminidad en 1969, donde evi-
dencia la realidad de cómo vivían las mujeres. Según Amoros y de Miguel
(2005), Friedan refiere que los diversos problemas de las mujeres responden
a la identidad femenina, cimentada en la preponderancia del estereotipo de
mujer que no logra satisfacerlas.
El efecto de la «feminidad» que anclaba a las mujeres en el rol de madre-
esposa y ama de casa devenía en negativo. A este sentimiento de frustración
creciente se le denominó «el malestar que no tiene nombre», y pone en agen-
da la condición del papel únicamente doméstico de las mujeres, oprimién-
dolas en un rol del cual no podían despegarse pues representaba el “ideal
femenino”, que además juzgaba a las mujeres que se atrevían a incursionar en
el ámbito público a través del ejercicio laboral. Con ello, la mujer abandonó su
individualidad para ejercer una suerte de “triunvirato” en el espacio privado,
su casa, a través de su rol de ama de casa, responsable de todo lo que pasaba
en este espacio: madre, entregada al cuidado y afecto de sus hijos/as y esposa
devota a las necesidades de su esposo, quien representaba el rol de proveedor
y decisor absoluto de la vida en familia.
El pensamiento y la evidencia que expuso Friedan en la mística de la femi-
nidad expuso las amplias desigualdades entre hombres y mujeres y la constante
subestimación del ámbito doméstico, al cual únicamente pertencían las mujeres.
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3.3. El feminismo radical
Hacia los años setenta surge el denominado feminismo radical, Ana de Mi-
guel (2009) señala que a las feministas radicales se les debe la inclusión del aná-
lisis de las relaciones de poder en el entorno familiar y el plano de la sexualidad
en el marco de la teoría política, acuñando “lo personal es político”.
Su principal representante es Kate Millet con su libro la Política Sexual, cues-
tionando la legitimidad del poder patriarcal, siendo el hombre quien regula las
relaciones personales y sexuales y donde la mujer es subordinada, “el dominio del
macho sobre la hembra”, en tanto es un ser no igual y expresando esta subordina-
ción tanto en el ámbito público como privado. En consecuencia, el sexo repre-
senta una categoría social, dentro de la esfera política, y es esta categoría la que
permite el dominio y la subordinación como una expresión a la que Millet deno-
minaba “colonización interior”, afianzada y reproducida en las diversas esferas
de la vida dentro y fuera de casa y que era contagiada desde el núcleo mismo de
la sociedad, la familia, a través de los procesos de socialización que implicaban
la transmisión de los estereotipos de género, las relaciones androcéntricas y el
aval desde la iglesia que afirma “el hombre es la cabeza de la familia”. Mercedes
Ávila (2013) señala que Millet, expone una tesis fundamental en el feminismo:
El patriarcado es el sistema de dominación básico sobre el que se asientan
los demás (de raza, de clase) y no puede haber una verdadera revolución
si no se le destruye; el patriarcado es política sexual; la relación entre los
sexos es, pues, política, es una relación de poder. (p. 72)
3.4. El feminismo socialista
El feminismo socialista, por su parte, explica que el poder tiene dos cimien-
tos: uno el patriarcado y dos la clase social. Por lo que establece un sistema dual
ligado a la clase y lo sexual.
Heidi Hartmann acuñó la metáfora del “matrimonio desgraciado”, con la
que hace referencia a la unión entre marxismo y feminismo, recogida en el vo-
lumen Woman and Revolution. También explica que la sola abolición del capita-
lismo no cambia la realidad social de las mujeres, quienes siguen siendo vistas
como diferentes y sin posibilidad de acceder al mundo en igualdad. Refiere,
además, que el patriarcado es histórico y, por tanto, se evidencia incluso antes
de la división de clases. Señala que el patriarcado es un sistema de relaciones
jerárquicas de dominación del hombre sobre la mujer, cimentado en el plano de
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la realidad en la fuerza de trabajo y el ejercicio de poder de los hombres hacia las
mujeres a través del matrimonio; por lo tanto, existe un sistema de dominación
masculina que trasciende lo económico y se centra en la relación de dominación
sobre las mujeres.
La conclusión de Hartmann, desde el análisis de Amoros y De Miguel
(2005), es que patriarcado y capitalismo son dos sistemas que conviven en so-
ciedad, pero no puede ser entendida si no se unen los elementos que aporta el
marxismo para entender la dinámica del capital, con los propios del feminismo
que analizan las relaciones de poder entre hombres y mujeres.
En esa misma línea, Christine Delphy orienta su análisis hacia el trabajo
doméstico (modo de producción doméstico), no reconocido, no remunerado y sub-
valorado, como la base económica y material del patriarcado que deviene en una
dependencia personal. Delphy orienta sus esfuerzos hacia el reconocimiento del
trabajo doméstico y su repercusión en la economía.
3.5. El feminismo cultural
Teóricas como Nancy Chodorow, Carol Gilligan y Sara Ruddick represen-
tan al feminismo cultural, refieren al pensamiento maternal y explican que el
rol asumido desde el género se respalda en aspectos psicológicos que arraigan
el mencionado rol, por ello el rol de madre representa la figura reproductora y
educadora en lo doméstico, esto último permite la continuidad de una estruc-
tura familiar patriarcal, donde el rol maternal responde a una ética específica.
Ávila Fracés (2013), señala:
La moral femenina está más ligada a una noción fuerte de responsabi-
lidad frente a los demás, a una noción no egoísta de las relaciones in-
terpersonales, mientras que el modelo masculino de comportamiento
moral estaría fundado en la noción de derechos respecto de una hipo-
tética justicia imparcial, distributiva, equitativa. La ética femenina sería
una ética del cuidado, de los afectos, de la sensibilidad y el altruismo, por
oposición a una ética masculina basada en la agresividad, la competitivi-
dad y el egoísmo. (p. 79)
3.6. El feminismo de la diferencia
En el feminismo de la diferencia, encontramos a Luce Irigaray, quien plan-
tea la necesidad de saber ¿por qué la diferencia sexual no ha tenido eco? Por
lo que la categoría central de su obra es el sexo. Trae al análisis conceptos del
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psicoanálisis para buscar evidenciar la realidad psicológica y social de las muje-
res que expliquen la construcción de la identidad femenina y masculina. En tal
sentido, Solá alude que “La diferencia sexual no es un hecho ni una premisa
sino la cuestión que moviliza la investigación feminista y que la lleva a rastrear
los mecanismos que han determinado su ausencia de los grandes discursos de la
historia” (2010, p. 233).
El feminismo de la diferencia plantea su crítica constante hacia la asimi-
lación de la mujer hacia el hombre. Esta resistencia a la homologación tiene
como fin permitir nuevas formas de organización social donde el centro del
análisis y la construcción institucional y social no haya provenido de lo mas-
culino. En esa línea, en Italia se acuña el término affidamento, que simboliza
la construcción de la autoridad femenina, légitimada desde la confiaza y la
dación del poder entre mujeres; en consecuencia, es “la práctica social que
rehabilita a la madre en su función simbólica” (Varela, 2019, p. 125). Surgen
otras figuras importantes como Annie Lecre, Hèléne Cixous y Carla Lonzi, esta
última publica Escupamos sobre Hegel, libro en el que emite una fuerte crítica
principalmente a la cultura patriarcal.
3.7. El feminismo institucional: ¿por qué no?
Esta corriente reconoce que la situación y los problemas de las mujeres
deben ser asumidos no solo desde los Estados que las albergan, sino desde los
organismos internacionales. Ello ha permitido que los Estados se sujeten a la
observancia internacional orientada a cambiar la situación de las mujeres en el
mundo. En consecuencia, movilizar la disrupción del sistema para cambiar una
realidad no favorable para la vida de las mujeres, era necesario para resquebrajar
las barreras androcéntricas con las cuales se había cimentado.
Hay hitos importantes que señalar, como la Comisión sobre el Estatus de
las Mujeres de las Naciones Unidas de 1946, que mantiene como fin lograr la
igualdad y empoderamiento de las mujeres (en las diversas etapas de su vida); en
1975, la I Conferencia Mundial de la ONU que abordó, aunque sin mayor eco,
educación, trabajo y planificación familiar; cinco años después la Conferencia
en Copenhague, y en 1985, en Nairobi, se fortalece un importante grupo de mu-
jeres con un agenda propia, diez años después en 1995 en Beijing, en la IV Con-
ferencia Mundial de Mujeres de las Naciones Unidas se reconoce que los dere-
chos de las mujeres eran derechos humanos. Las principales líneas de atención
fueron la pobreza, la educación y formación, la salud, la violencia, los conflictos
armados, la economía, la participación en los espacios de toma de decisión y el
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ejercicio del poder, mecanismos institucionales para nivelar la realidad, medio
ambiente, medios de difusión y los derechos humanos de las mujeres y las niñas.
A partir de entonces, también en este lado del mundo, los Estados de Amé-
rica Latina se adhieren al compromiso de trabajar por el empoderamiento de las
mujeres, este compromiso quedó expresado en la Declaración de Beijing (1995)
que señala:
El empoderamiento de las mujeres y su plena participación en condicio-
nes de igualdad en todas las esferas de la sociedad, incluyendo su parti-
cipación en el proceso de toma de decisiones y el acceso al poder, son
fundamentales para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz.
Los compromisos se orientaron al aseguramiento de un avance sostenido de
la mujer en los diferentes ámbitos que suponían su desarrollo como ser humano.
3.8. El posfeminismo
En el denominado posfeminismo encontramos a la teoría queer, represen-
tado principalmente por Judith Butler con su obra El Género en Disputa. Una de
las líneas más importantes en la teoría del queer es su crítica hacia las categorías
binarias y las relaciones de poder que de ahí se derivan. En ese marco, surgen
conceptos como la interseccionalidad y la heteronormatividad. Nuría Varela
(2019) señala que esta teoría es:
Un conjunto de ideas que sostiene que sexo y género no están inscritos
en la naturaleza humana, sino que son una construcción social, que varía
en cada sociedad y que también varía a lo largo de la vida de cada perso-
na. Por eso no clasifica en categorías universales y fijas; las personas no
son varones, mujeres, heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transe-
xuales… todas son categorías ficticias y mutables. (p. 136)
Por su parte Butler (2007), problematizó la idea de que las mujeres se con-
cebían como un grupo unificado y, más bien, llama la atención hacia su diversi-
dad originada en sus diversos contextos y realidades. En consecuencia, “aparta
la concepción de género de un modelo sustancial de identidad y la coloca en
el terreno que requiere una concepción del género como temporalidad social
constituida” (p. 188).
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3.9. Feminismo en el siglo XXI: la reingeniería continúa
Finalmente, en el siglo XXI se estructura la cuarta ola del feminismo y su
foco de atención busca poner en agenda permanente la precarización de la vida
de las mujeres, en las diversas etapas de su vida, y la violencia hacia ellas, en todas
sus formas. En consecuencia, atiende las desigualdades, la vulnerabilidad, las
brechas, las barreras de acceso, la inexcusable naturalización a nivel estructural
y desde las interacciones sociales respecto a la violencia. Sigue existiendo una ne-
cesidad de justicia y políticas públicas orientadas al logro de la igualdad real y no
solo formal, la que hoy sigue a medias. En esa línea, resulta importante referir a
Caroline Criado (2019), que a través de su libro La Mujer Invisible muestra como
los datos han configurado un mundo, aún en la actualidad, hecho por y para los
hombres, y, en consecuencia, la razón de por qué las mujeres siguen siendo la
otredad, “el segundo sexo”.
Diversas feministas han señalado que este siglo, si bien ha roto el silencio —y
ello se ha materializado en las grandes movilizaciones contra la violencia sexual
de mujeres y niñas, feminicidios, aborto legal, acceso en igualdad a los espacios
de toma de decisiones—, aún es insuficiente. Por lo tanto, es necesaria la incan-
sable puesta en obra de políticas públicas, es sus diferentes niveles, que permita
iniciar procesos de deconstrucción social para trasformar la histórica construc-
ción de la realidad desde un solo sexo.
IV. Conclusión
El feminismo es una teoría científica que busca explicar la realidad de la
mujer en su interacción con el entorno social, político, cultural y económico.
Esta teoría en su genealogía cuestiona la estructura social androcéntrica, se pre-
guntaba y pregunta ¿por qué solo los hombres son libres y no así las mujeres?,
¿por qué no tenían los mismos derechos que los hombres?, ¿por qué no podían
ser ciudadanas, con los deberes y derechos que ello implicaba?, ¿por qué objeto
de derecho y no sujetos?, ¿por qué son violentadas y asesinadas dentro de sus ho-
gares?, ¿por qué la naturalización de la violencia, en todas sus formas?, ¿por qué
las mujeres han sido excluidas, son discriminadas y subordinadas?, entre otras.
Las respuestas a estas interrogantes han caracterizado la teoría feminista, logran-
do convertirse también en teoría política y en un movimiento social de reinvindi-
cación de derechos y justicia. Su finalidad es lograr la igualdad formal y material
entre hombres y mujeres desde un enfoque institucional pero también desde los
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procesos de interacción social e individual, sin dejar de lado la mirada hacia las
mujeres desde su diversidad y en atención a sus necesidades contextuales. Por
tanto, el feminismo no integra la búsqueda de la superioridad de mujeres sobre
hombres, nada más alejado de la verdad.
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