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REVISTAREVISTA
Significado político constituyente de la declaración de independencia del Cabildo de Celendín ...
(*) Abogado, Magister en Ciencias y profesor universitario.
Significado político constituyente de la
declaración de independencia del Cabildo
de Celendín del 6 de enero de 1821
Constituent political meaning of the
independence declaration of Celendín
Council on 6 January, 1821
aliaga Díaz,aliaga Díaz, César AugustoCésar Augusto((**))
SUMARIO: I. Introducción. II. Crisis de la hegemonía del bloque do-
minante colonial y surgimiento de un bloque nacional-popular. III. La
formación de la voluntad independentista. IV. Los cabildos, la demo-
cracia directa y el poder constituyente. V. Conclusiones. VI. Lista de
Referencias.
Resumen: En el presente artículo se describe y analiza el valor político y
constituyente de la declaración de independencia del Cabildo de Celen-
dín del 6 de enero de 1821, la que, junto a otras declaraciones similares de
los órganos representativos de los pueblos del Perú, hace 200 años, gene-
raron la voluntad de constituir un Estado independiente.
Palabras clave: Cabildos. Independencia. Poder constituyente. Democra-
cia Directa.

32Aliaga Díaz, César Augusto
Abstract: The current article describes and analyzes the political and constituent
value of the independence declaration of Celendín Council on January 6, 1821,
the one that along with other similar declarations from the representative Peruvian
people organizations, two hundred years ago, give rise to the willingness for consti-
tuting an independent State.
Key words: Council. Independence. Constituent power. Direct Democracy.
I. Introducción
Es motivo de singular orgullo patriótico que cada aniversario nacional, las
autoridades locales de Celendín, al abrir la sesión solemne correspondiente, den
lectura al Acta de la Declaración de la Independencia formulada por su Cabildo
el 6 de enero de 1821, esto es con varios meses de anticipación a la más conocida
y famosa declaración y proclamación efectuada por San Martín a fines de julio
del mismo año desde uno de los balcones del Cabildo de Lima.
La declaración de la independencia del cabildo celendino no es la única en
la parte norte del país. En fechas cercanas, distintas circunscripciones adscritas
a la Intendencia de Trujillo, a solicitud del Marqués de Torre Tagle, goberna-
dor del citado departamento y por entonces entusiasta partidario de la causa
independentista(1), hicieron semejantes declaraciones solemnes: Trujillo, el 29
de diciembre de 1820; Huamachuco, el 7 de enero; Cajamarca, el 8 de enero;
Chota, el 12 de enero y Jaén el 4 de junio de 1821.
Importa comprender el momento histórico político que permitió este pro-
ceso de formación de una voluntad de los pueblos del Perú a favor de la inde-
pendencia nacional, así como la formación de un nuevo sujeto político popular-
nacional que, desafiando al bloque dominante colonial, pudo abrir el proceso
constitutivo de la primera república, en la medida que ese movimiento puede
aportar lecciones interesantes para enfrentar el proceso de grave crisis institucio-
nal que vivimos actualmente, en el que se está debatiendo la posibilidad de abrir
un proceso refundacional y constituyente de una segunda república.
(1) El caso de Torre Tagle es sintomático respecto del comportamiento inconsistente de
la aristocracia criolla. Entusiasta partidario de la independencia desde cuando menos
1808, actor directo de las batallas decisivas de Junín y Ayacucho, llegando a ser inclu-
sive presidente del Congreso de la República. No obstante, luego, por discrepancias
con Simón Bolívar, pacta con los españoles mediante negociaciones secretas para
finalizar la guerra independentista. (Basadre Grohmann, 2005, pp. 86-87)

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II. Crisis de la hegemonía del bloque dominante colonial y
surgimiento de un bloque nacional-popular
El proceso de la independencia de 1821 puede ser perfectamente com-
prendido como un proceso de crisis de la hegemonía moral y cultural del blo-
que dominante colonial; esto es, como un proceso en el marco de una crisis
orgánica de dicho bloque.
Antonio Gramsci (2000, p. 37) indica que una crisis como la señalada se ex-
presa en la incapacidad de dirección por parte de los sectores dominantes, que se
ven cada vez más empujados a emplear la coacción y la coerción para imponer su
proyecto político social, puesto que ya no pueden conseguir el consenso social en
torno a su liderazgo; lo que significa, al mismo tiempo, que las grandes masas se han
separado de los ideólogos tradicionales, pues ya no creen en lo que antes creían.
En otro texto, el citado autor italiano, remarca que la crisis de hegemonía
de la clase dirigente se produce o bien porque dicha clase fracasó en alguna gran
empresa política para la cual requirió o impuso por la fuerza el consenso de las
grandes masas (la guerra, por ejemplo), o bien porque vastas masas pasaron de
golpe de la pasividad a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en
su caótico conjunto constituyen una revolución. Por eso es que, en estos casos, se
puede hablar de «crisis de autoridad», de «crisis de hegemonía», o simplemente
de «crisis del Estado en su conjunto». (Gramsci, 1980, pp. 62-63)
En otras palabras, un proceso como el descrito implica la pérdida de la
legitimidad del proyecto político social del bloque dominante y el surgimiento
de un nuevo bloque social, construido desde los sectores hasta entonces subor-
dinados que desafían el viejo orden y se proponen reconfigurar las instituciones
políticas sobre la base de un nuevo proyecto nacional.
Alejandro Rey de Castro (2008) ha demostrado cómo en la fase final del
periodo colonial fue haciéndose evidente una cierta conciencia nacional entre
muchos peruanos, más identificados con América que con España, que sirvió
de fermento para que, en medio de la crisis del Estado Colonial Español (Re-
formismo borbónico, invasión napoleónica, interregno liberal y restauración
absolutista), se permitiera la formación de una cada vez más fuerte reivindica-
ción por la autonomía y por la independencia, expresada primero con diversos
descontentos, protestas, motines y alzamientos, luego como proyectos refor-
mistas y, más tarde, en la forma de movimientos y guerras emancipadoras, que
concluyeron en los procesos constitutivos de las repúblicas latinoamericanas
en los primeros 25 años del siglo XIX.

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Particularmente importante para el surgimiento de un momento de quie-
bre del gobierno colonial, es la coyuntura que se abre en 1808, con el intento
francés de sostener a José Napoleón Bonaparte como rey, luego de haber forza-
do la abdicación de Fernando VII. Intento sólo aceptado por las élites monár-
quicas de España e Hispanoamérica, pero rechazadas por los sectores subordi-
nados de ambos lados, que más bien, reivindicando la vieja doctrina medioeval
del pactus traslationis postularon la idea de que, a falta de rey legítimo, la sobe-
ranía se había trasladado al pueblo; y como tal, éste tenía derecho a reconstruir
el gobierno, tal como efectivamente se intentó mediante la constitución de
Juntas de gobierno locales que, aunque formalmente declaraban su fidelidad
al deseado Fernando VII, capturado en París, planteó para los americanos, en el
terreno concreto de la acción, el problema del autogobierno.
El retorno de Fernando VII al trono español agudizó esas contradiccio-
nes, ya que no sólo abolió la obra legislativa de las Cortes de Cádiz, incluyendo
la Constitución de 1812, sino que optó por una política de confrontación con
aquellos sectores americanos que reivindicaban mayor autonomía, declarándo-
los rebeldes y traidores. (Rey de Castro Arena, 2008, p. 117). Política que, en
cuanto al virreinato del Perú, tuvo un eficaz implementador en el Virrey Abascal
quien confrontó abiertamente a los rebeldes, pero intentó reafirmar, con cierto
éxito, la fidelidad de las élites criollas.
La contrarrevolución impulsada por Abascal sólo había retrasado la hora
de la independencia peruana. El triunfo de la causa independentista en Buenos
Aires y Caracas, la continuidad del clima de descontento y rebeldía en gran parte
del territorio y la ineficiente política del Virrey La Serna nos acercó a la hora
de las definiciones, a pesar que la élite criolla era la menos proclive a la opción
autonomista-separatista, impulsada más bien por sectores medios criollos y mes-
tizos que apuntaban a liderar la configuración de un bloque nacional-popular,
indispensable para la constitución de un Estado independiente.
Es en este contexto en el que hay que evaluar la importancia y el impacto de las
declaraciones de independencia de los cabildos en 1821, sin olvidar en ningún mo-
mento que los procesos políticos y sociales no son meras consecuencias de eventos
externos, sino que son fruto de sus propias contradicciones y circunstancias.
III. La formación de la voluntad independentista
La declaración a favor de la independencia por parte de los pueblos del
Perú, no puede ser visto como un evento espontáneo y puntual. En realidad,
fue fruto de un proceso largo y complejo en el que confluyen, cuando menos,

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el creciente sentimiento de peruanidad entre los sectores criollos y mestizos, así
como la progresiva conciencia acerca de que el gobierno colonial no era ya el
adecuado para la realización de sus intereses materiales y morales.
La formación de la conciencia nacional es, por si mismo, un proceso de
largo alcance y de carácter más estructural, en la medida que implicó un progre-
sivo distanciamiento en el cual, como señala Rey de Castro Arena (2008, p. 24),
«los americanos se dieron cuenta de su propia identidad, tomaron conciencia de
su propia cultura y se hicieron celosos de sus propios recursos, es decir fueron
adquiriendo una personalidad nacional».
La convicción sobre la necesidad de reformar o revolucionar el gobierno
colonial también fue fruto de muchos desengaños, que fueron sedimentando la
conciencia del carácter opresor y abusivo de la estructura política virreinal.
De hecho, diversos descontentos, conspiraciones varias y algunos alzamien-
tos populares ahogados a sangre y fuego, intentados por diversos sectores subal-
ternos, fueron socavando la legitimidad del gobierno colonial.
Waldemar Espinoza (2018, pp. 19-144) reveló una larga lista de alborotos y
rebeliones indígenas y mestizos en el entonces Corregimiento de Cajamarca, en-
tre los años 1756 a 1821, los mismos que si bien no tuvieron en la mira directa la
ruptura con el gobierno colonial, si aportaron a formar, progresivamente, entre
los actores sociales de aquellos movimientos la conciencia de la necesidad de su
reforma o transformación.
Celendín no fue ajeno a ese ambiente de revueltas que anteceden a las luchas
por la independencia. En la citada tesis de Espinoza (2018, pp. 77-82) se recuerda,
por ejemplo, los alborotos contra los repartos, alcabalas y tributos ocurridos en el
año de 1775, en el que pobladores de los diversos estamentos del entonces curato
de Celendín: criollos, mestizos e indígenas se revelaron en contra de los abusos
perpetrados y permitidos por el corregidor, sus recaudadores y repartidores, espe-
cialmente por el cobrador Raymundo Pereyra. Destacando el rol que le cupo en
aquella revuelta a las familias Araujo y Silva, cabecillas de las reclamaciones y a don
Francisco Javier de Alvarado y Esquivel, vecino del pueblo de Balsas, que fue nom-
brado Juez de comisión para averiguar los abusos denunciados por la población.
Siendo el caso que Alvarado, por fuerza de su genio idealista, excediéndose
claramente en sus funciones, liberó a los afectados de los tributos reclamados,
aunque luego fue desconocido por la autoridad que le delegó tal comisión y lo
persiguió sin lograr detenerlo, al haberse asilado en el convento de La Merced
de Chachapoyas, donde falleció años después.

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Sobre este singular personaje, el historiador Waldemar Espinoza, escri-
be lo siguiente: «Es el único caso en la sierra septentrional del Perú en que
un español criollo, ante las imploraciones de los indios y demás vasallos se
convirtiera en el cabecilla y emprendiera dos aventuras quijotescas a deshacer
entuertos y corregir errores; pero como don Quijote de la Mancha, en ambas
retornó con el alma desecha y desbaratada a la aldea de su salida, mientras que
Cobián (el corregidor) y Pereyra (el recaudador) llevaban a cabo sus berreti-
nes en Celendín». (2018, p. 82)
Fueron este tipo de hechos, en los que la justicia se ponía de parte de los
delegados abusivos del gobierno colonial, los que fueron deslegitimando su au-
toridad entre la población, especialmente entre los estamentos medios y pobres
de criollos y mestizos, generando progresivamente una voluntad de rebeldía que
se materializaría pocos años después en la declaración de independencia.
Es importante remarcar que en la época del alzamiento que comentamos,
Celendín aún no tenía el reconocimiento como centro poblado, aun cuando
por su importante población elegía alcalde ordinario, pero sin regidores ni ca-
bildo. (Espinoza Soriano, 2018, p. 77) El curato de Celendín estaba integrado
por diversas haciendas y estancias, entre las que destacaban las de la Pura y Lim-
pia Concepción, San Francisco de Guayabas, Sauce-Meléndez, San Francisco de
Llallán, San Juan Bautista de Jerez, San Agustín de Oxamarca, Santa Cruz del
Tingo, Caguaypampa, Yutupata, San José de Pilco, Santiago de Huashmín, San
Isidro del Huauco, Llaguán, Taguán, etc.
Al parecer, los incidentes de 1775 no sólo marcaron el inicio del distancia-
miento de parte importante de los celendinos de entonces respecto del Estado
colonial, sino que también sirvió para afirmar su identidad con la patria chica,
o sea la formación de un primer «nosotros el pueblo», que permitió, algunos años
después, que los paisanos decidieran comprar un terreno para constituir el pue-
blo de Celendín, con el apoyo del obispo Baltazar Jaime Martínez de Compañón,
quien estuvo de visita pastoral alrededor de 1783. Adquisición que se concretó
en diciembre de 1785, dando inicio a las gestiones para su reconocimiento for-
mal por la Corona Española, lo que efectivamente ocurrió el 19 de diciembre de
1802, cuando el Rey Carlos IV expidió la Real Cédula creando la Villa Amalia de
Nuestra Señora del Carmen de Celendín. (Lescano Merino de Rodríguez, 2012)
La chispa patriótica ya había prendido entre los celendinos. Por eso, no
sorprende encontrar, más tarde, entre los próceres de la independencia, a los
hermanos Mateo, Micaela y Brígida Silva, emparentados con doña Matutina
Silva, lideresa del motín de 1775 y fundadores del «Club Patriótico», quienes

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conspiraron en Lima contra el autoritario Virrey Abascal, que logró apresar al
primero de los nombrados en el Real Felipe. Siendo el caso, además, que el Li-
bertador San Martín reconoció como «Patriota de la Libertad» a doña Brígida
Silva Machuca. (Silva Rabanal, 2010, pp. 21-22)
Acerca de las conspiraciones del doctor Mateo Silva y su colega Antonio Ma-
ría de Pardo de 1809, inspiradas en la constitución de la Junta de gobierno de
Quito, han escrito historiadores importantes como José Antonio Eguiguren y Ben-
jamín Vicuña Mackenna, señalando que consistieron en un conjunto de planes
insurreccionales no llevados a la práctica por ausencia de condiciones favorables
a una propuesta separatista y por su temprana delación y represión; a pesar de lo
cual, el sólo hecho que se hubieran concebido demostró que en el corazón del po-
der español en América, la Lima virreinal, existían peruanos con un sentimiento
patriótico y una conciencia nacional que estaban convencidos de la necesidad de
una renovación política. (Rey de Castro Arena, 2008, pp. 167-169)
Silva Rabanal señala que fue Juan de Burga, jefe político militar de la Villa
Amalia de Celendín, quien recibió carta del entonces gobernador de Trujillo,
el Marqués de Torre Tagle, fechada el 29 de diciembre de 1820, encargándole
la convocatoria a un cabildo para proclamar la independencia de Celendín. De
modo que la población, convocada por bando, se concentró en la plaza de ar-
mas, donde Juan de Burga «agitando la bandera peruana creada por San Martín
y confeccionada por la dama celendina Brígida Silva Machuca proclamó la in-
dependencia en los siguientes términos: «Desde hoy 6 de enero de 1821, la Villa
Amalia de Zelendín, es libre e independiente del poder español y de cualquier
otro extranjero. ¡Viva la Patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la Villa Amalia de Zelen-
dín! ¡Muera el despotismo! ¡Muera la tiranía!» (2010, pp. 24-25)
Esta declaración, ratificada en acta por los integrantes del Cabildo y vecinos
notables de la Villa, fue confirmada mediante la formación de un pequeño gru-
po de jóvenes celendinos, encabezados por Juan Basilio Cortegana, que se alista-
ron formando un contingente de caballería denominado «Dragones Montados»
que, más tarde, se integró a la «Legión Peruana de la Guardia» de tan memora-
ble participación en las gestas de Junín y Ayacucho del año de 1824, en las que se
selló, definitivamente, la independencia nacional. (Basadre Grohmann, 2005)
La declaración de la independencia de Celendín no sólo fue un acto for-
mal, sino que como todo acto político que quiere ser eficiente y eficaz, se
concretó también en un acto material de conformación de la fuerza armada
patriótica decidida a conseguirla por la vía de la acción directa y por la fuerza,
si ella fuera necesaria.

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La declaración del 6 de enero de 1821 del cabildo de Celendín tiene, en
ese sentido, idéntico valor que la declaración del cabildo de Lima del 15 de julio
de 1821, fecha en la que el Conde de San Isidro, entonces alcalde de Lima, con-
vocó a los vecinos en cabildo abierto con el objeto de suscribir un acta en favor
de la independencia, la misma que fue firmada por los regidores perpetuos, los
títulos de Castilla, los miembros de las órdenes militares y el cabildo eclesiástico
y los titulares de las familias distinguidas, con el respaldo del pueblo llano, agol-
pado en las afueras del cabildo.
El Acta de la Independencia del cabildo de Lima firmada por 329 hombres
de la ciudad, expresamente señala que «con el objeto de dar cumplimiento a lo
prevenido en el oficio del Excmo. Señor General en jefe del ejército Libertador
del Perú, Don José de San Martín, el día de ayer, cuyo tenor se ha leído, he im-
puesto de su contenido reducido a que las personas de conocida probidad, luces
y patriotismo que habitan en esta Capital, expresen si la opinión general se halla
decidida por la Independencia, cuyo voto le sirviese de norte al expresado Sr.
General para proceder a la jura de ella. Todos los Srs. concurrentes, por sí y sa-
tisfechos, de la opinión de los habitantes de la Capital, dijeron: Que la voluntad
general está decidida por la Independencia del Perú de la dominación española
y de cualquiera otra extranjera y que para que se proceda a la sanción por medio
del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al
mismo Excmo». (Touzzet Luna, 2020)
Las declaraciones de los cabildos fueron configurando, de este modo y por
agregación, una voluntad general constitutiva de un «nosotros el pueblo» de carác-
ter nacional, como bloque histórico capaz de autoconstituirse, más adelante,
como Estado independiente.
IV. Los cabildos, la democracia directa y el poder consti-
tuyente
Los cabildos fueron antiguas instituciones coloniales españolas que tenían
algunas funciones representativas y de gobierno local, que no tuvieron mucha
relevancia frente a la poderosa maquinaria burocrático-militar de virreyes, corre-
gidores, intendentes y gobernadores.
No obstante, como ya se dijo, los cabildos renacieron en la coyuntura de
la invasión napoleónica a España y la captura de Fernando VII, al proponerse
como base de Juntas de Gobierno que, en los casos más exitosos (Río de la Plata,
Nueva Granada, Venezuela, Chile y Paraguay), mediante tumultuosos cabildos

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abiertos, llegaron a deponer gobernantes coloniales y proclamaron la indepen-
dencia. En otros casos, su vigencia fue efímera y hasta un fracaso como en el caso
del Cuzco y Huánuco en el Perú. (Rey de Castro Arena, 2008, pp. 125-132)
El caso de los cabildos de la intendencia de Trujillo en 1821 es, sin embar-
go, la demostración más cabal de su potencialidad para representar la voluntad
popular. Por eso, Jorge Basadre les atribuye fuerza determinante para la propia
configuración separada e independiente de todas las repúblicas hispanoameri-
canas, a pesar de haber padecido juntas el dominio colonial y de haber lucha-
do mano a mano por la independencia. Según el historiador tacneño, el hecho
de la división de las repúblicas latinoamericanas: «No sólo fue por la voluntad
de hombres ambiciosos que tenían las armas en las manos; funcionó también
por el voto de los Congresos y los cabildos, entidades estas de tipo local, he-
redadas del régimen colonial, así como del clamor de los ‘Cabildos Abiertos´,
asambleas multipartidarias en las ciudades grandes y pequeñas». (Basadre Gro-
hmann, 2005, p. 23)
Esos cabildos, promotores de una activa participación de los sujetos más re-
presentativos de su comunidad, parecen haber tenido, en consecuencia, mucho
más parecido con las formas de democracia directa propias de las polis griegas,
no sólo porque no eran incompatibles con el carácter elitista y estamental de la
sociedad colonial, que al igual que las ciudades estados griegas sólo comprendía
a los hombres libres (excluyendo mujeres, pobres y esclavos), sino porque, a di-
ferencia de las formas modernas de democracia, no se basaban en las categorías
que caracterizan al individuo-persona y su larga lista de derechos fundamentales
(Sartori, 2003). Les bastaba con la participación de los notables.
A pesar de esa limitación de origen, los cabildos lograron expresar la voz de
sectores subalternos cansados de trescientos años de dominación y expoliación
colonial, logrando formar, por agregación, una voluntad general a favor de la
independencia de la patria. Desmintiendo en la práctica la opinión mayoritaria
de aquella época que sostenía que las formas de democracia directa eran inapli-
cables a los grandes Estados, razón por las que se inclinaban por las formas de la
democracia representativa.
De hecho, la experiencia de nuestros cabildos, hace recordar el origen y
fundación de la democracia en los Estados Unidos, donde su origen republica-
no, a partir de pequeñas comunidades, nos proporciona un ejemplo histórico de
cómo se logró alcanzar una expresión política directa para configurar un gran
Estado. (Aguilera Portales, 2011, p. 163)

40Aliaga Díaz, César Augusto
De otro lado, esta forma de configurar una decisión política fundamental
por parte de un sujeto político ya constituido por sus componentes de auto-
conciencia histórica, nos recuerda el concepto de Poder Constituyente, en los
términos expresados por Carl Schmitt (1996, pp. 45-46): «El acto constituyente
no contiene como tal unas normaciones cualesquiera, sino, y precisamente por
un único momento de decisión, la totalidad de la unidad política considerada
en su particular forma de existencia. Este acto constituye la forma y modo de la
unidad política, cuya existencia es anterior».
El constitucionalista alemán recuerda, en efecto, que «No es que la uni-
dad política surja porque se haya «dado una Constitución». La Constitución
en sentido positivo contiene sólo la determinación consciente de la concreta
forma de conjunto por la cual se pronuncia o decide la unidad política. Esta
forma se puede cambiar. Se pueden introducir fundamentalmente nuevas for-
mas sin que el Estado, es decir, la unidad política del pueblo, cese. Pero siem-
pre hay en el acto constituyente un sujeto capaz de obrar, que lo realiza con la
voluntad de dar una Constitución. Tal Constitución es una decisión consciente
que la unidad política, a través del titular del poder constituyente, adopta por
sí misma y se da a sí misma».
Este concepto de acto constituyente, como una decisión consciente que
fija la existencia política en su concreta forma de ser, se aprecia claramente en
la fundación de los nuevos Estados, especialmente cuando surgen de revolu-
ciones fundamentales.
De este modo, puede decirse, sin ningún tipo de duda, que las declaracio-
nes a favor de la independencia hechas por los cabildos, hace casi ya 200 años,
fueron las manifestaciones de un pueblo constituyente; un pueblo que, por sí y
ante sí, se determina para conformarse como Estado independiente de «España
y de cualquier otro poder extranjero» como se dijo entonces.
Esa declaración constituyó, finalmente, la «promesa de la vida peruana» de
la que hablaba Jorge Basadre (1944). Una promesa de vida mejor en un país in-
dependiente, integrado, estable, sosteniblemente desarrollado e incluyente. Una
promesa que, sin embargo, dos siglos después, aún reclama de realizaciones.
V. Conclusiones
La declaración de la independencia efectuada por el cabildo de Celendín
el 6 de enero de 1821 constituye una de las muchas declaraciones que expresa-
ron el acto constituyente de la primera república.

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Acto de un pueblo constituyente que es fruto de una larga configuración
de una comunidad nacional que, tras tres siglos de dominación colonial, ha ido
tomando conciencia de su propia identidad, de su cultura y tiene la voluntad de
autodeterminar su propio destino histórico.
En el caso de Celendín, su conformación histórica como comunidad polí-
tica independiente tiene dos fases: una local y otra nacional. La primera confor-
mación como «nosotros el pueblo» se materializa en la decisión de comprar el
terreno para constituir la Villa Amalia (la patria chica), mientras que la segunda
se conjunta con otras declaraciones similares para conformar el «nosotros el
pueblo» del Perú independiente (la patria nacional).
En tiempos en que empezamos a tomar conciencia que la promesa de la
vida peruana de aquel acto constituyente no ha sido plenamente realizada, tal
vez convenga retomar el ejemplo de los fundadores de la primera república para
intentar refundarla desde abajo, convocando el poder constituyente, pueblo por
pueblo, en la mejor tradición democrática.
VI. Lista de Referencias
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42Aliaga Díaz, César Augusto
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S cHmitt, C. (1996). Teoría de la Constitución. Madrid: Alianza Editorial.
SilVa rabanal, H. (2010). Forjadores de la cultura celendina. Celendín: Impresiones
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touzzet luna, M. (14 de julio de 2020). http://www.miraflores.gob.pe. Obtenido
de http://www.miraflores.gob.pe/15-de-julio-hito-en-la-historia-de-la-inde-
pendencia-del-peru/